Déjame salir.

Yo no pinto ni compongo mundos, yo los describo, los colmo de vida con ayuda de tintas y superficies planas. Yo no soy un dios y aún así doy vida a metafóricas ninfas e idílicos paisajes. Yo soy quien da sonido a la lira de Apolo y luz a los ojos de Venus, soy yo quien hago crecer a mi antojo las magnolias y petunias, quien traza horizontes y da color a las aguas oceánicas. Soy yo quien da alas a gorriones en medio de una tormenta, quien roza el pelo del angora y suspira en los oidos de mundanos. Yo soy dueña de sus destinos, ama y señora de sus vidas, decido cuando mueren y ellos cuando nacen. Soy madre de huérfanos y amiga de marginales, soy maestra de ignorantes y confidente de pecadores. Soy quien hace amanecer soles de oro en el cielo y quien describe lunas de plata en el universo. Soy novata en el este arte y experimentada en la inmadurez, yo juego con palabras que fueron apartadas. Soy quien siembra mundos incorpóreos para después recoger sueños reales.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Capitulo 5. Despierta.

Capitulo 5. Despierta.

  Diana titubea y mueve nerviosa los dedos por su larga trenza. Suspira largo rato y decide que lo mejor que puede hacer en esos momentos es sentarse en uno de esos mullidos sillones de piel negra que hay frente el escritorio de Miguel. Con paso inseguro camina hasta el asiento. Antes de continuar con la tarea mira interrogante al hombre, al ver que asiente y con la mano señala el sillón, toma por fin asiento.
  El sielncio aún resiste a marcharse. Lucas y Alec tienen la atención en Diana. Atentos a sus movimientos, más por el bien del hombre que por el de ella misma ya que ambos saben quién es su madre y quién es ella.
  Miguel, en lo más profundo de su ser, sabe a la perfección que aquello es una buena idea. Una vez, hace siglos, alguien le dijo que tener a los amigos cerca ayuda, pero era conveniente e inteligente mantener a los enemigos aún más cerca. Ve con claridad a una jóven que no ha sido entrenada desde los cinco años de edad reglamentarios. Observa el nerviosismo que emana de ella y la confusión que ahoga sus ojos. Aún teniendo todas las cartas a su favor ella sería capaz de derribar su castillo de naipes con una simple mirada, por eso hace todo esto, para mantenerla alejada de su padre. Para tenerla como un peón más. No uno cualquiera, sino como a uno de sus predilectos. Una más dentro de su reducido e invencible quinteto.
  Lo más seguro en estos momentos es ganarse su confianza para por fin llegar a la semilla de todo esto. Así que, escogiendo las mejores palabras, empieza a hablar con la certeza de que nisiquiera ella podrá hacerle callar. Por ahora.
-Verás, Diana. Estás en estos momentos en el Instituto Teológico Santae de la Rochelle, Francia. Aquí reclutamos a personas que rompieron el molde antes de nacer. – intenta quitarle hierro al asunto, algo impropio pero necesario, aunque nunca se le dieron bien las bromas. – Lo que quiero decir esque todos mis alumnos son capaces de hacer cosas que solo creías posibles en los libros de fantasía. Debo decir que todos esos libros se basan en un mismo mundo. También me veo obligado a añadir que aún dudo la existencia de otras razas como la Licantropía o Vampirismo, pero si nosotros somos posibles, ¿por qué no los hijos de la noche?.
*Aquí se unieron los primeros linajes del siglo tres antes de Cristo. La herejía en esa época era castigada. Muchos de los nuestros se dejaron ver y fueron recompensados con la hostilidad de los mundanos. Otros más sutiles nos encargamos de crear una pequeña compañía que consistiese en investigar lo que nos ocurría. Así nació la Santae.
*Tres años después de la muerte de Jesús de Nazaret decidimos encerrarnos en nuestro propio mundo, aún dejando ventanas para ver el resultado del mundo humano. Cuando se creó el mundo también se creó el cielo y el infierno. Todo lo que empezó realmnte bien se tornó complicado por el capricho de un avaricioso, el cual se llamó Satanás. Traducido como “El adversario”. A las puertas del cielo un Arcángel se declaró fiel y leal a Dios jurando proteger a su santidad contra cualquiera que le cuestionase.
*Miles de guerras le siguieron mientras el mundo ignoraba las lágrimas que tomaban la forma de lluvia. Muchas las ganaron los ángeles consiguiendo expulsar a traidores del cielo y enviándoselos al adversario. Llegados a un punto, en el que nisiquiera la posterior guerra fría era suficiente calificativo, estalló una nueva guerra. Inesperada y traicionera, las cualidades de Luzbel, Satanás.
*Puedo decir que la guerra ha durado siglos, tantos que hoy día no se ha declarado un vencedor definitivo. Pactos, evangelios, biblias y pergaminos no fueron suficientes. La paz que prometió aquél Arcángel se tambalea por culpa de unas cuantas jugarretas. Luzbel juró reinar los cielos y el Hades. Al igual que el Arcángel exclamó que vencería al traidor. Tanto él como el servidor de Dios recogieron a sus mejores servidores, discípulos y compañeros. Les entrenaron en la mismo planeta tierra. Escenario de pestes provocadas por maldiciones mal conjuradas.
*De la misma forma que Dios tiene su representante. El Arcángel. Luzbel tiene al suyo, un ángel que él mismo creó. Uno capaz de vencer tormentas y ciclones con solo bostezar. Alguien con el poder de hacer temblar la tierra y activar volcanes. Aquel que se puede igualar al Arcángel. Su nombre original es Janus.
*Cuento toda esta leyenda porque sé que tú lo crees, sé quien eres, a diferencia de ti. Por desgracia ni tú ni yo sabemos de qué lado estás. Esta es la razón de la desconfianza que inspiras en los demás. Antes de tu llegada otras tres candidatas o novatas entraron en el instituto proclamandose hijas de ellos. Sometidas a pruebas que solo podría superar la verdadera hija fueron recompensadas con la muerte en el intento.
  Toda la historia que ha contado le ha sabido a poco. Aún debe contarle mucho más, pero si no está seguro del bando que elige no podrá continuar. Alec ha retrocedido unos pasos mientras que Lucas se permitió avanzar hasta arrodillarse a la altura de los ojos de Diana. La chica estaba abstraída, sus ojos estaban cansados y asustados. Mantenía la vista fija en los ojos de un ángel que tocaba el arpa. Sus manos reposaban con un aspecto mortífero sobre su regazo. La cara fue perlandose por el sudor provocado por el miedo. Ni convulsiones ni temblores ni histeria. Era como si toda la historia solo necesitase tiempo de encajar en su mente.
  Miguel, arto de esperar la respuesta de Diana se sugirió continuar con lo que tenía planeado contarle hoy.
-En el Instituto Santae nos dedicamos a entrenar a los cincuenta y nueve alumnos con los que disponemos con la ayuda de siete profesores. Es un número reducido porque los ángeles tienen el deber de permancer junto al trono del Altísimo, dejandonos a los “desterrados” en minoría absoluta. Los que nacen con el don de la visión Beatífica son inmediatamente reconocidos y traídos. Contactos en hospitales de todo el mundo. Muchos de nuestros estudiantes fueron enviados a lugares escondidos y no tanto para mantenernos alerta de los nuevos retoños. Claro está siempre se nos escapa un número. Ese número normalmente pertenece al otro bando. Y ahora llegas tú. Con dieciséis años y sin pertenecer a ninguno. Ni entrenamientos, ni costumbres nisiquiera cuentos para dormir con relación con todo esto. Con el mundo en tu contra has sido capaz de almacenar el suficiente poder que te caraceriza. Lástima que esté contra las normas esconderte. Ángel lo pagará caro.
  Diana despertó del vacío para mirar con furia a aquel hombre que osa amenazar a su difunto padre. En cambio, Miguel, adivinando sus pensamientos aclara lo que acaba de decir:
-Ángel no es tu padre biológico. Nisiquiera se llama Ángel. Su verdadero nombre es Jonas. Es el mejor amigo de tu madre desde que eran pequeños. Cuando nos enteramos de los trapicheos de mi hija la exulsaron del instituto condenandola a mil años en la eternidad de la tierra. A diferencia de otras razas, nosotros sí envejecemos y morimos. Bueno, no todos.
-Creo que por hoy es suficiente, Miguel. Mañana la incorporaremos en las clases del grado cinco, para ella será un juego de niños. Creeme. – Lucas cogió a Diana y la apoyó en su pecho. Miguel no puso resistencia, asintió brevemente y les indicó que podían marcharse. – Esta noche debería bajar a la cena y conocer a los otros sesenta y cinco estudiantes y profesores. Además no tiene compañera de habitación. Todas se negaron a compartirla con una posible enemiga – Lucas no habla con los demás si no es estrictamente necesario así que no le ha gustado ser el encargado de pedir semejante favor. Con todo siente lástima por Diana, quien no tiene la culpa de ser quien es.
-Hasta la cena, entonces. Diana, sientete como en tu casa. Pídele a uno de estos cuatro chicos que te enseñe el recinto, si quieres.
  Diana asiente por educación, enrealidad le gustaría arrancarle esa sonrisa a Miguel del rostro. Todos en la sala lo saben. Una idea descabellada cruza inesperadamente su mente, se detiene en seco y dirige su mirada a señor que hay sentado en el escritorio y que revisa una montaña de papeles.
-Has hablado incluyendote cuando mencionaste al grupo que creó la compañía. También dijiste que no todos son inmortales. ¿Eso te convierte en uno de ellos, un  inmortal?. ¿Acaso aquél arcángel que se llama igual que vos al fin y al cabo sois vos? Sé que mi madre no pertence biológicamente a este mundo. ¿La adoptaste?
  Miguel se levantó del escritorio con pasimonía, paseó hasta acercarse a Diana, la cual se asombró de la altura del hombre, no era descomunal tampoco más alto que mucha gente que ya conoce pero sentado aparentaba mucho menos. Miguel la miró directamente a los ojos y sonrió. A Lucas y Alec se les heló la sangre, no sabían como reaccionaría el director.
-Alma fue una falsa alarma. En vez de devolverla la dejé quedarse, la eduqué. Aunque como a una mundana común. Convivió con los demás sabiendo lo que eran, ella es especial. Pero no una de nosotros. En cambio tú naciste de un renegado y una humana. Algo que estaba contra las leyes. Puedes mantener relaciones pero no engendrar un hijo. Mañana, después de tus clases vendrás aquí y te seguiré explicando. Ahora disfruta de la noche.

-


    En la nueva habitación de Diana estaban Anabel, Lucas, Kate, Alec y Diana.
  Los cinco estaban sentados sobre la cama, el suelo o la silla del escritorio. Ninguno hablaba, mucho menos Diana. Se centró en el día que pasó junto a Alec cuando el coche se detuvo sin remedio en la carretera. Recuerda también el momento en el que él mencionó algo de pasar un tiempo con Lucas que vivía en un apartamento a cinco manzanas de la casa de él y Kate.
  Del mismo modo que ella, Alec calló en la misma cuenta y se acercó a ella. Sabía de antemano que lo mejor que podía hacer era cortar cualquier relación con ella cuando ya sabía como acabaría todo si dejaba guiarse por otros medios.
-Diana, ¿reuerdas que te dije que pasarías una temporada en la casa de Lucas?
  Ella elevó la vista hasta sus ojos grises. Asintió y esperó a que él continuase.
-Pues bien, mentí. No estaba autorizado a contarte nada del instituto así que la única forma que tenía de explicarte algo era esa.
-Muchas gracias por tu ayuda, Alexander. Creo que en estos momentos era justo lo que necesitaba escuchar: que me habías mentido.
  Se puso en pie y salió de la habitación con la intención de llegar a los jardines y llorar sin que ellos la viesen. Caminó todo lo deprisa que pudo sin llegar a correr con la finalidad de pasar de ser percibida. Ignoró las llamadas de Lucas y Kate y siguió avanzando.
  Se detuvo únicamente cuando vió a Caín. Este caminaba en dirección contraría con un libro de cobertura negra bajo un brazo, el chico reparó en ella se acercó mientras la llamaba. Diana le sonrió y se enjugó una lágrima que había conseguido salir.
-¿Qué te ocurre, Di? – el chico hablaba con dulzura y preocupación.
-¿Alguna vez han destruido tu mundo en un solo día? – una sonrisa sarcástica. Lágrimas que amenazan con salir a la luz artificial de los candelabros que iluminan los pasillos. Ganas de dormir durante días y no pensar. La voz que sale de su boca no la reconoce como suya. Una voz terrosa, ronca, sin vitalidad. La voz de los malditos.
  No hace mucho tiempo Diana leyó un libro titulado: Almas del mundo. Un libro que escribió el mismiso Ángel Salow. Hablaba sobre el alma, sobre cómo controlaba nuestra mente, como nos marcaba un patrón de actos. Todo eso ahora le resulta una mala pesadilla, una de la que no puede despertar.
  Aún en silencio, Caín la rodea con los brazos sobre sus hombros. Ambos cierran los ojos y quedan sumidos en un silencio pacífico. Uno de esos silencios que dejan respirar con ligereza. Es entonces cuando Caín susurra a escasos milímetros de la oreja de Diana:
-El mundo no se puede destruir en un solo día, Diana. Nisiquiera el más inestable o frágil es capaz de ceder en tan poco tiempo. – susurros acompañados de su aliento. Fresco, lleno de energía. Diana se deja llevar por la música de su voz. Le resulta curiosa la rapidez con la que ha congeniado con aquel chico. No se sentía así con alguien desde Erik.
  Es cuando se siente segura de sí misma, cuando ve posible salir de aquel bache. Si todos estos alumnos y profesores han vivido con aquella historia desde el día de su nacimiento, ¿por qué no puede ella?. Descubrirá todo lo que nunca salió a la luz, investigará todo acerca de Janus, sobre su madre en los años que pasó en el instituto y se preparará para lo que pueda venir a continuación.
  Pero todo son palabras, pensamientos que cruzan feroces su mente. Diana está agotada, cansada, enfadada con toda aquella gente que se ha sacado un as de la manga. Algo que no tiene ni pies ni cabeza. Y aún no sabe qué pinta ella en todo eso, no sabe qué es lo que es capaz de aportar. 
-Gracias, Caín.
-¿Por qué? – no es una de esas preguntas que se hacen por rellenar un hueco, más bien una pregunta incrédula. En el instituto nadie dice Gracias nunca. La tensión es un personaje que se presenta en cada esquina. La hostilidad de los alumnos del séptimo grado es creciente con cada minuto que transcurre. Nadie ayuda a nadie. Todos luchan por ser el número uno.
  A Caín siempre le pareció una broma de mal gusto que los estudiantes de la teología se comporten como los estudiantes de las artes del Hades. Justo ese pensamiento activa una chispa en el subconsiente del joven. Ella, aquella hermosa chica que abraza en esos momentos podría ser la perdición de todos en esa escuela. Ella podría ser la que acabase con esta guerra y le entregase la victoria al adversario. Desconfianza.
  Del mismo modo también podría ser la que descubriese el único punto ciego que necesitaban para vencer. Confusión. Pero es Diana, apenas ha pasado unas horas con ella y su aura la delata. Es transparente, ¿cuántos ángeles negros ha visto con el aura de ese modo? Ninguno, esa es la respuesta. Pero los ángeles no tienen el aura transparente. Suele concordar con la personalidad del alma. ¿Y si ella no tiene alma? Imposible. Se necesita un alma para vivir. Incluso algunos mundanos la poseen.
-Porque eres el único que se ha portado bien conmigo desde que he llegado. – Diana se aparta de él y le sonríe con toda la gratitud y sinceridad que ha sido capaz de reunir. Se pone de puntillas y le da un pequeño beso en la mejilla.
  A Caín le asombra cada uno de los actos de la chica. Cada palabra que pronuncia le parece un dialecto no descubierto. Cada mirada un puente hacia otra galaxia. Cada sonrisa un sol que alumbra un inmenso cielo de ideas. Pero no piensa como lo haría un mundano cualquiera. No la malinterpreta. Desde pequeño sabe al dedillo la historia de la guerra de los dos mundos. Sabe que un nuevo retoño pondrá el grito de salida y también será el que incline la balanza. Ese que tiene a su media naranja en ambos bandos. Y todos saben quien es en el bando de los teologos. “Menuda suerte tienes, elegido” piensa Caín mientras camina junto a Diana de camino a los jardines de ala norte.


-

En la habitación de Diana:
  Alec, apoyado en el alfeizar de los ventanales observa cómo Caín bromea con Diana. Ninguno de los dos cae en la cuenta del aquel espía, no le importa. No quiere dejar de mirarla, no quiere pensar que ella puede matarle con una sola mirada o incluso llevarle a la victoria con unas cuantas palabras. Miguel fue claro y preciso; si influye en la chica no será válida su respuesta y solo tendrá que deshacerse de ella. Primero debe conocer al otro. Entonces empezará la jugarreta.
  En la habitación nadie se atreve a molestrale. Anabel y Kate saben muy bien como se las gasta Alec cuando le molestan. Lucas nisiquiera le lanza una mirada. Se distrae con las pertenencias de Diana. CD’s, libros, cuadernos, pulseras de plata o fotos. Hacía mucho tiempo que no veía las cosas de un mundano tan de cerca. Normalmente solo sale los viernes por la noche con los otros tres integrantes del grupo, pero nunca interactua con los humanos. No le interesa asociarse a ellos. No por arrogancia, sino más bien porque le resulta más comoda su vida de esa manera. En el instituto se siente libre entre los muros, se siente bien entre el ambiente hostil que hay entre los alumnos. No le molesta las miradas pícaras de las chicas o las coléricas de lo que saben quién es él.
  Kate apenas se preocupa por los demás. Su personalidad solitaria encaja perfectamente con las costumbres de sus tres amigos. Ella no mira a nadie, en cambio, todos la miran. Suele ser irritante pero es lo que le ha tocado. También disfruta de las clases prácticas en las que deja a todos con la boca abierta. Odia la hora de la cena, obligatoria para todos, porque debe lucir ese provocativo vestido blanco que le regaló su madre hace años. Ahora, con la llegada de Diana tendrá que camuflarse aún más. Si la integran en ese reducido grupo tendrán más miradas tentas a ellos. Más posibilidades de perder los estribos por la presión que siente cuando la observan.
  Anabel se dedica a mirarse en el espejo desde la cama de Diana. No se siente amenazada por ella, aunque no es consciente de lo que la novata es capaz de hacer, se cree en ventaja. “Todo cobrará su curso cuando ella desaparezca como las otras tres ilusas” piensa mientras pasa la lengua por sus carnosos labios. Su única meta hasta entonces es alejar a Alec de esa savandija. Apartar al chico que quiere de los jueguecitos de Diana.
  Cuatro personas compartiendo el mismo espacio. Cuatro mundo diferents y a la vez idénticos. Unidos desde el comienzo de los tiempos. Tantas historias vividas. Tantos secretos y promesas pendientes.
  Los minutos le siguen a los segundos cuando en la puerta de la habitación aparece Diana seguida de Caín. Ambos con una expresión relajada, con un lazo invisible que conectó tanto a uno como al otro. Las miradas pícaras de Kate y Anabel ponen en alerta a Alec. Lucas se ríe contento de que la chica se encuentre a gusto con uno de la clase media.
-Buenas noches – dice Diana sin malicia, con la intención de empezar de nuevo. De olvidar los malentendidos que trenscurrieron a lo largo del día – Ya conocíais a Caín, ¿verdad?.
  Caín, dos pasos por detrás de ella, se tensa. Desconfiado ante aquel grupo que jamás habla con nadie. Pone una mano sobre el hombro de Diana y sonríe al ver que estos no actúan como suelen hacer cuando otros tocan a un componente de los suyos.
-Sí que le conocemos, asiste al cuarto grado, ¿no? – dice Anabel en un intento de que Diana se centre en ese mediocre y deje en paz a Alec – Encantada, soy Anabel Benshet.
-Enrealidad asisto al quinto grado. Para vos no será una diferencia muy grande, ¿cierto?
-Cierto.
  Los demás le saludan y hacen unas cuantas preguntas de cortesía. Todos charlan aunque sin demasiado entusiasmo. Alec, que se queda rezagado en el alfeizar de los ventanales, la observa con una expresión inescrutable. Diana frunce el ceño sin entender muy bien l reacción del chico. Se aparta del resto y camina despreocupada hasta él, sin decirle nada se sienta a su lado y mira al exterior.
  La luna, de un rojo escarlata, se va tornando naranja para más tarde decolorarse hasta su blanco más puro. Cientos de flores Buganvillas de distintos colores se esparcen por el cesped. Iluminado por la luna, el rostro de Alec parece el de una persona distinta. Más que una persona un Dios. Los perfectos rasgos de su rostro, sus penetrantes ojos grises, sus suaves labios y la intensidad de su mirada. Todo un remolino se crea en el interior de Diana. Se estremece. Intenta decir algo pero no encuentra las palabras. Piensa mejor lo que va a decir y lo intenta.
-Alec…
  Pero no puede continuar, él se ha levantado y se ha marchado. Camina con las manos metidas en los bolsillos del pantalón reglamentario. Retirando una mano del bolsillo, coge la mano de Anabel, ésta se asombra y le mira a los ojos. Todos, en la habitación se han quedado callados.
  Alec no coqueteaba con las estudiantes, lo hacía con las humanas. Los viernes por la noche acostumbraban a visitar distintos pubs donde Alec se daba un respiro y jugaba con las chicas que quedaban encandiladas a él, y no, no eran pocas.
  Él, en medio de la habitación de Diana, se inclina hacia delante hasta rozar los labios de Anabel. Sonríe con suficiencia, cierra los ojos y, con una fuerza sorprendente, besa los labios de la chica pelirroja. Fue un beso agesivo y breve, como si intentara sellar los labios de Anabel. La chica sonríe pero no se mueve. Alec tira de su muñeca y salen juntos de la habitación.
  Lucas mira de soslayo a Diana, la chica se ha quedado de piedra. Sus ojos, grandes y azules tiemblan. Los labios han palidecido un poco. Pero no se mueve de su posición, manteniendo las manos sobre las rodillas tapadas por el largo vestido blanco.
  “¿Qué le pasa?” Diana no entiende a qué ha venido ese numerito, de la misma forma que tampoco comprende los celos que la han inundado cuando se produjo el beso.
  Caín, que ha estado prestando más atención a Diana que a la superficial conversación, se acerca a ella temeroso de que reaccione violentamente o, peor aún, que no reaccione. Diana mira directamente los ojos de Caín. Sonríen.
-Vaya, ¿acaso Alec y Anabel son pareja o algo así? – sin poder impedirlo, las palabras salen de su garganta.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Capitulo 4. Biblioteca.

  4. Biblioteca.
  Alec se queda mirando con desconfianza el paquete. No es nada nuevo, ya que él mira con desconfianza a todo y todos. Diana se pregunta si alguna vez está a gusto con alguien. Ignorando al chico, despega el celo que mantiene sujeto el papel al paquete. Poco a poco va cediendo dejando ver una caja rectangular y forrada con terciopelo del color del mar. Sin comprender o adivinar su contenido intenta abrirla pero, la cerradura está cerrada. Alec coge al vuelo la caja aterciopelada y, con el sobre en la otra mano, examina los objetos.
  Cuando pone la carta abierta boca abajo cae una pequeña varilla plateada y fina. Diana se apresura a recogerla y, una vez en sus manos, examina los detalles gravados en el delgado objeto. "It's hard to find Angels in Hell, never imposible".
Alec aún no se ha dado cuenta del episodio así que le retira la caja y, con esa especie de llave, abre el cofrecito. En medio de blancas y brillantes plumas, se encuentra una que sobresale. Esta es pequeña, tanto que tiene las medidas de su dedo meñique. La pluma, plateada y gravada con las mismas palabras que la llave, posee una piedra rosa y verde, traslúcidos, en forma de lágrima. Una Turmalina.
  Diana se queda maravillada con aquella joya. La pluma, capaz de transmitir calor, energía y poder le hace recordar al fuego, a su padre y... A su madre.
Flash.
2:08 de la madrugada de un caluroso sábado de septiembre. Alguien llora. Alma se levanta perezosa de la cama con cuidado de no despertar a un hombre de anchas espaladas. Diana sabe a primera vista que no se trata de su casa, de su padre o del aspecto de su madre en sus más infantiles recuerdos.
  Alma aún escucha los sollozos que provienen de la habitación contigua. Camina con los ojos entreabiertos y tanteando los muebles con las manos consigue llegar hasta una habitación de alegres tonos azules. En ella una cuna con dosel blanco se deja ver gracias a la luz de la luna desde la ventana. Dentro de la misma un bebé de grandes ojos negros solloza y lanza patadas al vacío. Diana no le reconoce, y aunque quisiese no puede salir de ese estado de ensoñación.
  Alma acuna al bebé entre sus brazos, una melodiosa voz canta una nana en italiano. El bebé se calma y sonríe. Al posar al niño en la cuna otra vez Alma se da cuenta de que alguien la observa. Se da la vuleta con una idea clara de quien es.
  Efectivamente. Gabriel la mira con cólera en los profundos ojos negros, la sonrisa dibujada en sus labios pondría los pelos de punta hasta al mismo Satanás. Alma, inmune a sus típicos gestos, se acerca a él y le besa en la mejilla. Con un pequeño movimiento de mano le aparta de la puerta y sale de la estancia.
  Gabriel se acerca a la cuna y observa al bebé, este sonríe sabedor de quién le mira. Con un movimiento de muñecas por parte del padre el niño cambia su expresión.
Flash.
  Diana hiperventila. Alec intenta hacerla entrar en razón inítilmente. Cuando por fin recupera la visión se ve en una habitación blanca con antiquísimos muebles de caoba y centeno.
  Parpadea un par de veces y aparta a Alec de su campo de visión. Ya no están en mitad de una carretera, eso está claro, tampoco están en España, la enfermera que habla, con voz temblorosa y sumisa, con un hombre nota un marcado acento francés.
- ¿Estás bien?, ¿Necesitas que llame a la enfermera?, ¿Quieres tomar algo?, ¡¿Qué hago con ella?! – un momento. Esa voz, esos gestos desesperados y esos ojos no son los de Alec, entonces… ¡Es Lucas!
- Perdona pero, tú eres Lucas ¿verdad? -  una voz prácticamente inaudible sale de la garganta de Diana, apenas puede reconocerla como suya.
  Lucas la mira perplejo, confundido por las únicas palabras que la oye pronunciar desde que llegó. Vé a una chica con mal aspecto postrada en una cama de la enfermería del instituto. Vé unos ojos azules, pero no es eso lo que le llama la atención son las dos manchas negras y perfectamente redondas que tiene en el iris de los ojos. No pueden negar que es hija de Alma.
-Sí soy yo… Disculpa mi nerviosismo pero deberías haber despertado hace unos cuantos días. – Su carece de emoción, poco a poco va recuperando la clama. Con cada segundo que transurren en silencio, examinandose, son más conscientes de las diferencias de cada uno.
  La enfermera despide al hombre y camina con paso ágil hasta los dos chicos que se miran fijamente en la habitación. Un típico traje blanco y azul de enfermera viste su torso y unos largos mechones blancos se dejan caer sobre los ojos grises. Diana se queda pasmada al verla, aún con el aspecto joven y vivaz que posee ella tiene el pelo tan sumamente blanco que hace pensar todo lo contrario.
-Buenas tardes, señorita Salow. La esperan en la biblioteca principal en una hora. Tiene ropa limpia en el baño y toallas en el estante del mismo. Si necesita algo más puede llamar a Catherine, mi hija. – Habla rápido, claro y con una sonrisa reluciente en la boca. Su timidez con aquel hombre fue sustituida por una voz firme y alegre.
  Diana mira a Lucas con la intención de que alguien le explique ago. Todo ha pasado tan sumamente rápido que nisiquiera le ha dado tiempo a analizar su sueño. Con una mueca de dolor provocada por el insufrible comezón de su marca de nacimiento, se levanta de la cama. Lucas la ayuda y esta es capaz de ver una nueva diferencia: Él sí ayuda por placer y no por obligación.
  Ni una palabra, ni miradas, ni gestos. Lucas la deja frente la puerta oscura del baño y se marcha corriendo. Diana pone los ojos en blanco y entra.
  Una estancia forrada de azulejos blancos y marfiles, ventanas pequeñas y un espejo rodeado de piedras de distintos colores recibe a la jóven. Una bañera de blanca porcelana y dorados grifos reposa en mitad de la sala. La ropa y las toallas permanecen pulcramente dobladas en el ala opuesta.
  Curiosa y maravillada camina veloz hasta su nueva indumentaria; Un largo vestido blanco con bordados en hilo de oro en las mangas francesas se dejan adivinar con el símbolo de dos alas rodeadas por una rosa.

-

En la biblioteca.
  Alexander escucha la charla de reprimendas de su abuelo, Lucas reposa en el marco de la puerta disfrutando de la escena, Anabel intenta controlar su enfado hacia Alec y Kate apoya al jefe.
  Una amplia sala forrada de libros que Dios sabe lso siglos que tienen, un imponente escritorio domida la estancia con elaborados gravados de ángeles tocando diversas arpas y violines. Lámparas de cristal de murano en varios colores y altas ventanas tapadas por gruesas cortinas de lino blanco. Nada convina con nada, no existe un patrón dominante.
-Has sido un imprudente al exponer de ese modo a la chica. Deberías estar fuera de la Santae. Lástima que eres mi sucesor… - El hombre cierra los ojos y deja escapar un suspiro de agotamiento. Se retira las gafas de ver y dirige nuevamente la mirada al chico que tiene sentado de cualquier manera en el asiento frente al escritorio. – Verás, Alexander, puede que para ti solo sea un experimento más, puede que solo sea un entretenimiento o un pasatiempo. Te equivocas, ¿Hablo claro? Ella no es Shana, ni Lianne, mucho menos Brittanie. Así que te agradecería que no interactues con ella. Te prohíbo siquiera que la mires. Ella podrá acabar contigo si te mezclas demasiado, será ella quien herede todo esto si tú te duermes en los laureles. Mírala como a tu rival. Quiero que este lugar sea de nuetro linaje. ¿Me he explicado con la suficiente clareza?
- Cristalino. – Es la única palabra que llega a pronunciar antes de levantarse y salir de la biblioteca. Aparta a Lucas y cierra la puerta sin apenas hacer ruido.
  En la biblioteca se puede palpar la tensión, susurros entre las dos muchachas se hacen cada vez más sonoros. Lucas sabe lo que cuchichean; Aquí no gusta Diana. Él lo sabe, lo percibe. No la quieren aquí, nisiquiera Emma, la enfermera que tan bien se portó con ella en la habitación. Lástima, a él le cae bien. No ha hecho nada, ella nisiquiera tiene la culpa de ser descendiente de él.
-Lucas.
Kate, le toca el hombro con delicadeza, ella, como siempre pestañea demasiado aquellos estravagantes ojos esmeraldas. Lucas aparta la mano de su hombro y sale de la biblioteca.

-

Diana, ya ataviada con aquel precioso vestido blanco, con el largo cabello recogido en una trenza y unas sandalias en los pies, sale de la enfermería.
Desorientada en el largo pasillo del edificio, no sabe cuál es su siguiente paso. Literalmente. En los pasillos caminan varias personas de diferente edad. Grupos de chicos se apoyan en la pared y charlan despreocupados. Todos la observan. No interrumpen las conversaciones porque no es nuevo ver a un novato salir de la enfermería. Puertas cerradas se dejan ver a lo largo del pasillo.
  Armandose de valor camina hasta un grupo de cuatro chicos de extrañas pintas. El primero, y más alto, viste de negro. Al igual que todos; chicos con pantalón y chaqueta, chicas con faldas y camisas. Lleva un revuleto pelo rubio y mechas rojas, ojos azules y marrones. Es él quien se dirige a ella.
-¿Acaso tú eres el nuevo experimento o candidato de Miguel? – la ironía son cuchillos afilados en la boca de aquel chico. Sin embargo, Diana hace caso omiso de su comentario y muestra su mejor sonrisa.
- Me gustaría saber dónde puedo encontrar la biblioteca principal. Al parecer he quedado con ese tal Miguel. Y creo que llego tarde.
  El chico pestañea intentando ver si ella habla enserio o solo le devuelve el golpe. A ver que no hay sorna en sus palabras y que todos en los alrededores se han quedado paralizados se dirige nuevamente a ella.
-Perdona. Creo que es la primera vez que un novato es citado ante Miguel – como no sabe cómo continuar le toma la mano y se presenta – Soy Caín. Quinto grado del estudio de la teología del instituto Santae de Francia.
-Encantada, Caín. ¿Debería preocuparme por tu nombre? He oído muchas historias con referencia a ese personaje.
- Creo que estarás en buenas manos – sonríe con dulzura y continua hablando en un tono de voz prácticamente inaudible y musical - ¿Quién eres tú?
- Soy Diana Salow Balttini. Y me encantaría saber qué hago aquí.
  Balttini” Caín se aparta un poco de ella. Mira nervioso en todas direcciones, suspira. Por suerte nadie ha escuchado la conversación. Cae en la cuenta de que poco a poco el pasillo se ha ido vaciando dejando a dos niños de primer grado al final del pasillo.
  Diana se asombra por las reacciones de este desconocido. Intenta llamar su aención, impaciente por acudir a la cita. Desde que despertó todo el mundo la ha tratado con exagerada educación o desconfianza. No es que le moleste ya que es una chica que, aunque nunca pasa de ser percibida, le gusta serlo. Desgraciadamente se está volviendo una costumbre que le empieza a molestra en altos grados. Chasquea los dedos con la intención de centrar la atención de Caín en la conversación.
-¿Qué? ¡ah! Si, perdona… Es por aquí.
  Continuan el camino en un sepulcral silencio. Ninguno de los dos intenta reanudar la charla, no es un silencio incómodo ya que ambos se sumergen en sus propios pensamientos. Puertas siguen siendo presentes para más tardes ser sustituidas por arcos de piedra que dejan entrever floridos jardines en los que otros chicos y chicas, sentados o de pie, hablan, ríen y otros, en menor número, hacen una especie de meditación. Aunque obviase al último grupo que medita a Diana toda esta gente le resulta de lo más pintoresca, extraña, perturvadora o inquietante. Todos con el cabello rojo, azul oscuro, morado, fucsia, negro, rubio o blanco y las extrañas marcas en el cuello dejan entender una moda nunca antes vista.
  Caín se da cuenta de los ojos curiosos de Diana así que, para distraerla, empieza una nueva conversación.
-¿De dónde vienes?
  Diana se vuelve hacia él con el sobresalto de alguien que le ha pegado un susto de muerte. Incrédula ante el nuevo entusiasmo por su parte en saber cosas de ella contesta desconfiada pero aimada en iguales partes.
-Vengo de Madrid. – ambos se sumen en un nuevo silencio, esta vez más incómodo e insostenible. No saben como continuar así que a Diana se le ocurre preguntarle a él esta vez. - ¿Y tú? Al igual que en mi caso yo tampoco sé nada de ti.
Caín se lo piensa por largo rato, se encoje de hombros y contesta con la intención de no decir algo fuerda de lugar.
-Yo nací aquí, en este mismo instituto – como Diana puso cara de sorpresa él rió entre dientes y se explicó – Verás, consideranos una gran familia, aunque será de todo esto de lo que te hablará Miguel. Solo te diré que no serás la misma después de tu charla con el director. Nadie, escepto cuatro alumnos, tiene permiso de entrar en esa sala. Es su despacho y biblioteca privado. Así que mi enorabuena.
-Disfrutas dejando a los demás con la intriga, ¿verdad? – Sabedora de que el chico no dirá más de lo que ya de por sí ha mencionado decide bromear para apartar lso escalofríos de su cuerpo por unos minutos.
  Charlan sobre anecdotas divertidas, hermanos mayores que se dedican a hacerles alguna que otra jugarreta. Hablan de ellos, de sus gustos musicales, de sus hobies y sus amigos. A Diana le resulta fascinante la vida de aquel chico que tan solo tiene veinte años. No le molesta hablar de Erik, ni de sus amigas. Todo el dolor que pensó que le atormentaría al hablar de ellos no ha sido para nada palpable.
  Suben escaleras de caracol, caminan por habitaciones de alumnos. Algunos, distrídos, ignoran su presencia, otros la miran y sonríen. No es una sonrisa de bienvenida o cálida, más bien carente de afecto y superficial. Ambos hacen caso omiso y siguen caminando. El largo viaje desde la enfermería del primer piso hasta la biblioteca del quinto se hace rápido y divertido.
  Caín cuenta algunos chistes o hace preguntas sobre las costumbres madrileñas. Sin malicia, le pasa un brazo sobre los hombros de Diana y tras unas sonrisas continuan charlando.
  Allí, al final del pasillo, aquel que conduce directamente hasta la biblioteca de Miguel, alguien les observa con un creciente e incontrolable enfado. Una figura esbelta que tiene los brazos cruzados. Caín, al darse cuenta de quien es, acerca más a sí mismo a la chica. Saluda al chico con la mano y, después de darle un beso en la mejilla a Diana, desaparece en una de las habitaciones.
  Diana le sigue con la mirada ignorando al chico que tiene enfrente. Le cae muy bien Caín, ambos han conectado de una forma rápida y simple. Cuando cae en la cuenta de quien es la figura encolerizada su expresión del rostro se endurece y se gira ante él.
-Vaya, pero si es Alec. – Ahora lo recuerda. Él, quien estuvo a su lado mientras era presa de la locura. Esa persona que cuando despertó había confundido con Lucas. La persona que no se había molestado en ir a visitarla, ¿quién sabe la cantidad de días que estuvo en una especie de coma?.- ¿Está ese tal Miguel ahí dentro?, me han dicho que quería hablar conmigo.
-Caín, ¿eh?. Es simpático cuando está cerca de las chicas. – sigue mirando la puerta que cruzó el chico de las mechas rojas. – Sí, Miguel está dentro. Pasa.
  Ella sigue al chico hasta llegar frente a una puerte imponente de oscura madera y hermosos grabados que muestran las azañas de ángeles desde los cielos.
  Alec llama a la puerta, sin esperar respuesta, entra y, cogiendo de la mano a Diana, hace acto de presencia en el despacho de su abuelo. Lucas, que había vuelto de avisar a algunos de los guardias del instituto de la llegada de la novata, estaba sentado en un sillón junto con una chica de pelo corto y prácticamente negro, aunque con los débiles rayos del sol se adivinaba el morado de su cabello. Ninguno de los dos miró a los chicos. En cambio, una muchacha de rizado pelo pelirrojo se acercó a ella con suficiencia, como todos en ese lugar y se presentó.
-Bienvenida, querida. Soy Anabel. Séptimo y último grado del estudio de la teología. Ella – señalando a la chica de corto cabello – es Kate, séptimo grado. Él es..
- Lucas, lo sé. Soy Diana y hasta el momento no tengo ningún grado en teología. Pero estudio primero de bachillerato.
  Lucas y Alec intercambian un mirada y, como si estuviese ensayado, estallan en carcajadas. No es habitula, por no decir correcto, dejar a Anabel en ridículo o devolverle la pelota con la misma intensidad. La hija predilecta de una de las familias más poderosas económicamente sería capaz de comprar una cárcel de máxima seguridad equipada por matones de primera solo para torturar por diversión a quien la molestase. Por lo demás es una insolente sin escrúpulos.
-Al parecer tiene agallas. Soy Miguel y como tú en estos momentos yo tampoco estudio grados de Teología, ya que soy el director de este instituto privilegiado.
  Diana dirige su atención a aquel hombre de avanzada edad que habla tras los lentes de sus gafas. Sentado en un sillón de alto respaldo detrás de un antiquísimo escritorio y vestido con un traje negro pulcramente colocado. La seguridad y sabiduría son patentes en su voz. Sin duda tiene toda la pinta de una persona temida y respetada. A Diana le resulta extrañamente familiar, como si ya hubiese tenido más encuentros con ese hombre.
  Súbitamente se acuerda de la fotografía que encontró en la habitación de su hermano. Aquel era el hombre que permanecía impasible junto a Lucas. Pero no es solo de la foto que recuerda su aspecto.
-Fue interesante hablar contigo por telefono hace unos días. ¿Te importa que te tutée?
-Desde luego que no, señor…
-Llámame Miguel. Bien, te he citado aquí para cuando despertases de ese tedioso coma. Al parecer lo has hecho antes de lo previsto. Mis felicitaciones. Así que si no tienes inconvenientes o no te encuentras indispuesta, ¿te importaría que empezasemos con la conversación? – habla claro y con palabras que encajan a la perfección. Diana asiente, pero no se mueve de donde está. Anabel aún la observa. Lucas y Alec han tomado lugar a cada lado de Diana y Kate se encuentra donde antes. Todos atentos a que Miguel dicte el siguiente movimiento.
- Veamos, aparte de Lucas y Alec, los demás deberán dejarme tener esta charla con Diana. Si me disculpáis, señoritas, me gustaría que abandonáseis mi despacho. Gracias.
  Sin dirigir una nueva mirada u orden, Anabel y Kate salen de la biblioteca acompañadas por el taconeo de las botas de Kate.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Fallos.

Con la intención de mejorar el libro el resultado ha sido nefasto. Por si las dudas aún son demasiadas me explicaré.
En el borrador del libro Diana se llama Eva. Era el nombre original. Cuando lo cambié por Diana, al parecer, se me olvidaron algunos. Entonces, si alguien se pregunta quién es Eva solo os diré que se refiere a Diana. También hay algunos fallos gramaticales que espero aplacar en el siguiente capitulo. Por norma me comprometo a subir un capitulo por semana. Gracias por prestarnos atención.
-M-

Historia de la teología de los ángeles.

Antes de admitir a los Angeles a la visión plena de Su Gloria (Visión Beatífica), Dios los sometió a una prueba, al igual que el hombre tuvo su prueba.
Luzbel, uno de los más gloriosos, elevados y bellos Angeles de la Corte Celestial, deslumbrado y ofuscado por el orgullo, habiéndose atribuido a sí mismo los maravillosos dones con que el Creador lo había dotado, se rebeló contra Dios, no aceptó el supremo dominio del Señor y se constituyó así en el "adversario" de su Creador levantando su gran grito de rebelión y de batalla: "No serviré" (Jer. 2, 20). "Seré igual al Altísimo" (Is. 14, 14). Muchos Angeles le siguieron en su orgullo. Se dice que hasta un tercio de ellos.
Pero en ese momento otro gran Arcángel, igual en belleza y gracia que el arrogante Lucifer, se postró ante el Trono de Dios y, en un acto de adoración profunda, opuso al grito de batalla de Lucifer uno de amor y lealtad: "¿Quién como Dios?" ("Miguel"). Y es así como San Miguel Arcángel obtuvo su nombre con su grito de fidelidad, y es así como Luzbel se constituyó él mismo en Lucifer, "Satanás" ("adversario"), el Enemigo, el Diablo.

Capitulo 3.

3. Un largo viaje.
  Es desesperante ver como toda una vida puede cambiar en menos de veinticuatro horas. Sin padre, sin hermano y rodeada de gente a la que no conozco. Peleas estúpidas sobre la hora de regresar a casa, discusiones del tipo "no sabes lo que dices"... Les hecho de menos, a los tres. Muy a mi pesar también a todo. El colegio, los amores pasajeros, las amigas, los chicos que te dejan sin aire, las tontas escursiones para aprender a sobrevivir... Sí, mi padre era de esos a los que le encantaba salir de escursion con la familia para así poder hacer lazs más estrechos. ¿Para qué?. Al final me abandonaron todos. Aún no estoy segura de querer llorar más. Creo que solo fue el susto del momento, hecho de menos a mi padre, pero, su perdida no ha supuesto el fin de mis días. Tal y como pensé que sería. Solo esa molesta sensación de vacío, pero nada más.
  Por la ventanilla del asiento trasero del coche, se puede ver Madrid a una velocidad vertiginosa. ¿Dónde están los radares en esos momentos?. Hemos sobrepasado los cientotreinta kilómetros por hora en calles cuyo límite son setenta kilómetros.
  Rose conducía tranquila, incluso sonreía. Daba la impresión de ser ese tipo de personas que te dan la sensación de conocerlas de toda la vida. Inesperadamente algo se mueve debajo de una chaqueta negra de cuero, al ver el estilo y el tamaño, Diana dedució que pertenecería al chico. Aún así, se seguía moviendo. Confusa, retiró la chaqueta con sumo cuidado y de ella apareció un cachorro de Beagle. Asombrada por no haber reparado en el animal, lo recogió entre sus brazos. Rose que, al parecer se dió cuenta de la escena llamó la atención del chico y ambos miraron a Diana. Cuando ella se dió cuenta apartó al perro de estre sus brazos y lo dejó junto a la chaqueta.
- Lo siento, esque de pequeña tenía uno como él y yo...-¿por qué les contaba aquello? - da igual. - Y volvió a su postura original; pegada a la ventanilla con la mano derecha como apoyo de su cabeza.
- La verdad es que Martes no se deja coger nunca - dijo él con el asombro pintando su voz - por eso nos sorprende que se dejase tocar... Ahora.
  Martes, que debía ser el nombre del perro, se volvió a acercar a Diana, posando su cabeza en el regazo de la chica. A simple vista el animalillo daba la impresión de dejarse querer fácilmente.
  Sus ojos, de un color miel, miraban de reojo aDiana . De vez en cuando elevaba su cabeza como si hubiese escuchado un sonido imperceptible para el oído humano.
  El resto de las dos horas siguientes transcurrieron en silencio. Aquel chico, cuyo nombre seguía siendo un misterio para Diana, escuchaba música desde un viejo mp3. Rose conducía, a lo que arecía, su velocidad normal. Martes se apartó de Diana colocandose en el extremo opuesto. Dos horas de puro aburrimiento dieron paso a un giro imprevisto. Al parecer Diana se había quedado dormida ya que abrió los ojos de par en par cuando notó el cambio de dirección.
  Desde su posición podía ver un pequeño restaurante de carretera, uno o dos coches permanecían impasibles con respecto al resto del mundo. El Mercedes aparcó junto a un Audi A4 de color negro. Rose dirigió su mirada hasta la cara de  Diana por el retrovisor del coche.
  A su alrededor había una pequeña gasolinera, una fachada un poco vieja, un letrero rojo de neón en el que era fácil leer "El rincón". No falla, un lugar alejado de la mano de Dios... Las grandes ventanas del establecimiento dejaban ver a dos personas sentadas cara a cara en una mesa del fondo. Típica pareja que no sabe su próximo paso. Y, más próximos a las ventanas, dos hombre de traje y corbata. Ambos discutían y señalaban un ordenador portátil que había en medio de los dos.
  Cada vez que Diana  dirigía una mirada de soslayo hacía aquel chico que asegura ser el hermano de Lucas, otro al que nisiquiera conoce, una jaqueca se habría paso. El hecho de no saber su nombre era frustrante. Dando Rose la iniciativa, bajó del coche seguida de él. Antes de que pudiera reaccionar ya tenía su puerta abierta. El chico la sostenía con impaciencia. Otra vez, más por educación que por simpatía.
  Durante esas dos horas de viaje que mantuvieron en silencio, Diana pensó y supuso demasiadas cosas para tan poco tiempo. Una de sus incógnitas era el hecho de que él fuese tan seco y frío con ella. Es como si en el fondo la culpa de todos lo problemas del mundo viviesen por ella.
  Le dió tiempo a darle mil vueltas al asunto de haber aceptado la invitación a Francia. Nisiquiera conocía a esos tipos. Ellos... Ellos nisiquiera se molestaban en mantener una conversación con ella. Rose es rarita ya de por si. Él tiene algo que no la deja tranquila y luego está Lucas. Después de la noticia de la muerte de su padre y Andrea y la huída de Erik se quedó sola. Quizá fueron los nervios del momento. Alguien puesto en sus cabales no hubiese aceptado la invitación. Diana  solo tenía a su padre en el mundo, no tenía más familiares, Tomó su decisión con el peso de esas afirmaciones. Podía imaginarse en un horfanato durante dos años. Aún tiene los dieciséis así que no habría muchas familias dispuesta a adoptarla. Además la sola idea de estar encerrada en un sitio de esos le ponía los pelos de punta. Cuando llamaron por teléfono a su casa, ella contestó y una voz masculina, grave y tenebrosa le daba instrucciones. Aquel hombre le había dicho que, de inmediato, debía ponerse en contacto con algo llamado "Santae". Ese hombre le había dicho que un jóven llamdo Lucas le diría todo lo que necesitaría saber.
  Más tarde ella llamó y charló, aproximadamente cinco minutos, con ese chico llegando a la conclusión de que era de fiar y que la ayudaría. Lucas mencionó que sería recogida por Rose. En ningún momento mencionó a su hermano.
  Por último recibió nuevas instrucciones de que debía llamar al hombre con el que había hablado en un principio para confirmar su viaje. Entonces fue cuando entró Erik y la arrebató el teléfono inalámbrico.
- ¡Diana! - era la asustada voz de Rose. Cuando  Diana abrió los ojos se vió rodeada por las manos de la mujer. Ella la zarandeaba y decía su nombre con un timbre de voz que daba a entender la cercanía a la histeria.-¿Estás bien?.
  Diana asintió y a continuación apartó las temblorosas manos de Rose para dirigirse al restaurante. Un rápido vistazo a su alrededor le confirmaron la desaparición del chico. Rose siguió sus pasos hasta que se sentaron en una de las mesas contiguas a la ventana del final, justo al otro lado de la puerta de salida. Un chico de unos treinta años, rapado y con una sonrisa gentil se les acercó con dos cartas de menú plastificadas. Las tendió en la mesa y ambas, a la vez, ojearon el menú por encima. Aquel hombre esperó paciente y de vez en cuando recomendó algún plato del día que no aparecía en las cartas.
  Veinte minutos después apareció él con el pelo aún más alborotado, la camiseta un poco arrugada y un chupetón en el cuello poco visible.
  La mirada de Diana y él se cruzaron. Él se la sostuvo y después sonrió con suficiencia, ella apartó la vista y la dirigió al camarero.
- Un batido de fresas y canela, porfavor - le dirigió su mejor sonrisa.
  El camarero asintió a la vez que tomaba nota del pedido. Rose tenía la misma expresión que una persona intentando encontrar la respuesta a la pregunta crucial para la vida. Era cómico verla tocarse la barbilla con el dedo índice de la mano derecha, el ceño fruncido y los ojos corriendo de un lado a otro.
  Él sacudió la cabeza como si aquella escena fuese habitual. Elevó la vista hasta el hombre y con voz firme pidió una coca-cola. El camarero echó un vistazo a Rose y a Diana .
- Ella pedirá después - dijo la chica casi con miedo de haber intervenido.
  El camarero se fur aliviado de no tener que aguantar más aquella espera.
  En ese momento Rose miró fijamente el cuello del chico y sus facciones dieron paso al enfado. Él se dió cuenta y una sonrisa torcida surcaba su cara.
- ¿Qué te habíamos dicho acerca de ligar en horario laboral? - su voz se tiño de disgusto y decepción. Cruzó los brazos en espera de una respuesta.
- Ya, sí, bueno... - al parecer Rose era una de las pocas personas que conseguían ponerle nervioso - lo siento madre...
  Patada. Así que él era hijo de Rose. Detenidamente Diana les examinó mientras ellos discutían sobre lo ocurrido. Ambos tenían los ojos con la misma forma. Rasgados, grandes y expresivos. La figura esbelta y la misma nariz.
-... ¿Qué pretendes que me haga?, ¿cura? - espetó él con una sonrisa burlona - mamá tendrás que aceptarlo.- sentenció y volvió a mirar a Diana. - ¿puedes acompañarme?, porfavor. - se levantó del sellón blanco y esperó a que Diana saliese de su asiento. Se puso en pie y siguió los pasos del chico. Rose nisiquiera puso resistencia. Despidió a Diana con un movivmiento de manos y un mueca dulce.
  Salieron del restaurante. Él abrió el Audi A4 desde un pequeño control a distancia y entró en el asiento del piloto. Eva siguió su ejemplo sentandose en el asiento del copiloto. Hechó un vistazo a la parte de atrás donde vió a Martes y su maleta. Confundida por el cambio de vehículo desvió su mirada al local donde Rose aún ojeaba el menú. Él encendió en coche y salió del parkin sin darle tiempo a respirar a Diana. Una vez en carretera puso él puso la radio. De ella salió tocando el grupo The Killers. Read my mind sonaba a todo volumen. Martes dejó escapar un gruñido y él seguía conduciendo como si quisiera evitar el contacto verbal con Diana. Ante el fastidio que le suponía ser despreciada por alguien que no la conocía empezó a hablar.
- ¿Por qué? - dijo, con la intención de que él entendiera a que se refería. Su voz sonó en un susurro así que no ayudó mucho a la inmediatez de su respuesta.
- Bueno, esa chica tenía esta maravilla de coche. - dijo él sin problemas - me ví obligado a hacerla sentir cómoda para, más tarde, tomarle prestado este coche. No digo que no haya disfrutado con mi sacrificio. Tendrías que haberla visto tenía...
- No me refería a eso - cortó de golpe. Era eso u oir su relato de como era un imán para las mujeres, blah, blah, blah.
  Blue Fundation le seguía en la radio. Mars.
- Lo sé - dijo al cabo de un rato - me divertía la idea de que abalanzases sobre mi a causa de los celos. - Diana no contestó aquel chico la ponía nerviosa.- Rose no nos acompañará. A última hora hubo un cambio de planes. París no es tan seguro como pensaron. - cayó un minuto con la intención de buscar las palabras correctas - Rochelle es precioso y allí estarás bien. Lucas vive allí así que no estarás sola. Yo y Kate vivimos a unas dos manzamas del apartamente donde tú y Lucas pasaréis una temporada.
  Ahora ella no quería pensar en nada de eso. Solo pretendía pasar dormida la mayoría del viaje.
- No me has dicho como te llamas - dijo presa de la curiosidad - tú sabes el mí así que es justo que me lo digas - su voz apenas era perceptible. Un punzante dolor de cabeza amenazaba con aumentar.
- Alec, mi nombre es Alec. Enrealidad es Alexander, es griego aunque ignoro su historia.
- Y dime Alexander, ¿por qué yo? - aún se debatía entre querer y no querer saber la respuesta.
- No soy quién para responderte. Apenas me cuentan nada. Digamos que no soy de fiar.
- Eso me deja más tranquila - dijo con la ironía patente en su voz. - ¿debería ser esto distinto?
- No, la verdad esque en cualquier momento podría desvarme del camino y raptarte. Debo decir que nunca se me habían resistido las chicas, así que te hago la misma pregunta - miró a Diana de soslayo - ¿por qué tú?.
- Digamos, por el placer de discutir, que no me atraes en absoluto. Demasiado arrogante para mi gusto.- Martes saltó hasta su regazo y se durmió allí mismo. Diana acarició sus orejas y quedó dormida.

-

  Al despertar la noche se hacía claustrofóbica. El cielo oscuro salpicado por astros. El coche seguía en marcha, Alec conducía apasible y de vez en cuando le daba un sorbo a un baso de plástico.
- Ya era hora de que despertases - dijo sin siquiera mirarla, la arrogancia había echo acto de presencia. Otra vez.- Te compré café. ¿Te gusta el café?
- Lo odio, pero con este frío me lo tomaré, gracias.
  Martes había vuelto al asiento trasero. En el suelo de la parte de atrás se veía una bolsa de plástico. Dentro había un vaso con tapa relleno de café con leche y dos cruasants. Diana cogió el café haciendo caso omiso de la comida. El dolor de cabeza no habí remitido así que supuso que aquello le sentaría bien. En la radio Muse se dejaba escuchar. Time is runing out. La carretera que les envolvía apenas se distinguía, la media luna daba el suficiente reflejo para ver algunos pinos. Estaban en medio de ningún sitio.
  Al darle un sorbo al café descubrió que había exagerado a la hora de dar su opinión sobre esto. Sabía fuerte, quemaba y la leche al igual que el azúcar le daban el sabor suficiente como para hacerselo beber sin reproches.
  Sin previo aviso el coche relantizó su paso. ¿Esque siempre tiene que haber imprevistos en un viaje de coches con ellos?. Alec dirigió el coche hacia la derecha. El vehículo dió unos cuantos saltos hasta quedar atascado entre arbustos y barro. En el interior Diana tenía café por todo el vestido blanco, Martes había desaparecido de su campo de visión y Alec estaba sentado como si nada. Llevado por la ira dió unos cuantos golpes al volante del coche y bajó despotricando.
  Abrió la puerta de Diana, la cogió de la muñeca y la sacó de allí. Por culpa del impulso del empujón cayó sobre un charco, llena de café y agua sucia se dirigió al coche donde Alec permanecía buscando algo en el maletero. Le empujó para hacerse sitio, sacó la maleta y se adentró al bosque que había a su lado. Alec la observaba sorprendido.
- ¿Dónde vas? - dijo elevando la voz a causa de la distancia entre ambos. Él nisiquiera se había dado cuenta del estado de la ropa de Diana - vuelve, no seas cría.
  Diana elevó su mano izquierda con el dedo corazón levantado. No pudo oir las protestas e insultos dirigidos a ella. Siguió caminando hasta esconderse tras el tronco de un árbol lo suficientemente ancho como para taparla. Abrió la maleta y de ella sacó una falda vaquera y una blusa azul marino. Se quitó el vestido por encima de la cabeza y desató las sandalias. Se puso la falda y la blusa y sacó unas bailarinas del mismo color que la blusa. Con la maleta en una mano y el vestido sucio en otra se encaminó al coche.
  Alec estaba sentado en el suelo con la cabeza apoyada en la puerta del copiloto y mantenía los ojos cerrados. Diana se acercó al maletero, guardó la maleta y se acercó hasta la ventanilla de la puerta de atrás buscaba a Martes.
- No está ahí - dijo Alec - Salió disparado a buscarte y no ha vuelto.
  Alarmada Diana  se encaminó al bosque para buscar al cachorro. Le había cogido cariño y parecia tan reacio a mantener contacto con ellos como ella misma.
- No vayas - dijó él sujetandola por el brazo. Con asombrosa velocidad había conseguido sujetarla antes de que diese dos pasos - volverá, el condenado es demasiado listo. Fue él quien se coló en la parte de atrás del coche el día que nos dirigimos a buscarte.- poco a poco Alec fue acercando a Diana al coche, la obligó a sentarse en suelo a su lado. - Ahora es cuando me regañas por haberte estropeado el vestido que tiraste al maletero y por haberte echo sentar en el suelo con ropa limpia, ¿no? - lo dijo como si desease que eso pasase, estiró una de las dos piernas flexionadas y la miró fijamente.
- No - dijo Diana tajante - no voy a regañarte. No soy de esas que daría su vida por un Prada de ante o una minifalda de Gucci. La mayoría de mi ropa proviene de tiendas de segunda mano y mercadillos. El vestido es prueba de ello.
- ¿No tienes dinero para comprarte ropa... Normal? - Alec tenía la labia suficiente como para ofenderte y no pretenderlo.
- Tenía el dinero suficiente como para comprarme una tienda entera de Chanel y aún me sobraría para otras muchas. Es solo que no quiero ser la chica que lleva tal... Sino la chica. A secas.
  Siguieron charlando sobre viajes que querían hacer o fiestas que frecuentaban. Temas tribiales, sin profundizar. Aún no se fiaban el uno del otro, no querían llegar a ser amigos ni nada, solo conocidos. Así era mejor. La sola idea de algo más revolvía el estómago de Diana, no por nada en especial sino porque las cosas ya eran complicadas de por sí.
  Las horas siguieron al aburrimiento. Alec había terminado dando un paseo por la solitaria carretera mientras que Diana miraba las estrellas desde su posición inicial.
  Martes apareció a la media hora siguiente con su habitual energía. Sus colores blanco, marrón y negro le daban un aspecto cameloso. El animal se sentó muy pegado de Diana hasta que vino Alec.
- ¿No te habías parado a pensar que puede que este sea el secuestro del que te hablé?
- Sí, pero luego me dí cuenta de que no tienes a nadie a quien mandarle un anónimo con la intención de un rescate. Tampoco te he visto con el ademán de hacerme daño así que... No me preocupa si es lo que pretendes.
  Sonrió socarronamente y se acercó tanto a ella que Martes tuvo que alejarse de ellos. Alec se apoyó en el coche con la mirada fija en los ojos de Diana . Intentaba ponerla nerviosa, más de lo normal, quería sacarle los colores, hacerla sentir indefensa y desprotejida. Quería un pretexto para alejarse de ella.
  Nisiquiera lo intentó. Un recuerdo asaltó la mente de Diana. Ella y ese perro que se parece tanto a Martes, no se acuerda de su nombre, ese can desapareció junto con su madre. Aún así se veía a sí misma en un verde jardín salpicado por rosas y jazmines. No sabe de quién es la casa ni dónde se encuentra pero sí sabe que el perro quiere jugar con ella y lo hacen, juegan durante horas, la tarde se va tornando en noche hasta que el recuerdo desapaece por completo.
  Al abrir los ojos ve que se encuentra sentada en el asiento del copiloto tapada con la chaqueta de Alec, Martes está en sus pies dormido y Alec descansa en el asiento de atrás. Apenas puede moverse a causa del bolso de Diana, la bolsa de plástico con los croisants y algunos jueguetes del perro.
  Fuera ya es de día, apenas las primeras horas de la mañana. Desde el reloj digital de la pantalla de la radio del coche se leen las cinco y cuarto. Del silencio absoluto suena la canción de Guns n' Roses. Es su móvil. Gira hacia atrás en busca del móvil antes de que despierte a Alec. El muchaco hace una mueca de fastidio y se mueve un poco pero sigue dormido. Busca entre las cosas del bolso hasta que lo encuentra. En la pantalla se lee el número de Erik. Contesta rápido a la vez que sale del coche para no molestar a Alec con la conversación.
- ¿Diana? - es la voz de Erik, la misma que tiene cuando despierta por las mañanas. Una voz suave capaz d volver a hacer dormir a cualquira - Oye siento haberme ido así, esque... No podía afrontar el hecho, quiza me estes odiando y no quieras hablar. Solo escuchame - está nervioso, se nota en la forma en que salen sus palabras, desordenadas e ininteligibles - Estoy en casa de mi padre. Vive en Lugo y ambos nos preguntábamos si te gustaría venir. ¿Sabes? durante años, cada vez que pasaba un fin de semana con él, le hablaba de ti. Siempre con Eva en la boca  - pausa para una de sus inaudibles carcajadas - así que te considera parte de su familia. Además vive solo en un apartamento de dos habitaciones. Yo podría dormir en el sofá y tú en la habitación de invitados...
¿Qué dices Ane, acptas? - Ane era el apodo que usaba Erik cuando quería algo inaccesible con Diana .
  Fue entonces cuando Alec apareció de la nada y le arrebató el teléfono de las manos.
- No - y colgó. Brusco, simple pero efectivo.
  Diana miró a Alec con una mezcla de gratitud y reproche. Como en la mayoría de veces en las que tenía que elegir, su mente se dividía en dos. Una parte de ella quiere chillarle por meterse donde no se le necesita y la otra quiere llorar y darle las gracias por decidir por ella. No conjuró ninguna de las dos así que le arrebató el móvil que él le tendía y se dirigió al coche. 
  Entrando de sopetón e hiperventilando, hizo caso omiso de las suplicas de Alec para saber qué le pasaba. Diana agitó la mano en señal de que la deje pasar.
  Una hora más tarde ella seguía dentro del coche con las ventanillas bajadas. La brisa de la mañana le molestaba ya que era cálida e indicaba un bochorno próximo. Aún así no las subió quería oir el sonido de las hojas de los árboles, quería escuchar el murmullo enojado de Alec hablando por teléfono. Martes había vuelto a desaparecer, ella le vió escapar dirección norte, no hizo nada para evitarlo, saía de antemano que volvería.
  Interrumpiendo el hilo de sus pensamientos, Alec entró en el coche. Cogió a Diana de la mano izquierda, la giró y se puso a examinarla, Diana nisiquiera tenía fuerzas para respirar.
- ¿Qué es esta señal que tienes aquí? - Alec siguió los surcos del dibujo de su muñeca con el dedo indice de su mano. Éste tenía la forma de un ojo.
- Segun mi padre y lo que recuerdo de mi madre es un antojo del embarazo.
  Alec no contestó, se limitó a mirarla fijamente intentando saber si jugaba con él o decía la verdad. Diana no se percató de su mirada a causa de que ella miraba fijamente un arbusto de bayas rojas a unos cinco metros de su posición. Él siguió unos segundos más así. Dirigía su mirada de Diana a la señal de su muñeca preguntandose la verdadera razón de su enrevesado dibujo.
  Martes, que en ese momento se divisaba por el horizonte, traía un aspecto agotado y asustado. Entre los belfos del animal se distinguía un papel blanco enrollado a una cadena plateada.
  En pocos segundos Martes ya le entregaba el sobre con la cadena a Alec. Él giró el papel unas cuantas veces, sopesó la cadena y, cuando miró el dorso de la misma se quedó paralizado y con los ojos ligeramente abiertos. Sin mediar palabra alguna, le tendió el envío a Diana. Ella lo cogió con algo de torpeza y, antes de leer la cara de la carta, la abrió. Sus ojos saltaron de una palabra a otra. Nombres desconocidos aparecían en ese papel de tono marfíl y letra alargada e inclinada. Sugerencias que se mencionaban, consejos y muchas palabras carentes de sentido. Apartó la vista de la carta y se centró en Alec.
- ¿Quién es Federico? - lo dijo sin importancia, manteniendo la voz fría e indiferente pero sus ojos, como siempre, la delataron.
- Federico Marens es mi tutor y ex-jefe del departamento de policia de Madrid.
  Ese hombre, ese nombre... El artículo que envolvía el paquete de Diana vuelve a hacer acto de presencia en su mente haciendola recordar que aún no lo había abierto. Antes de seguir hablando con Alec o de, siquiera, seguir leyendo la carta, se acerca a la parte de atrás del coche donde, apollado en el asiento del coche, se encuentra el bolso de ella. Saca el paquete y se acerca a Alec.