4. Biblioteca.
Alec se queda mirando con desconfianza el paquete. No es nada nuevo, ya que él mira con desconfianza a todo y todos. Diana se pregunta si alguna vez está a gusto con alguien. Ignorando al chico, despega el celo que mantiene sujeto el papel al paquete. Poco a poco va cediendo dejando ver una caja rectangular y forrada con terciopelo del color del mar. Sin comprender o adivinar su contenido intenta abrirla pero, la cerradura está cerrada. Alec coge al vuelo la caja aterciopelada y, con el sobre en la otra mano, examina los objetos.
Cuando pone la carta abierta boca abajo cae una pequeña varilla plateada y fina. Diana se apresura a recogerla y, una vez en sus manos, examina los detalles gravados en el delgado objeto. "It's hard to find Angels in Hell, never imposible".
Alec aún no se ha dado cuenta del episodio así que le retira la caja y, con esa especie de llave, abre el cofrecito. En medio de blancas y brillantes plumas, se encuentra una que sobresale. Esta es pequeña, tanto que tiene las medidas de su dedo meñique. La pluma, plateada y gravada con las mismas palabras que la llave, posee una piedra rosa y verde, traslúcidos, en forma de lágrima. Una Turmalina.
Diana se queda maravillada con aquella joya. La pluma, capaz de transmitir calor, energía y poder le hace recordar al fuego, a su padre y... A su madre.
Flash.
2:08 de la madrugada de un caluroso sábado de septiembre. Alguien llora. Alma se levanta perezosa de la cama con cuidado de no despertar a un hombre de anchas espaladas. Diana sabe a primera vista que no se trata de su casa, de su padre o del aspecto de su madre en sus más infantiles recuerdos.
Alma aún escucha los sollozos que provienen de la habitación contigua. Camina con los ojos entreabiertos y tanteando los muebles con las manos consigue llegar hasta una habitación de alegres tonos azules. En ella una cuna con dosel blanco se deja ver gracias a la luz de la luna desde la ventana. Dentro de la misma un bebé de grandes ojos negros solloza y lanza patadas al vacío. Diana no le reconoce, y aunque quisiese no puede salir de ese estado de ensoñación.
Alma acuna al bebé entre sus brazos, una melodiosa voz canta una nana en italiano. El bebé se calma y sonríe. Al posar al niño en la cuna otra vez Alma se da cuenta de que alguien la observa. Se da la vuleta con una idea clara de quien es.
Efectivamente. Gabriel la mira con cólera en los profundos ojos negros, la sonrisa dibujada en sus labios pondría los pelos de punta hasta al mismo Satanás. Alma, inmune a sus típicos gestos, se acerca a él y le besa en la mejilla. Con un pequeño movimiento de mano le aparta de la puerta y sale de la estancia.
Gabriel se acerca a la cuna y observa al bebé, este sonríe sabedor de quién le mira. Con un movimiento de muñecas por parte del padre el niño cambia su expresión.
Flash.
Diana hiperventila. Alec intenta hacerla entrar en razón inítilmente. Cuando por fin recupera la visión se ve en una habitación blanca con antiquísimos muebles de caoba y centeno.
Parpadea un par de veces y aparta a Alec de su campo de visión. Ya no están en mitad de una carretera, eso está claro, tampoco están en España, la enfermera que habla, con voz temblorosa y sumisa, con un hombre nota un marcado acento francés.
- ¿Estás bien?, ¿Necesitas que llame a la enfermera?, ¿Quieres tomar algo?, ¡¿Qué hago con ella?! – un momento. Esa voz, esos gestos desesperados y esos ojos no son los de Alec, entonces… ¡Es Lucas!
- Perdona pero, tú eres Lucas ¿verdad? - una voz prácticamente inaudible sale de la garganta de Diana, apenas puede reconocerla como suya.
Lucas la mira perplejo, confundido por las únicas palabras que la oye pronunciar desde que llegó. Vé a una chica con mal aspecto postrada en una cama de la enfermería del instituto. Vé unos ojos azules, pero no es eso lo que le llama la atención son las dos manchas negras y perfectamente redondas que tiene en el iris de los ojos. No pueden negar que es hija de Alma.
-Sí soy yo… Disculpa mi nerviosismo pero deberías haber despertado hace unos cuantos días. – Su carece de emoción, poco a poco va recuperando la clama. Con cada segundo que transurren en silencio, examinandose, son más conscientes de las diferencias de cada uno.
La enfermera despide al hombre y camina con paso ágil hasta los dos chicos que se miran fijamente en la habitación. Un típico traje blanco y azul de enfermera viste su torso y unos largos mechones blancos se dejan caer sobre los ojos grises. Diana se queda pasmada al verla, aún con el aspecto joven y vivaz que posee ella tiene el pelo tan sumamente blanco que hace pensar todo lo contrario.
-Buenas tardes, señorita Salow. La esperan en la biblioteca principal en una hora. Tiene ropa limpia en el baño y toallas en el estante del mismo. Si necesita algo más puede llamar a Catherine, mi hija. – Habla rápido, claro y con una sonrisa reluciente en la boca. Su timidez con aquel hombre fue sustituida por una voz firme y alegre.
Diana mira a Lucas con la intención de que alguien le explique ago. Todo ha pasado tan sumamente rápido que nisiquiera le ha dado tiempo a analizar su sueño. Con una mueca de dolor provocada por el insufrible comezón de su marca de nacimiento, se levanta de la cama. Lucas la ayuda y esta es capaz de ver una nueva diferencia: Él sí ayuda por placer y no por obligación.
Ni una palabra, ni miradas, ni gestos. Lucas la deja frente la puerta oscura del baño y se marcha corriendo. Diana pone los ojos en blanco y entra.
Una estancia forrada de azulejos blancos y marfiles, ventanas pequeñas y un espejo rodeado de piedras de distintos colores recibe a la jóven. Una bañera de blanca porcelana y dorados grifos reposa en mitad de la sala. La ropa y las toallas permanecen pulcramente dobladas en el ala opuesta.
Curiosa y maravillada camina veloz hasta su nueva indumentaria; Un largo vestido blanco con bordados en hilo de oro en las mangas francesas se dejan adivinar con el símbolo de dos alas rodeadas por una rosa.
-
En la biblioteca.
Alexander escucha la charla de reprimendas de su abuelo, Lucas reposa en el marco de la puerta disfrutando de la escena, Anabel intenta controlar su enfado hacia Alec y Kate apoya al jefe.
Una amplia sala forrada de libros que Dios sabe lso siglos que tienen, un imponente escritorio domida la estancia con elaborados gravados de ángeles tocando diversas arpas y violines. Lámparas de cristal de murano en varios colores y altas ventanas tapadas por gruesas cortinas de lino blanco. Nada convina con nada, no existe un patrón dominante.
-Has sido un imprudente al exponer de ese modo a la chica. Deberías estar fuera de la Santae. Lástima que eres mi sucesor… - El hombre cierra los ojos y deja escapar un suspiro de agotamiento. Se retira las gafas de ver y dirige nuevamente la mirada al chico que tiene sentado de cualquier manera en el asiento frente al escritorio. – Verás, Alexander, puede que para ti solo sea un experimento más, puede que solo sea un entretenimiento o un pasatiempo. Te equivocas, ¿Hablo claro? Ella no es Shana, ni Lianne, mucho menos Brittanie. Así que te agradecería que no interactues con ella. Te prohíbo siquiera que la mires. Ella podrá acabar contigo si te mezclas demasiado, será ella quien herede todo esto si tú te duermes en los laureles. Mírala como a tu rival. Quiero que este lugar sea de nuetro linaje. ¿Me he explicado con la suficiente clareza?
- Cristalino. – Es la única palabra que llega a pronunciar antes de levantarse y salir de la biblioteca. Aparta a Lucas y cierra la puerta sin apenas hacer ruido.
En la biblioteca se puede palpar la tensión, susurros entre las dos muchachas se hacen cada vez más sonoros. Lucas sabe lo que cuchichean; Aquí no gusta Diana. Él lo sabe, lo percibe. No la quieren aquí, nisiquiera Emma, la enfermera que tan bien se portó con ella en la habitación. Lástima, a él le cae bien. No ha hecho nada, ella nisiquiera tiene la culpa de ser descendiente de él.
-Lucas.
Kate, le toca el hombro con delicadeza, ella, como siempre pestañea demasiado aquellos estravagantes ojos esmeraldas. Lucas aparta la mano de su hombro y sale de la biblioteca.
-
Diana, ya ataviada con aquel precioso vestido blanco, con el largo cabello recogido en una trenza y unas sandalias en los pies, sale de la enfermería.
Desorientada en el largo pasillo del edificio, no sabe cuál es su siguiente paso. Literalmente. En los pasillos caminan varias personas de diferente edad. Grupos de chicos se apoyan en la pared y charlan despreocupados. Todos la observan. No interrumpen las conversaciones porque no es nuevo ver a un novato salir de la enfermería. Puertas cerradas se dejan ver a lo largo del pasillo.
Armandose de valor camina hasta un grupo de cuatro chicos de extrañas pintas. El primero, y más alto, viste de negro. Al igual que todos; chicos con pantalón y chaqueta, chicas con faldas y camisas. Lleva un revuleto pelo rubio y mechas rojas, ojos azules y marrones. Es él quien se dirige a ella.
-¿Acaso tú eres el nuevo experimento o candidato de Miguel? – la ironía son cuchillos afilados en la boca de aquel chico. Sin embargo, Diana hace caso omiso de su comentario y muestra su mejor sonrisa.
- Me gustaría saber dónde puedo encontrar la biblioteca principal. Al parecer he quedado con ese tal Miguel. Y creo que llego tarde.
El chico pestañea intentando ver si ella habla enserio o solo le devuelve el golpe. A ver que no hay sorna en sus palabras y que todos en los alrededores se han quedado paralizados se dirige nuevamente a ella.
-Perdona. Creo que es la primera vez que un novato es citado ante Miguel – como no sabe cómo continuar le toma la mano y se presenta – Soy Caín. Quinto grado del estudio de la teología del instituto Santae de Francia.
-Encantada, Caín. ¿Debería preocuparme por tu nombre? He oído muchas historias con referencia a ese personaje.
- Creo que estarás en buenas manos – sonríe con dulzura y continua hablando en un tono de voz prácticamente inaudible y musical - ¿Quién eres tú?
- Soy Diana Salow Balttini. Y me encantaría saber qué hago aquí.
“Balttini” Caín se aparta un poco de ella. Mira nervioso en todas direcciones, suspira. Por suerte nadie ha escuchado la conversación. Cae en la cuenta de que poco a poco el pasillo se ha ido vaciando dejando a dos niños de primer grado al final del pasillo.
Diana se asombra por las reacciones de este desconocido. Intenta llamar su aención, impaciente por acudir a la cita. Desde que despertó todo el mundo la ha tratado con exagerada educación o desconfianza. No es que le moleste ya que es una chica que, aunque nunca pasa de ser percibida, le gusta serlo. Desgraciadamente se está volviendo una costumbre que le empieza a molestra en altos grados. Chasquea los dedos con la intención de centrar la atención de Caín en la conversación.
-¿Qué? ¡ah! Si, perdona… Es por aquí.
Continuan el camino en un sepulcral silencio. Ninguno de los dos intenta reanudar la charla, no es un silencio incómodo ya que ambos se sumergen en sus propios pensamientos. Puertas siguen siendo presentes para más tardes ser sustituidas por arcos de piedra que dejan entrever floridos jardines en los que otros chicos y chicas, sentados o de pie, hablan, ríen y otros, en menor número, hacen una especie de meditación. Aunque obviase al último grupo que medita a Diana toda esta gente le resulta de lo más pintoresca, extraña, perturvadora o inquietante. Todos con el cabello rojo, azul oscuro, morado, fucsia, negro, rubio o blanco y las extrañas marcas en el cuello dejan entender una moda nunca antes vista.
Caín se da cuenta de los ojos curiosos de Diana así que, para distraerla, empieza una nueva conversación.
-¿De dónde vienes?
Diana se vuelve hacia él con el sobresalto de alguien que le ha pegado un susto de muerte. Incrédula ante el nuevo entusiasmo por su parte en saber cosas de ella contesta desconfiada pero aimada en iguales partes.
-Vengo de Madrid. – ambos se sumen en un nuevo silencio, esta vez más incómodo e insostenible. No saben como continuar así que a Diana se le ocurre preguntarle a él esta vez. - ¿Y tú? Al igual que en mi caso yo tampoco sé nada de ti.
Caín se lo piensa por largo rato, se encoje de hombros y contesta con la intención de no decir algo fuerda de lugar.
-Yo nací aquí, en este mismo instituto – como Diana puso cara de sorpresa él rió entre dientes y se explicó – Verás, consideranos una gran familia, aunque será de todo esto de lo que te hablará Miguel. Solo te diré que no serás la misma después de tu charla con el director. Nadie, escepto cuatro alumnos, tiene permiso de entrar en esa sala. Es su despacho y biblioteca privado. Así que mi enorabuena.
-Disfrutas dejando a los demás con la intriga, ¿verdad? – Sabedora de que el chico no dirá más de lo que ya de por sí ha mencionado decide bromear para apartar lso escalofríos de su cuerpo por unos minutos.
Charlan sobre anecdotas divertidas, hermanos mayores que se dedican a hacerles alguna que otra jugarreta. Hablan de ellos, de sus gustos musicales, de sus hobies y sus amigos. A Diana le resulta fascinante la vida de aquel chico que tan solo tiene veinte años. No le molesta hablar de Erik, ni de sus amigas. Todo el dolor que pensó que le atormentaría al hablar de ellos no ha sido para nada palpable.
Suben escaleras de caracol, caminan por habitaciones de alumnos. Algunos, distrídos, ignoran su presencia, otros la miran y sonríen. No es una sonrisa de bienvenida o cálida, más bien carente de afecto y superficial. Ambos hacen caso omiso y siguen caminando. El largo viaje desde la enfermería del primer piso hasta la biblioteca del quinto se hace rápido y divertido.
Caín cuenta algunos chistes o hace preguntas sobre las costumbres madrileñas. Sin malicia, le pasa un brazo sobre los hombros de Diana y tras unas sonrisas continuan charlando.
Allí, al final del pasillo, aquel que conduce directamente hasta la biblioteca de Miguel, alguien les observa con un creciente e incontrolable enfado. Una figura esbelta que tiene los brazos cruzados. Caín, al darse cuenta de quien es, acerca más a sí mismo a la chica. Saluda al chico con la mano y, después de darle un beso en la mejilla a Diana, desaparece en una de las habitaciones.
Diana le sigue con la mirada ignorando al chico que tiene enfrente. Le cae muy bien Caín, ambos han conectado de una forma rápida y simple. Cuando cae en la cuenta de quien es la figura encolerizada su expresión del rostro se endurece y se gira ante él.
-Vaya, pero si es Alec. – Ahora lo recuerda. Él, quien estuvo a su lado mientras era presa de la locura. Esa persona que cuando despertó había confundido con Lucas. La persona que no se había molestado en ir a visitarla, ¿quién sabe la cantidad de días que estuvo en una especie de coma?.- ¿Está ese tal Miguel ahí dentro?, me han dicho que quería hablar conmigo.
-Caín, ¿eh?. Es simpático cuando está cerca de las chicas. – sigue mirando la puerta que cruzó el chico de las mechas rojas. – Sí, Miguel está dentro. Pasa.
Ella sigue al chico hasta llegar frente a una puerte imponente de oscura madera y hermosos grabados que muestran las azañas de ángeles desde los cielos.
Alec llama a la puerta, sin esperar respuesta, entra y, cogiendo de la mano a Diana, hace acto de presencia en el despacho de su abuelo. Lucas, que había vuelto de avisar a algunos de los guardias del instituto de la llegada de la novata, estaba sentado en un sillón junto con una chica de pelo corto y prácticamente negro, aunque con los débiles rayos del sol se adivinaba el morado de su cabello. Ninguno de los dos miró a los chicos. En cambio, una muchacha de rizado pelo pelirrojo se acercó a ella con suficiencia, como todos en ese lugar y se presentó.
-Bienvenida, querida. Soy Anabel. Séptimo y último grado del estudio de la teología. Ella – señalando a la chica de corto cabello – es Kate, séptimo grado. Él es..
- Lucas, lo sé. Soy Diana y hasta el momento no tengo ningún grado en teología. Pero estudio primero de bachillerato.
Lucas y Alec intercambian un mirada y, como si estuviese ensayado, estallan en carcajadas. No es habitula, por no decir correcto, dejar a Anabel en ridículo o devolverle la pelota con la misma intensidad. La hija predilecta de una de las familias más poderosas económicamente sería capaz de comprar una cárcel de máxima seguridad equipada por matones de primera solo para torturar por diversión a quien la molestase. Por lo demás es una insolente sin escrúpulos.
-Al parecer tiene agallas. Soy Miguel y como tú en estos momentos yo tampoco estudio grados de Teología, ya que soy el director de este instituto privilegiado.
Diana dirige su atención a aquel hombre de avanzada edad que habla tras los lentes de sus gafas. Sentado en un sillón de alto respaldo detrás de un antiquísimo escritorio y vestido con un traje negro pulcramente colocado. La seguridad y sabiduría son patentes en su voz. Sin duda tiene toda la pinta de una persona temida y respetada. A Diana le resulta extrañamente familiar, como si ya hubiese tenido más encuentros con ese hombre.
Súbitamente se acuerda de la fotografía que encontró en la habitación de su hermano. Aquel era el hombre que permanecía impasible junto a Lucas. Pero no es solo de la foto que recuerda su aspecto.
-Fue interesante hablar contigo por telefono hace unos días. ¿Te importa que te tutée?
-Desde luego que no, señor…
-Llámame Miguel. Bien, te he citado aquí para cuando despertases de ese tedioso coma. Al parecer lo has hecho antes de lo previsto. Mis felicitaciones. Así que si no tienes inconvenientes o no te encuentras indispuesta, ¿te importaría que empezasemos con la conversación? – habla claro y con palabras que encajan a la perfección. Diana asiente, pero no se mueve de donde está. Anabel aún la observa. Lucas y Alec han tomado lugar a cada lado de Diana y Kate se encuentra donde antes. Todos atentos a que Miguel dicte el siguiente movimiento.
- Veamos, aparte de Lucas y Alec, los demás deberán dejarme tener esta charla con Diana. Si me disculpáis, señoritas, me gustaría que abandonáseis mi despacho. Gracias.
Sin dirigir una nueva mirada u orden, Anabel y Kate salen de la biblioteca acompañadas por el taconeo de las botas de Kate.
No hay comentarios:
Publicar un comentario