Déjame salir.

Yo no pinto ni compongo mundos, yo los describo, los colmo de vida con ayuda de tintas y superficies planas. Yo no soy un dios y aún así doy vida a metafóricas ninfas e idílicos paisajes. Yo soy quien da sonido a la lira de Apolo y luz a los ojos de Venus, soy yo quien hago crecer a mi antojo las magnolias y petunias, quien traza horizontes y da color a las aguas oceánicas. Soy yo quien da alas a gorriones en medio de una tormenta, quien roza el pelo del angora y suspira en los oidos de mundanos. Yo soy dueña de sus destinos, ama y señora de sus vidas, decido cuando mueren y ellos cuando nacen. Soy madre de huérfanos y amiga de marginales, soy maestra de ignorantes y confidente de pecadores. Soy quien hace amanecer soles de oro en el cielo y quien describe lunas de plata en el universo. Soy novata en el este arte y experimentada en la inmadurez, yo juego con palabras que fueron apartadas. Soy quien siembra mundos incorpóreos para después recoger sueños reales.

martes, 1 de marzo de 2011

Sur

Cuando pierdes el norte, no te queda más remedio que recrear tus pasos hasta el punto de partida.

lunes, 11 de octubre de 2010

Capitulo Seis. Voces.

CAPITULO 6. Voces.

    Unos veinte minutos antes de la cena, donde todas las chicas lucían sus mejores galas y los chicos se dedicaban a decidir quién tenía mejor cuerpo, Diana aún no se había preparado. En cambio reposaba en su cama apoyando la cabeza en la almohada con la vista fija en el techo. “Esto parece un psiquiátrico” no paraba de repetirse esas palabras.
  Sobre la cómoda tenía la ropa y algo de mauillaje. Cruzó una mirada con la fotografía de los hermanos yMiguel, no sabía muy bien a qué juagaba todo el mundo con ese rollo de la guerra entre el bien y el mal. Barajó repetidas veces la posibilidad de un trastorno de personalidad genética o una distorsión de la realidad.
  Levantadose acompañada por una repentina jaqueca se acercó a la esquina de la habitación donde aún tenía la gran mayoría de sus pertenencias, recordado súbitamente aquella maravillosa pluma que había tenido entre sus manos antes de caer en un sueño repentino.
  A lo laro de quince minutos buscó por todos los sitios imaginables aquella joya que tanto le recurda a su madre. Sin mucho éxito decidió que la luz natural de auqella enorme luna no era alumbramiento suficiente, encendió la luz del techo bañando la estancia con una tenue luz blanca. Su maleta abierta poseía un estado lamentable al tener toda su ropa arrugada a causa de la fallida búsquedad.
  Un rápido vistazo a su reloj de pulsera fue el único pistoletazo de salida que necesitó para entrar en el baño y preparase. A pesar de sus esuerzos por no perder tiempo salió media hora después ya vestida con un agradable vestido de color frambuesa con cintuón negro en las caderas y unas francesitas negras de charol. Lejos de ir arreglada se encontraba encantadora frente al espejo con su larga cabellera suelta y sus azules ojos bien maauillados. No tenía intención de salir de su habitación y mil escusas se asomaron por su mente. “Diré que el cansancio me ha causado jauecas… Bueno, no es del todo flaso” – pensaba mientras sonreía frente al espejo de pie.
  Un inportuno golpeteo en la puerta de la habitación hizo añicos sus esperanzas de no asistir a la velada. Dejó escapar un largo suspiro, volvió a inspirar  y, caminando despacio hasta la puerta, vió que Kate la esperaba con cara de pocos amigos. Su aspecto con auqel vestido verde esmeralda, tacones del mismo colos y largos collares era de alguien sofisticado pero lejos de ser formal. Los ojos de la joven despedían destellos de un fuego vivo y sus labios fruncidos lo afirmaban. Diana se mordía los labios y entornó los ojos en modo de siculpa, apagó la luz de la habitación, cerró la puerta tras de sí y se alejó de ella junto con Kate quien se relajaba a medida que se acercaban al comedor.
  Las palabras entre ambas se limitaron en un obligado “hola”. Al parecer las normas de etiqueta eran respetadas en aquella institución para majaras. Diana aún no se explica el paradero de aquella pluma. Nisiuiera sabe cuánto tiempo permaneció en la enfermería. Lo único que tiene claro es que aquellas personas no son normales “menudo descubrimiento” pensó con ironía.
  Kate se detuvo sin avisar, como si a Diana ese camino le debiese parecer conocido, giró la cara hasta tomar contacto visual con su acompañante y sonrió con forzada amabilidad. Estiró una mano hasta abrir la doble puerta de madera de roble con detallados ángeles grabados en la misma.
  Como en las viejas películas, Diana se vió obligada a entrecerrar los ojos a causa de la repentina luz que salia despedida por la puerta. Cuando sus ojos se adaptaron al exceso de luz pudo distinguir un salón típico de palacios del siglo XVIII. Altos techos al fresco que representaban imágenes de cielos azules y vaporosas nubes blancas, como en todas partes, ángeles que observaban la sala con infinita paciencia, señoras que sonreían amablemente a las palomas blancas o caballeros que preferían ser reservados. Del techo, grnades lámparas de araña desprendían una luz que transmitía tranquilidad, como si fuese la luz de cualquier hogar feliz. Las mesas, largs y vestidas con manetles de hilo blanco y oro y sillas de altos respaldos y forradas con terciopelo rojo a juego con las cortinas de las grandes ventanas. Los suelos de mármol blanco y las paredes de color marfíl. Todo imposible en un instituto como ese.
  -Nada es imposible, querida – despertando a Diana de su asombro, la voz de Kate dejaba notar la diversión que le causaba la expresión de la novata.
-¿Cómo… - pero se vió interrumpida por Lucas que se acercaba sonriente hacia las damas.
-Ya era hora de que llegaras, nos tienes a todos en ascuas – Lucas, que desde que le vió ese mismo día en la enfermería, no le parecía el chico social que sonríe a todos – ven, acercate. Estamos todos en aquella mesa.
  Diana, ingenua ante la disposición de la mesa se dispuso a caminar detrás de Kate y Lucas. Todas cuantas estaban allí la miraron de arriba abajo y cuchicheaban sobre la elección de su informal vestimenta. Lujosos vestidos, blancos y aluno que otro rosa pálido o negro, dejaban en ridículo al sencillo vestido frambuesa de Diana.
  Caín, que se sentaba cerca de la mesa de Lucas, sonrió a la muchacha seguido de un guiño de ánimos. Diana le devolvió el saludo que cusó risas entre los que se sentaban justo a Caín y miradas severas a los mismos por parte de él.
  Una vez sentada, entre Anabel y Alec, la cena dio comienzo. Sin saber de dónde saliero, centenas de camareros dieron paso a bandejas de plata repletas de manjares que abrirían el apetito hasta a una anorexica.
  Entre risas y comentarios irientes la cena trenscurrió sin que Diana se atreviese a comentar lo más mínimo. Obviando que era una persona propensa a ser introvertida y que pensaba que todos ellos estaban neuróticos perdidos, lo demás era normal.
-¿Sabes? – susurró en su oído la voz de Alec – la normalidad en sí no existe. ¿Sabes por qué?
  Pero, como Diana no respondió a su intromisión desconcertante, Alec se volvió a separar de ella y continuó charlando con un chico que Diana no conocía pero que al parecer era íntimo de Alec.
  Por su parte, las dos chicas del grupo charlaban sobre fiestas y clases aburridas, cotilleos recientes y críticas a sus subordinados. Lucas, excluido premeditadamente, como siempre, intentó en varias ocasiones trabar conversación con Diana con la intención de hacerle esta situación más amena. Sin éxito.
  Miguel, que se sentaba en la mesa central junto con otros profesores y dos prefectos, según la información de Lucas un poco antes, apenas miró a la novata.
  “¡La pluma!” Diana miró con cierto reproche a los acompañantes de su mesa, ninguno se percató del gesto. Nadie escepto Alec, quien no le había quitado ojo en toda la noche sin que ella fuera consciente. Cansado de hacer lo que todos esperaban de él, cogió a Diana de la muñeca, donde tenía aquella marca en forma de ojo, y levantandola de la mesa la sacó de toda aquella atmósfera de superficialidad y superioridad.
  Los chicos miraron con gravedad a Alec, Anabel nisiquiera se molestó en mirar. Miguel casi revienta del cólera que sufrió al presenciar la escena.
  Sin prestarles atención, Alec continuó caminando, esquivó ágilmente a algunos camareros o alumnos que visitaban otras mesas. Salieron del comedor en un santiamén. Una vez en los jardines soltó la muñeca de Diana, quien no había opuesto resistencia y se sentía confusa hasta el punto de dejar escapar unas cuantas lágrimas.
-Escúchem, ¿si? – dijo Alec en tono casi afectuoso, pero como era de Alec de quien se trataba, Diana desechó la idea. Aún así elevó la vista hasta ese chico que tenía a escasos centímetros de su posición.
  Alec volvía a presentar ese aspecto perfecto y deseable. Era, lo menos, una cabeza más alto que Diana y su camisa blanca medio arrugada y los pantalones negros que tapaban unos mocasines le conferían un aspecto de alguien que durmió con la ropa puesta.
-Te escucho, pues – dijo ella sin mucho entusiasmo. Cruzó los brazos a causa del frío y se dispudo a escuchar.
- Yo tengo tu pluma, y antes de que digas nada, es mejor así. Si la muestras en el instuto corres el riesgo de que Miguel la vea – como Diana mostró una expresión de duda por la intromisión de Miguel en la conversación, Alec se explicó con una paciencia que no era propia de él – Miguel no ha superado lo de tu madre, cree que es la culpable de la guerra de esta era. Todos saben que tu madre no era una simple mundana aunque nadie acierta a saber que la hace diferente. Esa pluma era un regalo de Miguel el día que cumplió dieciséis. No es una pluma común y aún investigo sobre ella así que no puedo asegurarte nada. Si la posees corres el riesgo de perderla para siempre y sospecho que será lo único que te puede ayudar a encontrar a Alama.
  Como ninguno de los dos tenía nada más que decir o escuchar el silencio se adueñó de los alredores. Diana aún se preguntaba el por qué de las dos casualidades de la cena. La manera en que Kate y Alec sacaron temas a colación que ella misma pensaba en esos instantes. Aún no quería hacer referencia a ello, con la esperanza de que solo fuesen casualidades.
  Alec empezó a ponerse de los nervios porque no sabía como abrodar otros temas o como volver a entrar. Diana estaba preciosa esa noche y las lágrimas habían estropeado parte de su maquillaje “maldito Christian” pensó cuando la imagen de auqel demonio cruzó su mente. Aún así, retiro una lágrima de la cara de la chica. Esta se sobresaltó a causa de ese contacto que no esperaba volver a presenciar. Sonrío brevemente en modo de agradecimiento.
  El chico se acercó poco a poco a su boca prisionero de los ojos de Diana, los cuales no perdían detalle de nada. Esta se apartó un poco y se dirigió a su habitación sin mediar palabra. “Dormir – pensó para disculparse – Lo que necesito es dormir”
  En la oscuridad de su habitación, en el silencio de su alrededor y en la marea de sus pensamientos, Diana se debate contra Morfeo para conseguir dormir. Restos de frases, imágenes difusas o recuerdos de un incierto pasado se mezclan ante sus ojos con la misión de evitar que descanse. Cansada de tener unos ojos impertinentes cerrados, decide que la ventana es el mejor sitio para poner su mente en orden. Caminando descalza hasta el alfeizar, los escalofríos recorren su piel dejándola helada. La temperatura baja estrepitosamente sin dejar duda alguna de una helada… Si no estuviesen a finales de Otoño y las heladas comenzasen a principios de imbierno.
  Inquieta, se asoma por la ventana esperanzada de ver a alguno de esos lunáticos haciendo hechizos o dandose el lote con otros. Por lo que ha visto hasta ese momento no es del todo improvable. Pero, lejos de encontrar adolescentes furtivos o trastornados, ve una figura agazapada en uno de los muchos almendros del jardín. Diana apenas distingue las facciones o dimensiones de aquel intruso. Los nervios se apoderan de ella hasta dejarla paralizada con la vista clavada en aquella persona. Sin previo aviso, aquella sombra se alza dejando notar una figura alta y proporcionada, esbelta y trabajada. El aliento escapa de entre los labios de la jóven y sus ojos, distraídos, buscan a cualquier otra persona en los alrededores. Nadie.
  La sombra salta desde la rama en la que reposaba y cae limpiamente en las raíces del árbol. Inclina la cabeza y, como si la luna jugase con él, ilumina una sonrisa pícara y llena de segundas intenciones.
  Con paso ágil, como todos hasta ahora, camina en dirección a la ventana de Diana. Y como si de Romeo y Julieta se tratase, recita en latín palabras que ella no llega a comprender.
  El supuesto Romeo las cita mientras sonríe en un tono sosegado que deja notar la seguridad. Y nuestra Julieta, inquieta y aterrada, escucha intentando entender una sola palabra. Sin éxito.
  A escasos diez metros de donde Diana se encuentra, Aquella sombra se detiene y la tiende una mano. La agita de vez en cuando en señal de que la acepte. Diana calcula unos dos o tres metros de distancia entre la ventana y el suelo y sopesa la descabellada idea de saltarla. Como si de un hechizo se tratara.
  La poca razón y lógica que resisten en su cabeza agonizan y chillan intendando que la muchacha reaccione con cordura a quella fatídica escena.
  El chico sigue insistiendo y para reforzar su llamada dulcifica su tono de voz y calma su alocada respiración. Un silencio embriagador se cierne sobre ellos dejando a Diana loca por saltar a la llamada de aquel encantador joven.
  La luna… Las luces de los astros, el olor a rocío, la brisa nocturna… Su voz, su piel, sus ojos… Ya casi sostiene su mano, todo se sucede en cámara lenta y una bombilla se enciende en la cabeza de Diana “¿Quién eres?” y la respuesta llega inmediatamente “Sígueme”.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Capitulo 5. Despierta.

Capitulo 5. Despierta.

  Diana titubea y mueve nerviosa los dedos por su larga trenza. Suspira largo rato y decide que lo mejor que puede hacer en esos momentos es sentarse en uno de esos mullidos sillones de piel negra que hay frente el escritorio de Miguel. Con paso inseguro camina hasta el asiento. Antes de continuar con la tarea mira interrogante al hombre, al ver que asiente y con la mano señala el sillón, toma por fin asiento.
  El sielncio aún resiste a marcharse. Lucas y Alec tienen la atención en Diana. Atentos a sus movimientos, más por el bien del hombre que por el de ella misma ya que ambos saben quién es su madre y quién es ella.
  Miguel, en lo más profundo de su ser, sabe a la perfección que aquello es una buena idea. Una vez, hace siglos, alguien le dijo que tener a los amigos cerca ayuda, pero era conveniente e inteligente mantener a los enemigos aún más cerca. Ve con claridad a una jóven que no ha sido entrenada desde los cinco años de edad reglamentarios. Observa el nerviosismo que emana de ella y la confusión que ahoga sus ojos. Aún teniendo todas las cartas a su favor ella sería capaz de derribar su castillo de naipes con una simple mirada, por eso hace todo esto, para mantenerla alejada de su padre. Para tenerla como un peón más. No uno cualquiera, sino como a uno de sus predilectos. Una más dentro de su reducido e invencible quinteto.
  Lo más seguro en estos momentos es ganarse su confianza para por fin llegar a la semilla de todo esto. Así que, escogiendo las mejores palabras, empieza a hablar con la certeza de que nisiquiera ella podrá hacerle callar. Por ahora.
-Verás, Diana. Estás en estos momentos en el Instituto Teológico Santae de la Rochelle, Francia. Aquí reclutamos a personas que rompieron el molde antes de nacer. – intenta quitarle hierro al asunto, algo impropio pero necesario, aunque nunca se le dieron bien las bromas. – Lo que quiero decir esque todos mis alumnos son capaces de hacer cosas que solo creías posibles en los libros de fantasía. Debo decir que todos esos libros se basan en un mismo mundo. También me veo obligado a añadir que aún dudo la existencia de otras razas como la Licantropía o Vampirismo, pero si nosotros somos posibles, ¿por qué no los hijos de la noche?.
*Aquí se unieron los primeros linajes del siglo tres antes de Cristo. La herejía en esa época era castigada. Muchos de los nuestros se dejaron ver y fueron recompensados con la hostilidad de los mundanos. Otros más sutiles nos encargamos de crear una pequeña compañía que consistiese en investigar lo que nos ocurría. Así nació la Santae.
*Tres años después de la muerte de Jesús de Nazaret decidimos encerrarnos en nuestro propio mundo, aún dejando ventanas para ver el resultado del mundo humano. Cuando se creó el mundo también se creó el cielo y el infierno. Todo lo que empezó realmnte bien se tornó complicado por el capricho de un avaricioso, el cual se llamó Satanás. Traducido como “El adversario”. A las puertas del cielo un Arcángel se declaró fiel y leal a Dios jurando proteger a su santidad contra cualquiera que le cuestionase.
*Miles de guerras le siguieron mientras el mundo ignoraba las lágrimas que tomaban la forma de lluvia. Muchas las ganaron los ángeles consiguiendo expulsar a traidores del cielo y enviándoselos al adversario. Llegados a un punto, en el que nisiquiera la posterior guerra fría era suficiente calificativo, estalló una nueva guerra. Inesperada y traicionera, las cualidades de Luzbel, Satanás.
*Puedo decir que la guerra ha durado siglos, tantos que hoy día no se ha declarado un vencedor definitivo. Pactos, evangelios, biblias y pergaminos no fueron suficientes. La paz que prometió aquél Arcángel se tambalea por culpa de unas cuantas jugarretas. Luzbel juró reinar los cielos y el Hades. Al igual que el Arcángel exclamó que vencería al traidor. Tanto él como el servidor de Dios recogieron a sus mejores servidores, discípulos y compañeros. Les entrenaron en la mismo planeta tierra. Escenario de pestes provocadas por maldiciones mal conjuradas.
*De la misma forma que Dios tiene su representante. El Arcángel. Luzbel tiene al suyo, un ángel que él mismo creó. Uno capaz de vencer tormentas y ciclones con solo bostezar. Alguien con el poder de hacer temblar la tierra y activar volcanes. Aquel que se puede igualar al Arcángel. Su nombre original es Janus.
*Cuento toda esta leyenda porque sé que tú lo crees, sé quien eres, a diferencia de ti. Por desgracia ni tú ni yo sabemos de qué lado estás. Esta es la razón de la desconfianza que inspiras en los demás. Antes de tu llegada otras tres candidatas o novatas entraron en el instituto proclamandose hijas de ellos. Sometidas a pruebas que solo podría superar la verdadera hija fueron recompensadas con la muerte en el intento.
  Toda la historia que ha contado le ha sabido a poco. Aún debe contarle mucho más, pero si no está seguro del bando que elige no podrá continuar. Alec ha retrocedido unos pasos mientras que Lucas se permitió avanzar hasta arrodillarse a la altura de los ojos de Diana. La chica estaba abstraída, sus ojos estaban cansados y asustados. Mantenía la vista fija en los ojos de un ángel que tocaba el arpa. Sus manos reposaban con un aspecto mortífero sobre su regazo. La cara fue perlandose por el sudor provocado por el miedo. Ni convulsiones ni temblores ni histeria. Era como si toda la historia solo necesitase tiempo de encajar en su mente.
  Miguel, arto de esperar la respuesta de Diana se sugirió continuar con lo que tenía planeado contarle hoy.
-En el Instituto Santae nos dedicamos a entrenar a los cincuenta y nueve alumnos con los que disponemos con la ayuda de siete profesores. Es un número reducido porque los ángeles tienen el deber de permancer junto al trono del Altísimo, dejandonos a los “desterrados” en minoría absoluta. Los que nacen con el don de la visión Beatífica son inmediatamente reconocidos y traídos. Contactos en hospitales de todo el mundo. Muchos de nuestros estudiantes fueron enviados a lugares escondidos y no tanto para mantenernos alerta de los nuevos retoños. Claro está siempre se nos escapa un número. Ese número normalmente pertenece al otro bando. Y ahora llegas tú. Con dieciséis años y sin pertenecer a ninguno. Ni entrenamientos, ni costumbres nisiquiera cuentos para dormir con relación con todo esto. Con el mundo en tu contra has sido capaz de almacenar el suficiente poder que te caraceriza. Lástima que esté contra las normas esconderte. Ángel lo pagará caro.
  Diana despertó del vacío para mirar con furia a aquel hombre que osa amenazar a su difunto padre. En cambio, Miguel, adivinando sus pensamientos aclara lo que acaba de decir:
-Ángel no es tu padre biológico. Nisiquiera se llama Ángel. Su verdadero nombre es Jonas. Es el mejor amigo de tu madre desde que eran pequeños. Cuando nos enteramos de los trapicheos de mi hija la exulsaron del instituto condenandola a mil años en la eternidad de la tierra. A diferencia de otras razas, nosotros sí envejecemos y morimos. Bueno, no todos.
-Creo que por hoy es suficiente, Miguel. Mañana la incorporaremos en las clases del grado cinco, para ella será un juego de niños. Creeme. – Lucas cogió a Diana y la apoyó en su pecho. Miguel no puso resistencia, asintió brevemente y les indicó que podían marcharse. – Esta noche debería bajar a la cena y conocer a los otros sesenta y cinco estudiantes y profesores. Además no tiene compañera de habitación. Todas se negaron a compartirla con una posible enemiga – Lucas no habla con los demás si no es estrictamente necesario así que no le ha gustado ser el encargado de pedir semejante favor. Con todo siente lástima por Diana, quien no tiene la culpa de ser quien es.
-Hasta la cena, entonces. Diana, sientete como en tu casa. Pídele a uno de estos cuatro chicos que te enseñe el recinto, si quieres.
  Diana asiente por educación, enrealidad le gustaría arrancarle esa sonrisa a Miguel del rostro. Todos en la sala lo saben. Una idea descabellada cruza inesperadamente su mente, se detiene en seco y dirige su mirada a señor que hay sentado en el escritorio y que revisa una montaña de papeles.
-Has hablado incluyendote cuando mencionaste al grupo que creó la compañía. También dijiste que no todos son inmortales. ¿Eso te convierte en uno de ellos, un  inmortal?. ¿Acaso aquél arcángel que se llama igual que vos al fin y al cabo sois vos? Sé que mi madre no pertence biológicamente a este mundo. ¿La adoptaste?
  Miguel se levantó del escritorio con pasimonía, paseó hasta acercarse a Diana, la cual se asombró de la altura del hombre, no era descomunal tampoco más alto que mucha gente que ya conoce pero sentado aparentaba mucho menos. Miguel la miró directamente a los ojos y sonrió. A Lucas y Alec se les heló la sangre, no sabían como reaccionaría el director.
-Alma fue una falsa alarma. En vez de devolverla la dejé quedarse, la eduqué. Aunque como a una mundana común. Convivió con los demás sabiendo lo que eran, ella es especial. Pero no una de nosotros. En cambio tú naciste de un renegado y una humana. Algo que estaba contra las leyes. Puedes mantener relaciones pero no engendrar un hijo. Mañana, después de tus clases vendrás aquí y te seguiré explicando. Ahora disfruta de la noche.

-


    En la nueva habitación de Diana estaban Anabel, Lucas, Kate, Alec y Diana.
  Los cinco estaban sentados sobre la cama, el suelo o la silla del escritorio. Ninguno hablaba, mucho menos Diana. Se centró en el día que pasó junto a Alec cuando el coche se detuvo sin remedio en la carretera. Recuerda también el momento en el que él mencionó algo de pasar un tiempo con Lucas que vivía en un apartamento a cinco manzanas de la casa de él y Kate.
  Del mismo modo que ella, Alec calló en la misma cuenta y se acercó a ella. Sabía de antemano que lo mejor que podía hacer era cortar cualquier relación con ella cuando ya sabía como acabaría todo si dejaba guiarse por otros medios.
-Diana, ¿reuerdas que te dije que pasarías una temporada en la casa de Lucas?
  Ella elevó la vista hasta sus ojos grises. Asintió y esperó a que él continuase.
-Pues bien, mentí. No estaba autorizado a contarte nada del instituto así que la única forma que tenía de explicarte algo era esa.
-Muchas gracias por tu ayuda, Alexander. Creo que en estos momentos era justo lo que necesitaba escuchar: que me habías mentido.
  Se puso en pie y salió de la habitación con la intención de llegar a los jardines y llorar sin que ellos la viesen. Caminó todo lo deprisa que pudo sin llegar a correr con la finalidad de pasar de ser percibida. Ignoró las llamadas de Lucas y Kate y siguió avanzando.
  Se detuvo únicamente cuando vió a Caín. Este caminaba en dirección contraría con un libro de cobertura negra bajo un brazo, el chico reparó en ella se acercó mientras la llamaba. Diana le sonrió y se enjugó una lágrima que había conseguido salir.
-¿Qué te ocurre, Di? – el chico hablaba con dulzura y preocupación.
-¿Alguna vez han destruido tu mundo en un solo día? – una sonrisa sarcástica. Lágrimas que amenazan con salir a la luz artificial de los candelabros que iluminan los pasillos. Ganas de dormir durante días y no pensar. La voz que sale de su boca no la reconoce como suya. Una voz terrosa, ronca, sin vitalidad. La voz de los malditos.
  No hace mucho tiempo Diana leyó un libro titulado: Almas del mundo. Un libro que escribió el mismiso Ángel Salow. Hablaba sobre el alma, sobre cómo controlaba nuestra mente, como nos marcaba un patrón de actos. Todo eso ahora le resulta una mala pesadilla, una de la que no puede despertar.
  Aún en silencio, Caín la rodea con los brazos sobre sus hombros. Ambos cierran los ojos y quedan sumidos en un silencio pacífico. Uno de esos silencios que dejan respirar con ligereza. Es entonces cuando Caín susurra a escasos milímetros de la oreja de Diana:
-El mundo no se puede destruir en un solo día, Diana. Nisiquiera el más inestable o frágil es capaz de ceder en tan poco tiempo. – susurros acompañados de su aliento. Fresco, lleno de energía. Diana se deja llevar por la música de su voz. Le resulta curiosa la rapidez con la que ha congeniado con aquel chico. No se sentía así con alguien desde Erik.
  Es cuando se siente segura de sí misma, cuando ve posible salir de aquel bache. Si todos estos alumnos y profesores han vivido con aquella historia desde el día de su nacimiento, ¿por qué no puede ella?. Descubrirá todo lo que nunca salió a la luz, investigará todo acerca de Janus, sobre su madre en los años que pasó en el instituto y se preparará para lo que pueda venir a continuación.
  Pero todo son palabras, pensamientos que cruzan feroces su mente. Diana está agotada, cansada, enfadada con toda aquella gente que se ha sacado un as de la manga. Algo que no tiene ni pies ni cabeza. Y aún no sabe qué pinta ella en todo eso, no sabe qué es lo que es capaz de aportar. 
-Gracias, Caín.
-¿Por qué? – no es una de esas preguntas que se hacen por rellenar un hueco, más bien una pregunta incrédula. En el instituto nadie dice Gracias nunca. La tensión es un personaje que se presenta en cada esquina. La hostilidad de los alumnos del séptimo grado es creciente con cada minuto que transcurre. Nadie ayuda a nadie. Todos luchan por ser el número uno.
  A Caín siempre le pareció una broma de mal gusto que los estudiantes de la teología se comporten como los estudiantes de las artes del Hades. Justo ese pensamiento activa una chispa en el subconsiente del joven. Ella, aquella hermosa chica que abraza en esos momentos podría ser la perdición de todos en esa escuela. Ella podría ser la que acabase con esta guerra y le entregase la victoria al adversario. Desconfianza.
  Del mismo modo también podría ser la que descubriese el único punto ciego que necesitaban para vencer. Confusión. Pero es Diana, apenas ha pasado unas horas con ella y su aura la delata. Es transparente, ¿cuántos ángeles negros ha visto con el aura de ese modo? Ninguno, esa es la respuesta. Pero los ángeles no tienen el aura transparente. Suele concordar con la personalidad del alma. ¿Y si ella no tiene alma? Imposible. Se necesita un alma para vivir. Incluso algunos mundanos la poseen.
-Porque eres el único que se ha portado bien conmigo desde que he llegado. – Diana se aparta de él y le sonríe con toda la gratitud y sinceridad que ha sido capaz de reunir. Se pone de puntillas y le da un pequeño beso en la mejilla.
  A Caín le asombra cada uno de los actos de la chica. Cada palabra que pronuncia le parece un dialecto no descubierto. Cada mirada un puente hacia otra galaxia. Cada sonrisa un sol que alumbra un inmenso cielo de ideas. Pero no piensa como lo haría un mundano cualquiera. No la malinterpreta. Desde pequeño sabe al dedillo la historia de la guerra de los dos mundos. Sabe que un nuevo retoño pondrá el grito de salida y también será el que incline la balanza. Ese que tiene a su media naranja en ambos bandos. Y todos saben quien es en el bando de los teologos. “Menuda suerte tienes, elegido” piensa Caín mientras camina junto a Diana de camino a los jardines de ala norte.


-

En la habitación de Diana:
  Alec, apoyado en el alfeizar de los ventanales observa cómo Caín bromea con Diana. Ninguno de los dos cae en la cuenta del aquel espía, no le importa. No quiere dejar de mirarla, no quiere pensar que ella puede matarle con una sola mirada o incluso llevarle a la victoria con unas cuantas palabras. Miguel fue claro y preciso; si influye en la chica no será válida su respuesta y solo tendrá que deshacerse de ella. Primero debe conocer al otro. Entonces empezará la jugarreta.
  En la habitación nadie se atreve a molestrale. Anabel y Kate saben muy bien como se las gasta Alec cuando le molestan. Lucas nisiquiera le lanza una mirada. Se distrae con las pertenencias de Diana. CD’s, libros, cuadernos, pulseras de plata o fotos. Hacía mucho tiempo que no veía las cosas de un mundano tan de cerca. Normalmente solo sale los viernes por la noche con los otros tres integrantes del grupo, pero nunca interactua con los humanos. No le interesa asociarse a ellos. No por arrogancia, sino más bien porque le resulta más comoda su vida de esa manera. En el instituto se siente libre entre los muros, se siente bien entre el ambiente hostil que hay entre los alumnos. No le molesta las miradas pícaras de las chicas o las coléricas de lo que saben quién es él.
  Kate apenas se preocupa por los demás. Su personalidad solitaria encaja perfectamente con las costumbres de sus tres amigos. Ella no mira a nadie, en cambio, todos la miran. Suele ser irritante pero es lo que le ha tocado. También disfruta de las clases prácticas en las que deja a todos con la boca abierta. Odia la hora de la cena, obligatoria para todos, porque debe lucir ese provocativo vestido blanco que le regaló su madre hace años. Ahora, con la llegada de Diana tendrá que camuflarse aún más. Si la integran en ese reducido grupo tendrán más miradas tentas a ellos. Más posibilidades de perder los estribos por la presión que siente cuando la observan.
  Anabel se dedica a mirarse en el espejo desde la cama de Diana. No se siente amenazada por ella, aunque no es consciente de lo que la novata es capaz de hacer, se cree en ventaja. “Todo cobrará su curso cuando ella desaparezca como las otras tres ilusas” piensa mientras pasa la lengua por sus carnosos labios. Su única meta hasta entonces es alejar a Alec de esa savandija. Apartar al chico que quiere de los jueguecitos de Diana.
  Cuatro personas compartiendo el mismo espacio. Cuatro mundo diferents y a la vez idénticos. Unidos desde el comienzo de los tiempos. Tantas historias vividas. Tantos secretos y promesas pendientes.
  Los minutos le siguen a los segundos cuando en la puerta de la habitación aparece Diana seguida de Caín. Ambos con una expresión relajada, con un lazo invisible que conectó tanto a uno como al otro. Las miradas pícaras de Kate y Anabel ponen en alerta a Alec. Lucas se ríe contento de que la chica se encuentre a gusto con uno de la clase media.
-Buenas noches – dice Diana sin malicia, con la intención de empezar de nuevo. De olvidar los malentendidos que trenscurrieron a lo largo del día – Ya conocíais a Caín, ¿verdad?.
  Caín, dos pasos por detrás de ella, se tensa. Desconfiado ante aquel grupo que jamás habla con nadie. Pone una mano sobre el hombro de Diana y sonríe al ver que estos no actúan como suelen hacer cuando otros tocan a un componente de los suyos.
-Sí que le conocemos, asiste al cuarto grado, ¿no? – dice Anabel en un intento de que Diana se centre en ese mediocre y deje en paz a Alec – Encantada, soy Anabel Benshet.
-Enrealidad asisto al quinto grado. Para vos no será una diferencia muy grande, ¿cierto?
-Cierto.
  Los demás le saludan y hacen unas cuantas preguntas de cortesía. Todos charlan aunque sin demasiado entusiasmo. Alec, que se queda rezagado en el alfeizar de los ventanales, la observa con una expresión inescrutable. Diana frunce el ceño sin entender muy bien l reacción del chico. Se aparta del resto y camina despreocupada hasta él, sin decirle nada se sienta a su lado y mira al exterior.
  La luna, de un rojo escarlata, se va tornando naranja para más tarde decolorarse hasta su blanco más puro. Cientos de flores Buganvillas de distintos colores se esparcen por el cesped. Iluminado por la luna, el rostro de Alec parece el de una persona distinta. Más que una persona un Dios. Los perfectos rasgos de su rostro, sus penetrantes ojos grises, sus suaves labios y la intensidad de su mirada. Todo un remolino se crea en el interior de Diana. Se estremece. Intenta decir algo pero no encuentra las palabras. Piensa mejor lo que va a decir y lo intenta.
-Alec…
  Pero no puede continuar, él se ha levantado y se ha marchado. Camina con las manos metidas en los bolsillos del pantalón reglamentario. Retirando una mano del bolsillo, coge la mano de Anabel, ésta se asombra y le mira a los ojos. Todos, en la habitación se han quedado callados.
  Alec no coqueteaba con las estudiantes, lo hacía con las humanas. Los viernes por la noche acostumbraban a visitar distintos pubs donde Alec se daba un respiro y jugaba con las chicas que quedaban encandiladas a él, y no, no eran pocas.
  Él, en medio de la habitación de Diana, se inclina hacia delante hasta rozar los labios de Anabel. Sonríe con suficiencia, cierra los ojos y, con una fuerza sorprendente, besa los labios de la chica pelirroja. Fue un beso agesivo y breve, como si intentara sellar los labios de Anabel. La chica sonríe pero no se mueve. Alec tira de su muñeca y salen juntos de la habitación.
  Lucas mira de soslayo a Diana, la chica se ha quedado de piedra. Sus ojos, grandes y azules tiemblan. Los labios han palidecido un poco. Pero no se mueve de su posición, manteniendo las manos sobre las rodillas tapadas por el largo vestido blanco.
  “¿Qué le pasa?” Diana no entiende a qué ha venido ese numerito, de la misma forma que tampoco comprende los celos que la han inundado cuando se produjo el beso.
  Caín, que ha estado prestando más atención a Diana que a la superficial conversación, se acerca a ella temeroso de que reaccione violentamente o, peor aún, que no reaccione. Diana mira directamente los ojos de Caín. Sonríen.
-Vaya, ¿acaso Alec y Anabel son pareja o algo así? – sin poder impedirlo, las palabras salen de su garganta.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Capitulo 4. Biblioteca.

  4. Biblioteca.
  Alec se queda mirando con desconfianza el paquete. No es nada nuevo, ya que él mira con desconfianza a todo y todos. Diana se pregunta si alguna vez está a gusto con alguien. Ignorando al chico, despega el celo que mantiene sujeto el papel al paquete. Poco a poco va cediendo dejando ver una caja rectangular y forrada con terciopelo del color del mar. Sin comprender o adivinar su contenido intenta abrirla pero, la cerradura está cerrada. Alec coge al vuelo la caja aterciopelada y, con el sobre en la otra mano, examina los objetos.
  Cuando pone la carta abierta boca abajo cae una pequeña varilla plateada y fina. Diana se apresura a recogerla y, una vez en sus manos, examina los detalles gravados en el delgado objeto. "It's hard to find Angels in Hell, never imposible".
Alec aún no se ha dado cuenta del episodio así que le retira la caja y, con esa especie de llave, abre el cofrecito. En medio de blancas y brillantes plumas, se encuentra una que sobresale. Esta es pequeña, tanto que tiene las medidas de su dedo meñique. La pluma, plateada y gravada con las mismas palabras que la llave, posee una piedra rosa y verde, traslúcidos, en forma de lágrima. Una Turmalina.
  Diana se queda maravillada con aquella joya. La pluma, capaz de transmitir calor, energía y poder le hace recordar al fuego, a su padre y... A su madre.
Flash.
2:08 de la madrugada de un caluroso sábado de septiembre. Alguien llora. Alma se levanta perezosa de la cama con cuidado de no despertar a un hombre de anchas espaladas. Diana sabe a primera vista que no se trata de su casa, de su padre o del aspecto de su madre en sus más infantiles recuerdos.
  Alma aún escucha los sollozos que provienen de la habitación contigua. Camina con los ojos entreabiertos y tanteando los muebles con las manos consigue llegar hasta una habitación de alegres tonos azules. En ella una cuna con dosel blanco se deja ver gracias a la luz de la luna desde la ventana. Dentro de la misma un bebé de grandes ojos negros solloza y lanza patadas al vacío. Diana no le reconoce, y aunque quisiese no puede salir de ese estado de ensoñación.
  Alma acuna al bebé entre sus brazos, una melodiosa voz canta una nana en italiano. El bebé se calma y sonríe. Al posar al niño en la cuna otra vez Alma se da cuenta de que alguien la observa. Se da la vuleta con una idea clara de quien es.
  Efectivamente. Gabriel la mira con cólera en los profundos ojos negros, la sonrisa dibujada en sus labios pondría los pelos de punta hasta al mismo Satanás. Alma, inmune a sus típicos gestos, se acerca a él y le besa en la mejilla. Con un pequeño movimiento de mano le aparta de la puerta y sale de la estancia.
  Gabriel se acerca a la cuna y observa al bebé, este sonríe sabedor de quién le mira. Con un movimiento de muñecas por parte del padre el niño cambia su expresión.
Flash.
  Diana hiperventila. Alec intenta hacerla entrar en razón inítilmente. Cuando por fin recupera la visión se ve en una habitación blanca con antiquísimos muebles de caoba y centeno.
  Parpadea un par de veces y aparta a Alec de su campo de visión. Ya no están en mitad de una carretera, eso está claro, tampoco están en España, la enfermera que habla, con voz temblorosa y sumisa, con un hombre nota un marcado acento francés.
- ¿Estás bien?, ¿Necesitas que llame a la enfermera?, ¿Quieres tomar algo?, ¡¿Qué hago con ella?! – un momento. Esa voz, esos gestos desesperados y esos ojos no son los de Alec, entonces… ¡Es Lucas!
- Perdona pero, tú eres Lucas ¿verdad? -  una voz prácticamente inaudible sale de la garganta de Diana, apenas puede reconocerla como suya.
  Lucas la mira perplejo, confundido por las únicas palabras que la oye pronunciar desde que llegó. Vé a una chica con mal aspecto postrada en una cama de la enfermería del instituto. Vé unos ojos azules, pero no es eso lo que le llama la atención son las dos manchas negras y perfectamente redondas que tiene en el iris de los ojos. No pueden negar que es hija de Alma.
-Sí soy yo… Disculpa mi nerviosismo pero deberías haber despertado hace unos cuantos días. – Su carece de emoción, poco a poco va recuperando la clama. Con cada segundo que transurren en silencio, examinandose, son más conscientes de las diferencias de cada uno.
  La enfermera despide al hombre y camina con paso ágil hasta los dos chicos que se miran fijamente en la habitación. Un típico traje blanco y azul de enfermera viste su torso y unos largos mechones blancos se dejan caer sobre los ojos grises. Diana se queda pasmada al verla, aún con el aspecto joven y vivaz que posee ella tiene el pelo tan sumamente blanco que hace pensar todo lo contrario.
-Buenas tardes, señorita Salow. La esperan en la biblioteca principal en una hora. Tiene ropa limpia en el baño y toallas en el estante del mismo. Si necesita algo más puede llamar a Catherine, mi hija. – Habla rápido, claro y con una sonrisa reluciente en la boca. Su timidez con aquel hombre fue sustituida por una voz firme y alegre.
  Diana mira a Lucas con la intención de que alguien le explique ago. Todo ha pasado tan sumamente rápido que nisiquiera le ha dado tiempo a analizar su sueño. Con una mueca de dolor provocada por el insufrible comezón de su marca de nacimiento, se levanta de la cama. Lucas la ayuda y esta es capaz de ver una nueva diferencia: Él sí ayuda por placer y no por obligación.
  Ni una palabra, ni miradas, ni gestos. Lucas la deja frente la puerta oscura del baño y se marcha corriendo. Diana pone los ojos en blanco y entra.
  Una estancia forrada de azulejos blancos y marfiles, ventanas pequeñas y un espejo rodeado de piedras de distintos colores recibe a la jóven. Una bañera de blanca porcelana y dorados grifos reposa en mitad de la sala. La ropa y las toallas permanecen pulcramente dobladas en el ala opuesta.
  Curiosa y maravillada camina veloz hasta su nueva indumentaria; Un largo vestido blanco con bordados en hilo de oro en las mangas francesas se dejan adivinar con el símbolo de dos alas rodeadas por una rosa.

-

En la biblioteca.
  Alexander escucha la charla de reprimendas de su abuelo, Lucas reposa en el marco de la puerta disfrutando de la escena, Anabel intenta controlar su enfado hacia Alec y Kate apoya al jefe.
  Una amplia sala forrada de libros que Dios sabe lso siglos que tienen, un imponente escritorio domida la estancia con elaborados gravados de ángeles tocando diversas arpas y violines. Lámparas de cristal de murano en varios colores y altas ventanas tapadas por gruesas cortinas de lino blanco. Nada convina con nada, no existe un patrón dominante.
-Has sido un imprudente al exponer de ese modo a la chica. Deberías estar fuera de la Santae. Lástima que eres mi sucesor… - El hombre cierra los ojos y deja escapar un suspiro de agotamiento. Se retira las gafas de ver y dirige nuevamente la mirada al chico que tiene sentado de cualquier manera en el asiento frente al escritorio. – Verás, Alexander, puede que para ti solo sea un experimento más, puede que solo sea un entretenimiento o un pasatiempo. Te equivocas, ¿Hablo claro? Ella no es Shana, ni Lianne, mucho menos Brittanie. Así que te agradecería que no interactues con ella. Te prohíbo siquiera que la mires. Ella podrá acabar contigo si te mezclas demasiado, será ella quien herede todo esto si tú te duermes en los laureles. Mírala como a tu rival. Quiero que este lugar sea de nuetro linaje. ¿Me he explicado con la suficiente clareza?
- Cristalino. – Es la única palabra que llega a pronunciar antes de levantarse y salir de la biblioteca. Aparta a Lucas y cierra la puerta sin apenas hacer ruido.
  En la biblioteca se puede palpar la tensión, susurros entre las dos muchachas se hacen cada vez más sonoros. Lucas sabe lo que cuchichean; Aquí no gusta Diana. Él lo sabe, lo percibe. No la quieren aquí, nisiquiera Emma, la enfermera que tan bien se portó con ella en la habitación. Lástima, a él le cae bien. No ha hecho nada, ella nisiquiera tiene la culpa de ser descendiente de él.
-Lucas.
Kate, le toca el hombro con delicadeza, ella, como siempre pestañea demasiado aquellos estravagantes ojos esmeraldas. Lucas aparta la mano de su hombro y sale de la biblioteca.

-

Diana, ya ataviada con aquel precioso vestido blanco, con el largo cabello recogido en una trenza y unas sandalias en los pies, sale de la enfermería.
Desorientada en el largo pasillo del edificio, no sabe cuál es su siguiente paso. Literalmente. En los pasillos caminan varias personas de diferente edad. Grupos de chicos se apoyan en la pared y charlan despreocupados. Todos la observan. No interrumpen las conversaciones porque no es nuevo ver a un novato salir de la enfermería. Puertas cerradas se dejan ver a lo largo del pasillo.
  Armandose de valor camina hasta un grupo de cuatro chicos de extrañas pintas. El primero, y más alto, viste de negro. Al igual que todos; chicos con pantalón y chaqueta, chicas con faldas y camisas. Lleva un revuleto pelo rubio y mechas rojas, ojos azules y marrones. Es él quien se dirige a ella.
-¿Acaso tú eres el nuevo experimento o candidato de Miguel? – la ironía son cuchillos afilados en la boca de aquel chico. Sin embargo, Diana hace caso omiso de su comentario y muestra su mejor sonrisa.
- Me gustaría saber dónde puedo encontrar la biblioteca principal. Al parecer he quedado con ese tal Miguel. Y creo que llego tarde.
  El chico pestañea intentando ver si ella habla enserio o solo le devuelve el golpe. A ver que no hay sorna en sus palabras y que todos en los alrededores se han quedado paralizados se dirige nuevamente a ella.
-Perdona. Creo que es la primera vez que un novato es citado ante Miguel – como no sabe cómo continuar le toma la mano y se presenta – Soy Caín. Quinto grado del estudio de la teología del instituto Santae de Francia.
-Encantada, Caín. ¿Debería preocuparme por tu nombre? He oído muchas historias con referencia a ese personaje.
- Creo que estarás en buenas manos – sonríe con dulzura y continua hablando en un tono de voz prácticamente inaudible y musical - ¿Quién eres tú?
- Soy Diana Salow Balttini. Y me encantaría saber qué hago aquí.
  Balttini” Caín se aparta un poco de ella. Mira nervioso en todas direcciones, suspira. Por suerte nadie ha escuchado la conversación. Cae en la cuenta de que poco a poco el pasillo se ha ido vaciando dejando a dos niños de primer grado al final del pasillo.
  Diana se asombra por las reacciones de este desconocido. Intenta llamar su aención, impaciente por acudir a la cita. Desde que despertó todo el mundo la ha tratado con exagerada educación o desconfianza. No es que le moleste ya que es una chica que, aunque nunca pasa de ser percibida, le gusta serlo. Desgraciadamente se está volviendo una costumbre que le empieza a molestra en altos grados. Chasquea los dedos con la intención de centrar la atención de Caín en la conversación.
-¿Qué? ¡ah! Si, perdona… Es por aquí.
  Continuan el camino en un sepulcral silencio. Ninguno de los dos intenta reanudar la charla, no es un silencio incómodo ya que ambos se sumergen en sus propios pensamientos. Puertas siguen siendo presentes para más tardes ser sustituidas por arcos de piedra que dejan entrever floridos jardines en los que otros chicos y chicas, sentados o de pie, hablan, ríen y otros, en menor número, hacen una especie de meditación. Aunque obviase al último grupo que medita a Diana toda esta gente le resulta de lo más pintoresca, extraña, perturvadora o inquietante. Todos con el cabello rojo, azul oscuro, morado, fucsia, negro, rubio o blanco y las extrañas marcas en el cuello dejan entender una moda nunca antes vista.
  Caín se da cuenta de los ojos curiosos de Diana así que, para distraerla, empieza una nueva conversación.
-¿De dónde vienes?
  Diana se vuelve hacia él con el sobresalto de alguien que le ha pegado un susto de muerte. Incrédula ante el nuevo entusiasmo por su parte en saber cosas de ella contesta desconfiada pero aimada en iguales partes.
-Vengo de Madrid. – ambos se sumen en un nuevo silencio, esta vez más incómodo e insostenible. No saben como continuar así que a Diana se le ocurre preguntarle a él esta vez. - ¿Y tú? Al igual que en mi caso yo tampoco sé nada de ti.
Caín se lo piensa por largo rato, se encoje de hombros y contesta con la intención de no decir algo fuerda de lugar.
-Yo nací aquí, en este mismo instituto – como Diana puso cara de sorpresa él rió entre dientes y se explicó – Verás, consideranos una gran familia, aunque será de todo esto de lo que te hablará Miguel. Solo te diré que no serás la misma después de tu charla con el director. Nadie, escepto cuatro alumnos, tiene permiso de entrar en esa sala. Es su despacho y biblioteca privado. Así que mi enorabuena.
-Disfrutas dejando a los demás con la intriga, ¿verdad? – Sabedora de que el chico no dirá más de lo que ya de por sí ha mencionado decide bromear para apartar lso escalofríos de su cuerpo por unos minutos.
  Charlan sobre anecdotas divertidas, hermanos mayores que se dedican a hacerles alguna que otra jugarreta. Hablan de ellos, de sus gustos musicales, de sus hobies y sus amigos. A Diana le resulta fascinante la vida de aquel chico que tan solo tiene veinte años. No le molesta hablar de Erik, ni de sus amigas. Todo el dolor que pensó que le atormentaría al hablar de ellos no ha sido para nada palpable.
  Suben escaleras de caracol, caminan por habitaciones de alumnos. Algunos, distrídos, ignoran su presencia, otros la miran y sonríen. No es una sonrisa de bienvenida o cálida, más bien carente de afecto y superficial. Ambos hacen caso omiso y siguen caminando. El largo viaje desde la enfermería del primer piso hasta la biblioteca del quinto se hace rápido y divertido.
  Caín cuenta algunos chistes o hace preguntas sobre las costumbres madrileñas. Sin malicia, le pasa un brazo sobre los hombros de Diana y tras unas sonrisas continuan charlando.
  Allí, al final del pasillo, aquel que conduce directamente hasta la biblioteca de Miguel, alguien les observa con un creciente e incontrolable enfado. Una figura esbelta que tiene los brazos cruzados. Caín, al darse cuenta de quien es, acerca más a sí mismo a la chica. Saluda al chico con la mano y, después de darle un beso en la mejilla a Diana, desaparece en una de las habitaciones.
  Diana le sigue con la mirada ignorando al chico que tiene enfrente. Le cae muy bien Caín, ambos han conectado de una forma rápida y simple. Cuando cae en la cuenta de quien es la figura encolerizada su expresión del rostro se endurece y se gira ante él.
-Vaya, pero si es Alec. – Ahora lo recuerda. Él, quien estuvo a su lado mientras era presa de la locura. Esa persona que cuando despertó había confundido con Lucas. La persona que no se había molestado en ir a visitarla, ¿quién sabe la cantidad de días que estuvo en una especie de coma?.- ¿Está ese tal Miguel ahí dentro?, me han dicho que quería hablar conmigo.
-Caín, ¿eh?. Es simpático cuando está cerca de las chicas. – sigue mirando la puerta que cruzó el chico de las mechas rojas. – Sí, Miguel está dentro. Pasa.
  Ella sigue al chico hasta llegar frente a una puerte imponente de oscura madera y hermosos grabados que muestran las azañas de ángeles desde los cielos.
  Alec llama a la puerta, sin esperar respuesta, entra y, cogiendo de la mano a Diana, hace acto de presencia en el despacho de su abuelo. Lucas, que había vuelto de avisar a algunos de los guardias del instituto de la llegada de la novata, estaba sentado en un sillón junto con una chica de pelo corto y prácticamente negro, aunque con los débiles rayos del sol se adivinaba el morado de su cabello. Ninguno de los dos miró a los chicos. En cambio, una muchacha de rizado pelo pelirrojo se acercó a ella con suficiencia, como todos en ese lugar y se presentó.
-Bienvenida, querida. Soy Anabel. Séptimo y último grado del estudio de la teología. Ella – señalando a la chica de corto cabello – es Kate, séptimo grado. Él es..
- Lucas, lo sé. Soy Diana y hasta el momento no tengo ningún grado en teología. Pero estudio primero de bachillerato.
  Lucas y Alec intercambian un mirada y, como si estuviese ensayado, estallan en carcajadas. No es habitula, por no decir correcto, dejar a Anabel en ridículo o devolverle la pelota con la misma intensidad. La hija predilecta de una de las familias más poderosas económicamente sería capaz de comprar una cárcel de máxima seguridad equipada por matones de primera solo para torturar por diversión a quien la molestase. Por lo demás es una insolente sin escrúpulos.
-Al parecer tiene agallas. Soy Miguel y como tú en estos momentos yo tampoco estudio grados de Teología, ya que soy el director de este instituto privilegiado.
  Diana dirige su atención a aquel hombre de avanzada edad que habla tras los lentes de sus gafas. Sentado en un sillón de alto respaldo detrás de un antiquísimo escritorio y vestido con un traje negro pulcramente colocado. La seguridad y sabiduría son patentes en su voz. Sin duda tiene toda la pinta de una persona temida y respetada. A Diana le resulta extrañamente familiar, como si ya hubiese tenido más encuentros con ese hombre.
  Súbitamente se acuerda de la fotografía que encontró en la habitación de su hermano. Aquel era el hombre que permanecía impasible junto a Lucas. Pero no es solo de la foto que recuerda su aspecto.
-Fue interesante hablar contigo por telefono hace unos días. ¿Te importa que te tutée?
-Desde luego que no, señor…
-Llámame Miguel. Bien, te he citado aquí para cuando despertases de ese tedioso coma. Al parecer lo has hecho antes de lo previsto. Mis felicitaciones. Así que si no tienes inconvenientes o no te encuentras indispuesta, ¿te importaría que empezasemos con la conversación? – habla claro y con palabras que encajan a la perfección. Diana asiente, pero no se mueve de donde está. Anabel aún la observa. Lucas y Alec han tomado lugar a cada lado de Diana y Kate se encuentra donde antes. Todos atentos a que Miguel dicte el siguiente movimiento.
- Veamos, aparte de Lucas y Alec, los demás deberán dejarme tener esta charla con Diana. Si me disculpáis, señoritas, me gustaría que abandonáseis mi despacho. Gracias.
  Sin dirigir una nueva mirada u orden, Anabel y Kate salen de la biblioteca acompañadas por el taconeo de las botas de Kate.