Capitulo 5. Despierta.
Diana titubea y mueve nerviosa los dedos por su larga trenza. Suspira largo rato y decide que lo mejor que puede hacer en esos momentos es sentarse en uno de esos mullidos sillones de piel negra que hay frente el escritorio de Miguel. Con paso inseguro camina hasta el asiento. Antes de continuar con la tarea mira interrogante al hombre, al ver que asiente y con la mano señala el sillón, toma por fin asiento.
El sielncio aún resiste a marcharse. Lucas y Alec tienen la atención en Diana. Atentos a sus movimientos, más por el bien del hombre que por el de ella misma ya que ambos saben quién es su madre y quién es ella.
Miguel, en lo más profundo de su ser, sabe a la perfección que aquello es una buena idea. Una vez, hace siglos, alguien le dijo que tener a los amigos cerca ayuda, pero era conveniente e inteligente mantener a los enemigos aún más cerca. Ve con claridad a una jóven que no ha sido entrenada desde los cinco años de edad reglamentarios. Observa el nerviosismo que emana de ella y la confusión que ahoga sus ojos. Aún teniendo todas las cartas a su favor ella sería capaz de derribar su castillo de naipes con una simple mirada, por eso hace todo esto, para mantenerla alejada de su padre. Para tenerla como un peón más. No uno cualquiera, sino como a uno de sus predilectos. Una más dentro de su reducido e invencible quinteto.
Lo más seguro en estos momentos es ganarse su confianza para por fin llegar a la semilla de todo esto. Así que, escogiendo las mejores palabras, empieza a hablar con la certeza de que nisiquiera ella podrá hacerle callar. Por ahora.
-Verás, Diana. Estás en estos momentos en el Instituto Teológico Santae de la Rochelle, Francia. Aquí reclutamos a personas que rompieron el molde antes de nacer. – intenta quitarle hierro al asunto, algo impropio pero necesario, aunque nunca se le dieron bien las bromas. – Lo que quiero decir esque todos mis alumnos son capaces de hacer cosas que solo creías posibles en los libros de fantasía. Debo decir que todos esos libros se basan en un mismo mundo. También me veo obligado a añadir que aún dudo la existencia de otras razas como la Licantropía o Vampirismo, pero si nosotros somos posibles, ¿por qué no los hijos de la noche?.
*Aquí se unieron los primeros linajes del siglo tres antes de Cristo. La herejía en esa época era castigada. Muchos de los nuestros se dejaron ver y fueron recompensados con la hostilidad de los mundanos. Otros más sutiles nos encargamos de crear una pequeña compañía que consistiese en investigar lo que nos ocurría. Así nació la Santae.
*Tres años después de la muerte de Jesús de Nazaret decidimos encerrarnos en nuestro propio mundo, aún dejando ventanas para ver el resultado del mundo humano. Cuando se creó el mundo también se creó el cielo y el infierno. Todo lo que empezó realmnte bien se tornó complicado por el capricho de un avaricioso, el cual se llamó Satanás. Traducido como “El adversario”. A las puertas del cielo un Arcángel se declaró fiel y leal a Dios jurando proteger a su santidad contra cualquiera que le cuestionase.
*Miles de guerras le siguieron mientras el mundo ignoraba las lágrimas que tomaban la forma de lluvia. Muchas las ganaron los ángeles consiguiendo expulsar a traidores del cielo y enviándoselos al adversario. Llegados a un punto, en el que nisiquiera la posterior guerra fría era suficiente calificativo, estalló una nueva guerra. Inesperada y traicionera, las cualidades de Luzbel, Satanás.
*Puedo decir que la guerra ha durado siglos, tantos que hoy día no se ha declarado un vencedor definitivo. Pactos, evangelios, biblias y pergaminos no fueron suficientes. La paz que prometió aquél Arcángel se tambalea por culpa de unas cuantas jugarretas. Luzbel juró reinar los cielos y el Hades. Al igual que el Arcángel exclamó que vencería al traidor. Tanto él como el servidor de Dios recogieron a sus mejores servidores, discípulos y compañeros. Les entrenaron en la mismo planeta tierra. Escenario de pestes provocadas por maldiciones mal conjuradas.
*De la misma forma que Dios tiene su representante. El Arcángel. Luzbel tiene al suyo, un ángel que él mismo creó. Uno capaz de vencer tormentas y ciclones con solo bostezar. Alguien con el poder de hacer temblar la tierra y activar volcanes. Aquel que se puede igualar al Arcángel. Su nombre original es Janus.
*Cuento toda esta leyenda porque sé que tú lo crees, sé quien eres, a diferencia de ti. Por desgracia ni tú ni yo sabemos de qué lado estás. Esta es la razón de la desconfianza que inspiras en los demás. Antes de tu llegada otras tres candidatas o novatas entraron en el instituto proclamandose hijas de ellos. Sometidas a pruebas que solo podría superar la verdadera hija fueron recompensadas con la muerte en el intento.
Toda la historia que ha contado le ha sabido a poco. Aún debe contarle mucho más, pero si no está seguro del bando que elige no podrá continuar. Alec ha retrocedido unos pasos mientras que Lucas se permitió avanzar hasta arrodillarse a la altura de los ojos de Diana. La chica estaba abstraída, sus ojos estaban cansados y asustados. Mantenía la vista fija en los ojos de un ángel que tocaba el arpa. Sus manos reposaban con un aspecto mortífero sobre su regazo. La cara fue perlandose por el sudor provocado por el miedo. Ni convulsiones ni temblores ni histeria. Era como si toda la historia solo necesitase tiempo de encajar en su mente.
Miguel, arto de esperar la respuesta de Diana se sugirió continuar con lo que tenía planeado contarle hoy.
-En el Instituto Santae nos dedicamos a entrenar a los cincuenta y nueve alumnos con los que disponemos con la ayuda de siete profesores. Es un número reducido porque los ángeles tienen el deber de permancer junto al trono del Altísimo, dejandonos a los “desterrados” en minoría absoluta. Los que nacen con el don de la visión Beatífica son inmediatamente reconocidos y traídos. Contactos en hospitales de todo el mundo. Muchos de nuestros estudiantes fueron enviados a lugares escondidos y no tanto para mantenernos alerta de los nuevos retoños. Claro está siempre se nos escapa un número. Ese número normalmente pertenece al otro bando. Y ahora llegas tú. Con dieciséis años y sin pertenecer a ninguno. Ni entrenamientos, ni costumbres nisiquiera cuentos para dormir con relación con todo esto. Con el mundo en tu contra has sido capaz de almacenar el suficiente poder que te caraceriza. Lástima que esté contra las normas esconderte. Ángel lo pagará caro.
Diana despertó del vacío para mirar con furia a aquel hombre que osa amenazar a su difunto padre. En cambio, Miguel, adivinando sus pensamientos aclara lo que acaba de decir:
-Ángel no es tu padre biológico. Nisiquiera se llama Ángel. Su verdadero nombre es Jonas. Es el mejor amigo de tu madre desde que eran pequeños. Cuando nos enteramos de los trapicheos de mi hija la exulsaron del instituto condenandola a mil años en la eternidad de la tierra. A diferencia de otras razas, nosotros sí envejecemos y morimos. Bueno, no todos.
-Creo que por hoy es suficiente, Miguel. Mañana la incorporaremos en las clases del grado cinco, para ella será un juego de niños. Creeme. – Lucas cogió a Diana y la apoyó en su pecho. Miguel no puso resistencia, asintió brevemente y les indicó que podían marcharse. – Esta noche debería bajar a la cena y conocer a los otros sesenta y cinco estudiantes y profesores. Además no tiene compañera de habitación. Todas se negaron a compartirla con una posible enemiga – Lucas no habla con los demás si no es estrictamente necesario así que no le ha gustado ser el encargado de pedir semejante favor. Con todo siente lástima por Diana, quien no tiene la culpa de ser quien es.
-Hasta la cena, entonces. Diana, sientete como en tu casa. Pídele a uno de estos cuatro chicos que te enseñe el recinto, si quieres.
Diana asiente por educación, enrealidad le gustaría arrancarle esa sonrisa a Miguel del rostro. Todos en la sala lo saben. Una idea descabellada cruza inesperadamente su mente, se detiene en seco y dirige su mirada a señor que hay sentado en el escritorio y que revisa una montaña de papeles.
-Has hablado incluyendote cuando mencionaste al grupo que creó la compañía. También dijiste que no todos son inmortales. ¿Eso te convierte en uno de ellos, un inmortal?. ¿Acaso aquél arcángel que se llama igual que vos al fin y al cabo sois vos? Sé que mi madre no pertence biológicamente a este mundo. ¿La adoptaste?
Miguel se levantó del escritorio con pasimonía, paseó hasta acercarse a Diana, la cual se asombró de la altura del hombre, no era descomunal tampoco más alto que mucha gente que ya conoce pero sentado aparentaba mucho menos. Miguel la miró directamente a los ojos y sonrió. A Lucas y Alec se les heló la sangre, no sabían como reaccionaría el director.
-Alma fue una falsa alarma. En vez de devolverla la dejé quedarse, la eduqué. Aunque como a una mundana común. Convivió con los demás sabiendo lo que eran, ella es especial. Pero no una de nosotros. En cambio tú naciste de un renegado y una humana. Algo que estaba contra las leyes. Puedes mantener relaciones pero no engendrar un hijo. Mañana, después de tus clases vendrás aquí y te seguiré explicando. Ahora disfruta de la noche.
-
En la nueva habitación de Diana estaban Anabel, Lucas, Kate, Alec y Diana.
Los cinco estaban sentados sobre la cama, el suelo o la silla del escritorio. Ninguno hablaba, mucho menos Diana. Se centró en el día que pasó junto a Alec cuando el coche se detuvo sin remedio en la carretera. Recuerda también el momento en el que él mencionó algo de pasar un tiempo con Lucas que vivía en un apartamento a cinco manzanas de la casa de él y Kate.
Del mismo modo que ella, Alec calló en la misma cuenta y se acercó a ella. Sabía de antemano que lo mejor que podía hacer era cortar cualquier relación con ella cuando ya sabía como acabaría todo si dejaba guiarse por otros medios.
-Diana, ¿reuerdas que te dije que pasarías una temporada en la casa de Lucas?
Ella elevó la vista hasta sus ojos grises. Asintió y esperó a que él continuase.
-Pues bien, mentí. No estaba autorizado a contarte nada del instituto así que la única forma que tenía de explicarte algo era esa.
-Muchas gracias por tu ayuda, Alexander. Creo que en estos momentos era justo lo que necesitaba escuchar: que me habías mentido.
Se puso en pie y salió de la habitación con la intención de llegar a los jardines y llorar sin que ellos la viesen. Caminó todo lo deprisa que pudo sin llegar a correr con la finalidad de pasar de ser percibida. Ignoró las llamadas de Lucas y Kate y siguió avanzando.
Se detuvo únicamente cuando vió a Caín. Este caminaba en dirección contraría con un libro de cobertura negra bajo un brazo, el chico reparó en ella se acercó mientras la llamaba. Diana le sonrió y se enjugó una lágrima que había conseguido salir.
-¿Qué te ocurre, Di? – el chico hablaba con dulzura y preocupación.
-¿Alguna vez han destruido tu mundo en un solo día? – una sonrisa sarcástica. Lágrimas que amenazan con salir a la luz artificial de los candelabros que iluminan los pasillos. Ganas de dormir durante días y no pensar. La voz que sale de su boca no la reconoce como suya. Una voz terrosa, ronca, sin vitalidad. La voz de los malditos.
No hace mucho tiempo Diana leyó un libro titulado: Almas del mundo. Un libro que escribió el mismiso Ángel Salow. Hablaba sobre el alma, sobre cómo controlaba nuestra mente, como nos marcaba un patrón de actos. Todo eso ahora le resulta una mala pesadilla, una de la que no puede despertar.
Aún en silencio, Caín la rodea con los brazos sobre sus hombros. Ambos cierran los ojos y quedan sumidos en un silencio pacífico. Uno de esos silencios que dejan respirar con ligereza. Es entonces cuando Caín susurra a escasos milímetros de la oreja de Diana:
-El mundo no se puede destruir en un solo día, Diana. Nisiquiera el más inestable o frágil es capaz de ceder en tan poco tiempo. – susurros acompañados de su aliento. Fresco, lleno de energía. Diana se deja llevar por la música de su voz. Le resulta curiosa la rapidez con la que ha congeniado con aquel chico. No se sentía así con alguien desde Erik.
Es cuando se siente segura de sí misma, cuando ve posible salir de aquel bache. Si todos estos alumnos y profesores han vivido con aquella historia desde el día de su nacimiento, ¿por qué no puede ella?. Descubrirá todo lo que nunca salió a la luz, investigará todo acerca de Janus, sobre su madre en los años que pasó en el instituto y se preparará para lo que pueda venir a continuación.
Pero todo son palabras, pensamientos que cruzan feroces su mente. Diana está agotada, cansada, enfadada con toda aquella gente que se ha sacado un as de la manga. Algo que no tiene ni pies ni cabeza. Y aún no sabe qué pinta ella en todo eso, no sabe qué es lo que es capaz de aportar.
-Gracias, Caín.
-¿Por qué? – no es una de esas preguntas que se hacen por rellenar un hueco, más bien una pregunta incrédula. En el instituto nadie dice Gracias nunca. La tensión es un personaje que se presenta en cada esquina. La hostilidad de los alumnos del séptimo grado es creciente con cada minuto que transcurre. Nadie ayuda a nadie. Todos luchan por ser el número uno.
A Caín siempre le pareció una broma de mal gusto que los estudiantes de la teología se comporten como los estudiantes de las artes del Hades. Justo ese pensamiento activa una chispa en el subconsiente del joven. Ella, aquella hermosa chica que abraza en esos momentos podría ser la perdición de todos en esa escuela. Ella podría ser la que acabase con esta guerra y le entregase la victoria al adversario. Desconfianza.
Del mismo modo también podría ser la que descubriese el único punto ciego que necesitaban para vencer. Confusión. Pero es Diana, apenas ha pasado unas horas con ella y su aura la delata. Es transparente, ¿cuántos ángeles negros ha visto con el aura de ese modo? Ninguno, esa es la respuesta. Pero los ángeles no tienen el aura transparente. Suele concordar con la personalidad del alma. ¿Y si ella no tiene alma? Imposible. Se necesita un alma para vivir. Incluso algunos mundanos la poseen.
-Porque eres el único que se ha portado bien conmigo desde que he llegado. – Diana se aparta de él y le sonríe con toda la gratitud y sinceridad que ha sido capaz de reunir. Se pone de puntillas y le da un pequeño beso en la mejilla.
A Caín le asombra cada uno de los actos de la chica. Cada palabra que pronuncia le parece un dialecto no descubierto. Cada mirada un puente hacia otra galaxia. Cada sonrisa un sol que alumbra un inmenso cielo de ideas. Pero no piensa como lo haría un mundano cualquiera. No la malinterpreta. Desde pequeño sabe al dedillo la historia de la guerra de los dos mundos. Sabe que un nuevo retoño pondrá el grito de salida y también será el que incline la balanza. Ese que tiene a su media naranja en ambos bandos. Y todos saben quien es en el bando de los teologos. “Menuda suerte tienes, elegido” piensa Caín mientras camina junto a Diana de camino a los jardines de ala norte.
-
En la habitación de Diana:
Alec, apoyado en el alfeizar de los ventanales observa cómo Caín bromea con Diana. Ninguno de los dos cae en la cuenta del aquel espía, no le importa. No quiere dejar de mirarla, no quiere pensar que ella puede matarle con una sola mirada o incluso llevarle a la victoria con unas cuantas palabras. Miguel fue claro y preciso; si influye en la chica no será válida su respuesta y solo tendrá que deshacerse de ella. Primero debe conocer al otro. Entonces empezará la jugarreta.
En la habitación nadie se atreve a molestrale. Anabel y Kate saben muy bien como se las gasta Alec cuando le molestan. Lucas nisiquiera le lanza una mirada. Se distrae con las pertenencias de Diana. CD’s, libros, cuadernos, pulseras de plata o fotos. Hacía mucho tiempo que no veía las cosas de un mundano tan de cerca. Normalmente solo sale los viernes por la noche con los otros tres integrantes del grupo, pero nunca interactua con los humanos. No le interesa asociarse a ellos. No por arrogancia, sino más bien porque le resulta más comoda su vida de esa manera. En el instituto se siente libre entre los muros, se siente bien entre el ambiente hostil que hay entre los alumnos. No le molesta las miradas pícaras de las chicas o las coléricas de lo que saben quién es él.
Kate apenas se preocupa por los demás. Su personalidad solitaria encaja perfectamente con las costumbres de sus tres amigos. Ella no mira a nadie, en cambio, todos la miran. Suele ser irritante pero es lo que le ha tocado. También disfruta de las clases prácticas en las que deja a todos con la boca abierta. Odia la hora de la cena, obligatoria para todos, porque debe lucir ese provocativo vestido blanco que le regaló su madre hace años. Ahora, con la llegada de Diana tendrá que camuflarse aún más. Si la integran en ese reducido grupo tendrán más miradas tentas a ellos. Más posibilidades de perder los estribos por la presión que siente cuando la observan.
Anabel se dedica a mirarse en el espejo desde la cama de Diana. No se siente amenazada por ella, aunque no es consciente de lo que la novata es capaz de hacer, se cree en ventaja. “Todo cobrará su curso cuando ella desaparezca como las otras tres ilusas” piensa mientras pasa la lengua por sus carnosos labios. Su única meta hasta entonces es alejar a Alec de esa savandija. Apartar al chico que quiere de los jueguecitos de Diana.
Cuatro personas compartiendo el mismo espacio. Cuatro mundo diferents y a la vez idénticos. Unidos desde el comienzo de los tiempos. Tantas historias vividas. Tantos secretos y promesas pendientes.
Los minutos le siguen a los segundos cuando en la puerta de la habitación aparece Diana seguida de Caín. Ambos con una expresión relajada, con un lazo invisible que conectó tanto a uno como al otro. Las miradas pícaras de Kate y Anabel ponen en alerta a Alec. Lucas se ríe contento de que la chica se encuentre a gusto con uno de la clase media.
-Buenas noches – dice Diana sin malicia, con la intención de empezar de nuevo. De olvidar los malentendidos que trenscurrieron a lo largo del día – Ya conocíais a Caín, ¿verdad?.
Caín, dos pasos por detrás de ella, se tensa. Desconfiado ante aquel grupo que jamás habla con nadie. Pone una mano sobre el hombro de Diana y sonríe al ver que estos no actúan como suelen hacer cuando otros tocan a un componente de los suyos.
-Sí que le conocemos, asiste al cuarto grado, ¿no? – dice Anabel en un intento de que Diana se centre en ese mediocre y deje en paz a Alec – Encantada, soy Anabel Benshet.
-Enrealidad asisto al quinto grado. Para vos no será una diferencia muy grande, ¿cierto?
-Cierto.
Los demás le saludan y hacen unas cuantas preguntas de cortesía. Todos charlan aunque sin demasiado entusiasmo. Alec, que se queda rezagado en el alfeizar de los ventanales, la observa con una expresión inescrutable. Diana frunce el ceño sin entender muy bien l reacción del chico. Se aparta del resto y camina despreocupada hasta él, sin decirle nada se sienta a su lado y mira al exterior.
La luna, de un rojo escarlata, se va tornando naranja para más tarde decolorarse hasta su blanco más puro. Cientos de flores Buganvillas de distintos colores se esparcen por el cesped. Iluminado por la luna, el rostro de Alec parece el de una persona distinta. Más que una persona un Dios. Los perfectos rasgos de su rostro, sus penetrantes ojos grises, sus suaves labios y la intensidad de su mirada. Todo un remolino se crea en el interior de Diana. Se estremece. Intenta decir algo pero no encuentra las palabras. Piensa mejor lo que va a decir y lo intenta.
-Alec…
Pero no puede continuar, él se ha levantado y se ha marchado. Camina con las manos metidas en los bolsillos del pantalón reglamentario. Retirando una mano del bolsillo, coge la mano de Anabel, ésta se asombra y le mira a los ojos. Todos, en la habitación se han quedado callados.
Alec no coqueteaba con las estudiantes, lo hacía con las humanas. Los viernes por la noche acostumbraban a visitar distintos pubs donde Alec se daba un respiro y jugaba con las chicas que quedaban encandiladas a él, y no, no eran pocas.
Él, en medio de la habitación de Diana, se inclina hacia delante hasta rozar los labios de Anabel. Sonríe con suficiencia, cierra los ojos y, con una fuerza sorprendente, besa los labios de la chica pelirroja. Fue un beso agesivo y breve, como si intentara sellar los labios de Anabel. La chica sonríe pero no se mueve. Alec tira de su muñeca y salen juntos de la habitación.
Lucas mira de soslayo a Diana, la chica se ha quedado de piedra. Sus ojos, grandes y azules tiemblan. Los labios han palidecido un poco. Pero no se mueve de su posición, manteniendo las manos sobre las rodillas tapadas por el largo vestido blanco.
“¿Qué le pasa?” Diana no entiende a qué ha venido ese numerito, de la misma forma que tampoco comprende los celos que la han inundado cuando se produjo el beso.
Caín, que ha estado prestando más atención a Diana que a la superficial conversación, se acerca a ella temeroso de que reaccione violentamente o, peor aún, que no reaccione. Diana mira directamente los ojos de Caín. Sonríen.
-Vaya, ¿acaso Alec y Anabel son pareja o algo así? – sin poder impedirlo, las palabras salen de su garganta.
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