CAPITULO 6. Voces.
Unos veinte minutos antes de la cena, donde todas las chicas lucían sus mejores galas y los chicos se dedicaban a decidir quién tenía mejor cuerpo, Diana aún no se había preparado. En cambio reposaba en su cama apoyando la cabeza en la almohada con la vista fija en el techo. “Esto parece un psiquiátrico” no paraba de repetirse esas palabras.
Sobre la cómoda tenía la ropa y algo de mauillaje. Cruzó una mirada con la fotografía de los hermanos yMiguel, no sabía muy bien a qué juagaba todo el mundo con ese rollo de la guerra entre el bien y el mal. Barajó repetidas veces la posibilidad de un trastorno de personalidad genética o una distorsión de la realidad.
Levantadose acompañada por una repentina jaqueca se acercó a la esquina de la habitación donde aún tenía la gran mayoría de sus pertenencias, recordado súbitamente aquella maravillosa pluma que había tenido entre sus manos antes de caer en un sueño repentino.
A lo laro de quince minutos buscó por todos los sitios imaginables aquella joya que tanto le recurda a su madre. Sin mucho éxito decidió que la luz natural de auqella enorme luna no era alumbramiento suficiente, encendió la luz del techo bañando la estancia con una tenue luz blanca. Su maleta abierta poseía un estado lamentable al tener toda su ropa arrugada a causa de la fallida búsquedad.
Un rápido vistazo a su reloj de pulsera fue el único pistoletazo de salida que necesitó para entrar en el baño y preparase. A pesar de sus esuerzos por no perder tiempo salió media hora después ya vestida con un agradable vestido de color frambuesa con cintuón negro en las caderas y unas francesitas negras de charol. Lejos de ir arreglada se encontraba encantadora frente al espejo con su larga cabellera suelta y sus azules ojos bien maauillados. No tenía intención de salir de su habitación y mil escusas se asomaron por su mente. “Diré que el cansancio me ha causado jauecas… Bueno, no es del todo flaso” – pensaba mientras sonreía frente al espejo de pie.
Un inportuno golpeteo en la puerta de la habitación hizo añicos sus esperanzas de no asistir a la velada. Dejó escapar un largo suspiro, volvió a inspirar y, caminando despacio hasta la puerta, vió que Kate la esperaba con cara de pocos amigos. Su aspecto con auqel vestido verde esmeralda, tacones del mismo colos y largos collares era de alguien sofisticado pero lejos de ser formal. Los ojos de la joven despedían destellos de un fuego vivo y sus labios fruncidos lo afirmaban. Diana se mordía los labios y entornó los ojos en modo de siculpa, apagó la luz de la habitación, cerró la puerta tras de sí y se alejó de ella junto con Kate quien se relajaba a medida que se acercaban al comedor.
Las palabras entre ambas se limitaron en un obligado “hola”. Al parecer las normas de etiqueta eran respetadas en aquella institución para majaras. Diana aún no se explica el paradero de aquella pluma. Nisiuiera sabe cuánto tiempo permaneció en la enfermería. Lo único que tiene claro es que aquellas personas no son normales “menudo descubrimiento” pensó con ironía.
Kate se detuvo sin avisar, como si a Diana ese camino le debiese parecer conocido, giró la cara hasta tomar contacto visual con su acompañante y sonrió con forzada amabilidad. Estiró una mano hasta abrir la doble puerta de madera de roble con detallados ángeles grabados en la misma.
Como en las viejas películas, Diana se vió obligada a entrecerrar los ojos a causa de la repentina luz que salia despedida por la puerta. Cuando sus ojos se adaptaron al exceso de luz pudo distinguir un salón típico de palacios del siglo XVIII. Altos techos al fresco que representaban imágenes de cielos azules y vaporosas nubes blancas, como en todas partes, ángeles que observaban la sala con infinita paciencia, señoras que sonreían amablemente a las palomas blancas o caballeros que preferían ser reservados. Del techo, grnades lámparas de araña desprendían una luz que transmitía tranquilidad, como si fuese la luz de cualquier hogar feliz. Las mesas, largs y vestidas con manetles de hilo blanco y oro y sillas de altos respaldos y forradas con terciopelo rojo a juego con las cortinas de las grandes ventanas. Los suelos de mármol blanco y las paredes de color marfíl. Todo imposible en un instituto como ese.
-Nada es imposible, querida – despertando a Diana de su asombro, la voz de Kate dejaba notar la diversión que le causaba la expresión de la novata.
-¿Cómo… - pero se vió interrumpida por Lucas que se acercaba sonriente hacia las damas.
-Ya era hora de que llegaras, nos tienes a todos en ascuas – Lucas, que desde que le vió ese mismo día en la enfermería, no le parecía el chico social que sonríe a todos – ven, acercate. Estamos todos en aquella mesa.
Diana, ingenua ante la disposición de la mesa se dispuso a caminar detrás de Kate y Lucas. Todas cuantas estaban allí la miraron de arriba abajo y cuchicheaban sobre la elección de su informal vestimenta. Lujosos vestidos, blancos y aluno que otro rosa pálido o negro, dejaban en ridículo al sencillo vestido frambuesa de Diana.
Caín, que se sentaba cerca de la mesa de Lucas, sonrió a la muchacha seguido de un guiño de ánimos. Diana le devolvió el saludo que cusó risas entre los que se sentaban justo a Caín y miradas severas a los mismos por parte de él.
Una vez sentada, entre Anabel y Alec, la cena dio comienzo. Sin saber de dónde saliero, centenas de camareros dieron paso a bandejas de plata repletas de manjares que abrirían el apetito hasta a una anorexica.
Entre risas y comentarios irientes la cena trenscurrió sin que Diana se atreviese a comentar lo más mínimo. Obviando que era una persona propensa a ser introvertida y que pensaba que todos ellos estaban neuróticos perdidos, lo demás era normal.
-¿Sabes? – susurró en su oído la voz de Alec – la normalidad en sí no existe. ¿Sabes por qué?
Pero, como Diana no respondió a su intromisión desconcertante, Alec se volvió a separar de ella y continuó charlando con un chico que Diana no conocía pero que al parecer era íntimo de Alec.
Por su parte, las dos chicas del grupo charlaban sobre fiestas y clases aburridas, cotilleos recientes y críticas a sus subordinados. Lucas, excluido premeditadamente, como siempre, intentó en varias ocasiones trabar conversación con Diana con la intención de hacerle esta situación más amena. Sin éxito.
Miguel, que se sentaba en la mesa central junto con otros profesores y dos prefectos, según la información de Lucas un poco antes, apenas miró a la novata.
“¡La pluma!” Diana miró con cierto reproche a los acompañantes de su mesa, ninguno se percató del gesto. Nadie escepto Alec, quien no le había quitado ojo en toda la noche sin que ella fuera consciente. Cansado de hacer lo que todos esperaban de él, cogió a Diana de la muñeca, donde tenía aquella marca en forma de ojo, y levantandola de la mesa la sacó de toda aquella atmósfera de superficialidad y superioridad.
Los chicos miraron con gravedad a Alec, Anabel nisiquiera se molestó en mirar. Miguel casi revienta del cólera que sufrió al presenciar la escena.
Sin prestarles atención, Alec continuó caminando, esquivó ágilmente a algunos camareros o alumnos que visitaban otras mesas. Salieron del comedor en un santiamén. Una vez en los jardines soltó la muñeca de Diana, quien no había opuesto resistencia y se sentía confusa hasta el punto de dejar escapar unas cuantas lágrimas.
-Escúchem, ¿si? – dijo Alec en tono casi afectuoso, pero como era de Alec de quien se trataba, Diana desechó la idea. Aún así elevó la vista hasta ese chico que tenía a escasos centímetros de su posición.
Alec volvía a presentar ese aspecto perfecto y deseable. Era, lo menos, una cabeza más alto que Diana y su camisa blanca medio arrugada y los pantalones negros que tapaban unos mocasines le conferían un aspecto de alguien que durmió con la ropa puesta.
-Te escucho, pues – dijo ella sin mucho entusiasmo. Cruzó los brazos a causa del frío y se dispudo a escuchar.
- Yo tengo tu pluma, y antes de que digas nada, es mejor así. Si la muestras en el instuto corres el riesgo de que Miguel la vea – como Diana mostró una expresión de duda por la intromisión de Miguel en la conversación, Alec se explicó con una paciencia que no era propia de él – Miguel no ha superado lo de tu madre, cree que es la culpable de la guerra de esta era. Todos saben que tu madre no era una simple mundana aunque nadie acierta a saber que la hace diferente. Esa pluma era un regalo de Miguel el día que cumplió dieciséis. No es una pluma común y aún investigo sobre ella así que no puedo asegurarte nada. Si la posees corres el riesgo de perderla para siempre y sospecho que será lo único que te puede ayudar a encontrar a Alama.
Como ninguno de los dos tenía nada más que decir o escuchar el silencio se adueñó de los alredores. Diana aún se preguntaba el por qué de las dos casualidades de la cena. La manera en que Kate y Alec sacaron temas a colación que ella misma pensaba en esos instantes. Aún no quería hacer referencia a ello, con la esperanza de que solo fuesen casualidades.
Alec empezó a ponerse de los nervios porque no sabía como abrodar otros temas o como volver a entrar. Diana estaba preciosa esa noche y las lágrimas habían estropeado parte de su maquillaje “maldito Christian” pensó cuando la imagen de auqel demonio cruzó su mente. Aún así, retiro una lágrima de la cara de la chica. Esta se sobresaltó a causa de ese contacto que no esperaba volver a presenciar. Sonrío brevemente en modo de agradecimiento.
El chico se acercó poco a poco a su boca prisionero de los ojos de Diana, los cuales no perdían detalle de nada. Esta se apartó un poco y se dirigió a su habitación sin mediar palabra. “Dormir – pensó para disculparse – Lo que necesito es dormir”
En la oscuridad de su habitación, en el silencio de su alrededor y en la marea de sus pensamientos, Diana se debate contra Morfeo para conseguir dormir. Restos de frases, imágenes difusas o recuerdos de un incierto pasado se mezclan ante sus ojos con la misión de evitar que descanse. Cansada de tener unos ojos impertinentes cerrados, decide que la ventana es el mejor sitio para poner su mente en orden. Caminando descalza hasta el alfeizar, los escalofríos recorren su piel dejándola helada. La temperatura baja estrepitosamente sin dejar duda alguna de una helada… Si no estuviesen a finales de Otoño y las heladas comenzasen a principios de imbierno.
Inquieta, se asoma por la ventana esperanzada de ver a alguno de esos lunáticos haciendo hechizos o dandose el lote con otros. Por lo que ha visto hasta ese momento no es del todo improvable. Pero, lejos de encontrar adolescentes furtivos o trastornados, ve una figura agazapada en uno de los muchos almendros del jardín. Diana apenas distingue las facciones o dimensiones de aquel intruso. Los nervios se apoderan de ella hasta dejarla paralizada con la vista clavada en aquella persona. Sin previo aviso, aquella sombra se alza dejando notar una figura alta y proporcionada, esbelta y trabajada. El aliento escapa de entre los labios de la jóven y sus ojos, distraídos, buscan a cualquier otra persona en los alrededores. Nadie.
La sombra salta desde la rama en la que reposaba y cae limpiamente en las raíces del árbol. Inclina la cabeza y, como si la luna jugase con él, ilumina una sonrisa pícara y llena de segundas intenciones.
Con paso ágil, como todos hasta ahora, camina en dirección a la ventana de Diana. Y como si de Romeo y Julieta se tratase, recita en latín palabras que ella no llega a comprender.
El supuesto Romeo las cita mientras sonríe en un tono sosegado que deja notar la seguridad. Y nuestra Julieta, inquieta y aterrada, escucha intentando entender una sola palabra. Sin éxito.
A escasos diez metros de donde Diana se encuentra, Aquella sombra se detiene y la tiende una mano. La agita de vez en cuando en señal de que la acepte. Diana calcula unos dos o tres metros de distancia entre la ventana y el suelo y sopesa la descabellada idea de saltarla. Como si de un hechizo se tratara.
La poca razón y lógica que resisten en su cabeza agonizan y chillan intendando que la muchacha reaccione con cordura a quella fatídica escena.
El chico sigue insistiendo y para reforzar su llamada dulcifica su tono de voz y calma su alocada respiración. Un silencio embriagador se cierne sobre ellos dejando a Diana loca por saltar a la llamada de aquel encantador joven.
La luna… Las luces de los astros, el olor a rocío, la brisa nocturna… Su voz, su piel, sus ojos… Ya casi sostiene su mano, todo se sucede en cámara lenta y una bombilla se enciende en la cabeza de Diana “¿Quién eres?” y la respuesta llega inmediatamente “Sígueme”.