Déjame salir.

Yo no pinto ni compongo mundos, yo los describo, los colmo de vida con ayuda de tintas y superficies planas. Yo no soy un dios y aún así doy vida a metafóricas ninfas e idílicos paisajes. Yo soy quien da sonido a la lira de Apolo y luz a los ojos de Venus, soy yo quien hago crecer a mi antojo las magnolias y petunias, quien traza horizontes y da color a las aguas oceánicas. Soy yo quien da alas a gorriones en medio de una tormenta, quien roza el pelo del angora y suspira en los oidos de mundanos. Yo soy dueña de sus destinos, ama y señora de sus vidas, decido cuando mueren y ellos cuando nacen. Soy madre de huérfanos y amiga de marginales, soy maestra de ignorantes y confidente de pecadores. Soy quien hace amanecer soles de oro en el cielo y quien describe lunas de plata en el universo. Soy novata en el este arte y experimentada en la inmadurez, yo juego con palabras que fueron apartadas. Soy quien siembra mundos incorpóreos para después recoger sueños reales.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Capitulo 2:

.2. El principio.

    El parque del Retiro, Madrid.
  Altos árboles centenarios. Grandes y expectaculares Sauces llorones, miles de minúsculas margaritas esparcidas sin orden alguno se cuelan, como en una carrera, entre las pisadas de los transeuntes. Entre los zapatos de cientos de historias. Cada una distinta, cada una protagonizada por una o más de una persona. Algún que otro pato hace el, papel de valiente mientras se lanza al pequeño estanque de las congeladas aguas de la madrugada de finales de otoño.
  Al fondo del parque, entre bancos y luces de viejas farolas y miradas curiosas de algún que otro animalillo se encuentran dos eufóricos adolescentes entragndose en el beso más largo y deseado, los suspiros agitados que sus oídos soñaban con oir y, con manos temblorosas, acariciando a su compañero, a su actual alma, a su vida. Su deseo. Pero no solo es esto lo que nos puede ofrecer la madrugada de una ciudad viva, llena de historia y oportunidades. Una ciudad como Madrid.
  Ángel y Andrea esperan a que el semáforo cambie a verde a la vez que tararean una vieja canción de Blondie. Recuerdos asoman por sus cabezas y ambos sonríen. Despacio, sin prisas aparentes, Ángel retira la mano del volante del pequeño Volvo y la posa sobre la mano de Andrea. Intercambian una larga mirada acompañada por la más sincera sonrisa que pueden mostrar dos personas eternamente enamoradas.
  A su alrededor todo es silencio y la oscuridad es cortada por las innumerables farolas y luces de viviendas aún despiertas. Una velada maravillosa en la recepción de un hotel llamado Vincci. Las conversaciones con los amigos de toda la vida y los conocidos afables en apariencia. Pero eso ya pasó. Ahora solo quedan ellos. Ellos y sus dos hijos. Ellos y su amor inconfundible. Ellos y el secreto de la felicidad.
  Ángel recuerda la primera vez que vió a su esposa, su mujer, su amada. Veinte años atrás en esta vieja y, a su vez, modernizada ciudad, coincidieron en la casa de Dios sabe quién. Los padres de ambos, amigos y vecinos,  siempre bromearon que acabarían casados. Ellos, vergonzosos y jóvenes, ignoraron las ocurrencias y siguieron su camino. Dos meses después se volvieron a ver gracias a los típicos amigos en común y, ahora, están ahí, sentados uno cerca del otro. La ve. Le ve. Siguen cantando esa canción tan agradable para ellos. Esa canción que sonó cuando decidieron arriesgarse y estar juntos. Juntos y unidos hasta hoy.
 Verde. El semáforo, curiosamente sincronizado con el final de la canción, cambia dando paso a un rápido cambio de marchas y a un intermitente que indica la nueva dirección. En la calle no se ve ningún coche en movivimento, nadie, en su sano juicio, sale a estas horas. Por costumbre él sigue accionando el intermitente, mira por si algún despreocupado pasa de largo. Nadie. Giran cuando Eye of de tiger suena en la radio. Música, climax y un grito.
 

    Misma ciudad. Distina situación.
  Blink 182 suena a más no poder en la minicadena de Diana. Ella, agitando su larga cabellera de color avellana y miel, baila al son de i miss you "Where are you, and i'm so sorry. I can not sleep, i can not dream tonight..." A su vez Erik llama por teléfono a su novia, ambos intentan hacer una escapadita antes de la llegada de sus padres. El sonido insistente de la música interrumpe continuamente la conversación. Al ver que no cesa cuelga con cualquier escusa e irrumpe en la habitación de su hermana con la intención de apagarlo todo. Diana, que en ese momento recibe una llamada, palidece y mira a Erik con los ojos anegados en lágrimas. Él, sin saber que ha ocurrido, le retira el teléfono de las manos y, con la intención de llevar la situación como el mayor de los dos, habla con la voz firme y grave que tanto le caracteriza.
- ¿Si?. - Al otro lado de la línea solo se escucha una leve risilla, un hombre. O eso deduce él por la entonación de tal ruido - ¿Qué pasa contigo?. - Nada. La línea se cortó y ahora solo quedan ellos. Una Diana asustada y frágil y un Erik furioso y confuso. Dos.
  Erik se acerca a su hermana esquivando algún que otro cuaderno o bolso. Se sienta en la cama junto a ella y la envuelve en un abarazo con el fin de calmarla y sonsacar algo de información o motivos para aquella situación. Una hora y Eva aún no habla, de vez en cuando solloza o acaricia la mano de su hermano. Él cansado de la espera y la incertidumbre, levanta el mentón de Diana con la mano y la obliga a mantener un contacto visual. Ella, imperturvable, sonríe falsamente. Aclara la garganta y habla:
- Tú y yo. Francia y sin padres. ¿Qué tal suena? - ni ella misma se explica cómo ha sido capaz de decir lo que ha salido de su boca.
- ¿Estás jugando conmigo?, ¿quién era ese tipo?
- Lucas. Al parecer tiene tu edad y asegura haber visto como papá y Andrea morían en un accidente de coche. Y por si te queda la duda; Francia es el único sitio dónde se me ocurre ir ahora.
  Diana, satisfecha con una mentira tapada por el resto de la verdadera historia, deja que su cabeza caiga sobre el pecho de Erik. Ambos se quedan así el resto de la noche hasta que el ruido de las primeras horas laborales les sorprende en la misma posición.
  Diana se levanta temblando. Dejar los ventanales del salón abiertos no fue tan buena idea. El frío de la noche se cuela entre las ropas y un poco visible bao se deja notar cuando ella habla.
- Deberíamos hacer las maletas. Según Lucas una tal Rose nos recogerá en dos horas, con o sin maletas.
  Erik, sin haberse movido, mira con los ojos como platos a su hermana. Endurece la mirada y, poco a poco, la adrenalina y el shock de la situación se apoderan de él.
-  ¿Cómo puedes estar tan tranquila cuando sabes que... que ellos están... están... ¡Muertos!. - La rabia, cólera y confusión se mezclan en su voz. Se acerca a su hermana y, con las manos sobre sus hombros, la zarandea a la espera de su respuesta.
- ¡Basta!. Solo haz lo que te digo. Acostumbrate a ello. Para mí se ha vuelto una costumbre perder a mis padres. - sale de la habitación con ropa limpia para cambiarse.
  <<... perder a mis padres...>> Las últimas palabras de su hermana resonan en su cabeza como la banda sonora de cómo conoció a la explosiva y ocurrente Diana.
  Cuando él tenía tan solo cinco años, Andrea, su madre, le llevó a cenar a casa de un hombre. Su madre le dijo una y otra vez que esa persona sería su nueva familia. Ella le había dicho que Ángel tenía una hija de dos años menor que él y que tendría que protegerla. Solo ellos cuatro contra el mundo. Recuerda como se sintió ante una mesa repleta de comida, en una casa enorme y llena de antigüedades. Parece que fue ayer cuando vió a la pequeña Diana bajar de unas altas y anchas escaleras de mármol blanco y barandilla de cahoba. Esa niña llevaba un extraño vestido rojo y un llamativo collar con un pequeño colgante en forma de pluma. Ambos juagaron y pelearon como hermanos toda la velada. Y así, día tras día fueron formandose como familia. Luego llegaron a el viejo apartamento de Andrea y se instalaron. En cambio hoy todo eso parece un sueño, más que un sueño... El cortometraje de otra vida. Hoy él es Erik Martín y ella Diana Gregorie Balttini. 
  Aún así el deseo y la certeza de que su hermana pequeña se encontraba a escasos metros de distancia, le hizo el corazón añicos. Sin saber ni cómo ni porqué, salió de la habitación de Diana y, como un tornado en mitad de la selva, entró en el despacho de su padre. Primer cajón del escritorio, una pluma de la mesa y las palabras brotaron una a una de su mente al papel. Mil pensamientos, ideas y disculpas. Cientouna frases que llegasen a expresar algo del cariño que sentía por la única hermana que tiene. Una tras otra consiguió llenar dos hojas de papel. Salió de la estancia y, antes de continuar su camino, revisó que Diana no huebiese salido de donde quiera que estuviese. Nadie. Corrió hasta su habitación, recogió sus pertenencias más útiles como la ropa y algún objeto de cierto valor y salió dejando las dos hojas frente la puerta de la habitación de su hermana. Los pasos que consiguió dar hasta el ascensor se le hicieron insoportablemente lentos.
  Una vez dentro del ascensor y un rato para bajar, apoyó su cabeza en una de las cuatro paredes del cubículo y cada vez que su mirada se cruzaba con el espejo reflejaba sus grandes ojos de color miel y su corta cabellera rubia se le antojaba la imágen de otro. Todaví podía escuchar a Diana. Podía imaginarsela recogiendo los papeles. Leyendo las palabras con un mayor desconcierto por cada línea.
Porfin la doble puerta metálica del ascensor cedieron al mecanismo dandole paso al exterior. Una maleta pequeña y una mochila fueron ocupadas por años de vida y recuerdos. Dinero en los bolsillos y lágrimas en los ojos.  Saludó al portero con una sonrisa amarga y ojos enrojecidos, a cambio el hombre, cuya edad era equiparable a un anciano, enrealidad tenía cuarenta y cuatro, no apartó la vista del periódico y se despidió con un seco "adiós". Otra vez esa tediosa palabra. Aquella que no deja posibilidades a una segunda vista. Adiós, el hermano del fin.
  Erik empujó la puerta de salida y, con paso renovado, corrió hasta su vieja ranchera beig, tiró las maletas en el maletero, puso la llave en el contacto y, con un ligero movimiento de muñeca, arrancó el motor. Primera, cambio de marchas y, acompañado de un imperceptible rugido de motores, desapareció en las primeras horas de un día madrileño, en un mundo que no es consciente de tu historia, un mundo que ignora todo sobre ti. Y él... Él se dirige a ninguna parte para encontrar cualquier cosa.
 Diana, con un vaporoso vestido blanco y encajes en el escote, unas sandalias atadas en las rodillas de color calabaza, sale del baño después de haber llorado todo lo que no pudo llorar frente a Erik. La sola idea de haber perdido a su mejor amigo, a su padre, le pone los pelos de punta. "Una pesadilla - pensaba para así poder relajar su acelerado y alocado pulso - Despertaré en medio de mi desordenada habitación y papá me saludará desde la puerta. eso es todo". Se lo repitió una, dos y hasta tres veces. Su único apollo en esos momentos sería Erik. Sí, él y su sentido común, él y su manía de tener la última palabra. Él y su presencia.
  Corre hasta su habitación pasando por la de Erik. Alto. Algo, o, mejor dicho, nada, llama su atención dentro de la habitación de su hermano. Con manos temblorosas aún a causa del llanto, consigue empujar algo más la puerta. Dentro de esta no se apreciaba y característico caos. No había libros alrededor de la cama, no estaba su portatil ni la mayor parte de la ropa que, normalmente, se encontraba en el suelo. No había nada. Desesperada, Diana camina hasta el armario, lo abre y lo único que encuentra son unas perchas y paredes forradas con fotografías. Ella, su padre, Andrea, Jordan, el mejor amigo de su hermano y Dana, Daniela, su novia. Todas esas fotos, todos esos momentos. La playa, piscina, las fiestas, las navidades, los cumpleaños, ... Una por una todas esas fotografías giran enderredor. Todas escepto una. Esa del fondo negro. Esa en la que se aprecia a un hombre y a un chico algo pequeño. "No, - piensa al ver al niño - No es Erik. " Pero, aunque no le reconoce, tiene la sensación de haberle visto.
  En la fotografía se aprecia a un niño vestido con un frak. Su cara, ángulos afilados y ojos grandes y alegres de un verde oscuro un tanto superficial, la sensación de caminar sobre ellos sin miedo a caer es la única esnsación  que se hace notar en Diana. Esa y la de tranquilidad. Su cabello cae liso y negro a la altura de sus ojos, a su vez las puntas del pelo salen disparadas en cualquier dirección. Como si alguien se los hubiese revuelto. Su sonrisa es sincera. Ése niño no es un niño, parece un ángel. La armonía de sus facciones, la mueca de su sonrisa, los ojos chispeantes y vivos.
  En cambio, el hombre es todo lo contrario. Ojos azules, tan claros que Diana se pregunta si estará ciego, es alto, quizá tanto como Ángel. Su expresión, aunque conserva los perfectos pómulos y la mandíbula imponente de un aristócrata, también muestra una sonrisa. Tétrica y solitaria, una de esas sonrisas que te provocan un sentimiento de tristeza, es como si él pretendiera transmitir todo su sufrimiento a traves del objetivo de la cámara.
  Les observa unas décimas de segundo más con el cerebro trabajando a toda máquina buscando a estas dos personas en sus recuerdos. Vecinos, compañeros de clase, familiares de amigos, alguine que guardase parecido con ellos. Alguien que sepa porqué les recuerda. Porqué todo en la foto es balnco y negro escepto sus cuerpos. Y porqué Erik tenía esta foto.
  Con la idea de acribillar a Erik con preguntas sobre esa fotografía, se dirige a su habitación donde le dejó antes de desaparecer tras la puerta del baño. Su puerta, cerrada con mil frases escritas en cartulinas de distintos colores y, más tarde, pegados sobre la madera de la puerta, se notan envejecidos y sin sentidos aparentes. Una de ellas luce cual luz en medio de un fondo negro.
  La memoria es una gran traidora.
  Anäis Nin tocó la fibra sensible del ser de Diana. Una sola lágrima, como el las viejas películas en blanco y negro, se desliza lenta, recorriendo cada milímitro de dolor en el rostro de Diana . La retira con un limpio movimiento de mano y abre la puerta con toda la rabia que fue capaz de reunir en tan poco tiempo. La puerta cede y da paso al vacío. Como en la habitación de Erik solo se aprecia el silencio y la soledad. Sus pertenencias recogidas en el escritorio, su ordenador apagado, su ropa doblada sobre la cama y una maleta de cuero se deja notar bajo la ventana. Sobre ella tres hojas de papel llaman la atención de la jóven. Cautelosa y, deseosa de ser indiferente a halgo tan común y cotidiano, serena recoje los papeles y palabra por palabra sus ojos melosos dan la sensación de deborarlas. Un perdón, los siento, nos veremos en el camino, te quiero, lo entenderás... Solo palabras vacías, solo recuerdos rotos, la decepción agita su alma y el cólera nubla su vista. Le odia, le gustaría romperle la sonrisa, le encantría deborar su nombre.
    "Me ha habandonado, me dejó sola... El muy imbécil ha preferido huir"
  Pero es la última página la que provoca su asombro y la deja perpleja y con la boca de par en par.
    << No tienes que continuar el viaje con él. Acordamos con Lucas que debías venir tú, costase lo que costase. Erik se arrepentirá ahora va de camino a su propio fin. No te preocupes, con nosotros estarás bien. Hay alguien que quiere verte. ¿Sabías que San Nicolás es preciosa por la noche?>>
  "¿San Nicolás es preciosa por la noche?, ¿Qué ha querido decir?.  Gira el papel apor su lado opuesto y, en la esquina inferior izquierda se hace notar una caligrafía distinta a las vistas hasta ahora. Alargada e inclinada hacia la derecha.
   <<P.D.: Me encarqué de colocarte las cosas mientras te ausentabas. Rose te espera abajo. Hasta la vista.>>
  Mira a su alrededor, donde todo está fuera de lugar, donde ella no tiene un sitio al que volver, un lugar donde la reciban con los brazos abiertos. Y, una vez más, la ironía del destino hace acto de presencia. Una fotografía vieja, tres amigas de toda la vida. Lara y Mila corren en dirección a Diana con los brazos extendidos. Diana aún no las ha visto. El escenario de la fotografía es un centro comercial de las afueras de la ciudad. Lo que a ella no le cuadra es ¿cómo hicieron la foto si me estaban persiguiendo?¿quién la hizo?¿cómo llegó a mi habitación?.
  No quiere seguir mirando sus cosas, empaca la ropa sin saber enrealidad lo que está guardando en la maleta. Cierra la cremallera de color dorada y en un bolso del mismo color que las sandalias guarda la fotografía, las hojas y un pequeño paquete que robó de la habitación de su padre y Andrea.
  La verdad esque ese pequeño paquete llevaba varios días llamando su atención. Lo cogió hará cosa de una semana mientras Andrea hacía la cena, Erik estaba con su novia y Ángel aún no había llegado de una de esas reuniones que tiene una vez al mes. Entró en la habitación de matrimonio, hurgó en los cajones en busca de tabaco, ya que el suyo se había terminado, en uno de los cajones del armario de Andrea lo encontró. Una pequeña cajita envuelta en papel de periódico. Lo cogió porque llevaba su nombre en rotulador negro y le intrigaba demasiado. Cuando entró en la cocina para hablar con Andrea la vió llorando sobre la pasta que herbía. Sin preguntar el porqué de su llanto y deshaciendo el camino hasta su habitación, escondió el pquete y nadie nunca, lo reclamó. En el fondo siempre sospechó que Andrea lo sabía, aunque no decía nada.
  Antes de salir por la puerta y encontrarse con una tal Rose, decidió dar un paseo por las habitaciones en busca de otros recuerdos u objetos fuera de lugar. Diez minutos tardó en salir del apartamento y presionar el botón del ascensor. En vista de que tardaba un poco más de lo normal sacó el paquete de su bolso y le dió vueltas. Hasta hoy no se había atrevido a abrir dicho objeto. Una de las limitaciones de Diana  era su miedo hacia lo desconocido. Más que miedo la desconfianza que le inspiraban aquellas situaciones.
  Leyendo palabra por palabra aquell página del periódico, distraida por la cantidad de accidentes y no tan accidentes que ocurrian a lo largo de un día en todo el mundo, descubrió una noticia que llamó desesperadamente su atención. Como si ésta estuviese en 3D e iluminada por luces de colores.
   "Muerte sin solución.
  El pasado 23 de Diciembre se encontró, en la antigua biblioteca de la calle islas Filipinas, Madrid, a una mujer de treinta años de edad llamada Alma Balttini tendida sobre los escombros del edificio. Tras una autopsia al cadáver se hayaron grandes dosis de drogas en su sangre. Las cuales aún no están clasificadas entre conocidas. La mujer presentaba numerosos rasguños en la cara y cuello y una marca en forma de media luna en la nuca. Las autoridades dirigidas a este caso aseguran que la mujer fue golpeada y abandonada en la biblioteca aún con vida. Más tarde el edificio ardió en llamas. Aún no se explican como el cuerpo de la mujer no acabó carbonizado. El jefe de policía Federico Marens no fue capaz de llegar hasta el fin del caso dejando en evidencia la eficiencia del servicio policial. Cuatro meses después el caso nombrado <<Balttini>> fue cerrado..."
 Diana, horrorizada con la noticia despegó sus llorosos ojos del papel. <<Alma Balttini>> ese era el nombre de mi madre... A causa del shock sus manos dejaron caer el paquete al suelo. En el momento que hizo contacto con el suelo, el ascensor abrió sus puertas. De él salió un chico no más mayor que Erik. Vestía vaqueros rotos, una camiseta negra y All Star negras. Apartó sus Ray Ban aviator de sus ojos grises. Sonríe como si su vida dependiera de ello y recoje la cajita del suelo tendiendosela a Diana. Ella que aún evalúa el físico del chico, ignora coger lo que él le tiende. Su pelo negro largo, hasta la altura de la nuca, y despeinado le da un aire despreocupado e infantil. Ancha espalda y facciones angulosas y perfectas... No me lo puedo creer, es el crío de la fotografía. Él, que aún tiene entre sus manos la cajita cambia poco a poco la expresión de su cara hasta llegar a la preocupación. Un momento, sus ojos no son los mismos...
- ¿Vas a cogerla? -  Haciendo cortar el hilo de pensamientos de Diana. Su voz suena indiferente, fría. Nada que ver con su aspecto. - Rose nos espera así que deberíamos ir bajando. ¿Esto es todo tu equipaje? - Diana no sabe diferenciar la burla o la sinceridad de su voz así que frunce el ceño y le retira la cajita de las manos. Entra en el ascensor y se apoya en la pared esperando a que aquél imbécil entre también. - Como quieras...
  Él entra y aprieta el botón -2. Parkin. Teniendo en cuenta que ella vive en un séptimo piso y hasta el menos dos hay nueve plantas tendrá que pasar encerrada en el ascensor más tiempo del deseado con aquél jóven. Él tararea una canción de Guns n Roses. Diana la reconoce ya que la tiene de tono de llamada en su móvil. Sweet child o mine. Sin pensarlo, una sonrisa torcida cruza su cara. Él se da cuenta y para de tararear. La mira con cara de pocos amigos y se coloca frente a ella. Diana abre su bolso y saca la fotografía de este chico y se la tiende sin mediar palabra. Él la recoge y la examina. Su expresión muestra un enfado marcado y de camino a la ira.
- ¿De dónde la has sacado? - aunque su intento de mantener la voz inexpresiva es fallido, Diana vuelve a sonreir y se encoge de hombros.- Vamos, no estoy jugando. Muy graciosa, ahora dimelo. - Apoya su brazos a ambos lados de la cabeza de Diana , haciendo que esta tenga que elevar la vista para mirarle a los ojos, es realmente alto.
- Apartate. No sé de donde salió esta fotografía, al igual de que no sé quien eres tú y por qué había una foto tuya en mi casa. - Lo dice a la carrera con las palabras atropellandose en su boca.
  Él hace sonar una carcajada socarrona y se aparta.
- El de la foto no soy yo. Es Lucas, mi hermano. - Le da la espalda a Diana y las puertas del ascensor se abren.
  Él se aparta para dejarla pasar. Más por modales que por simpatía. Y ambos salen de allí.
  Caminan hasta el final del parkin donde un Mercedes 200 les espera con una mujer apoyada en la puerta del piloto. A medida que se acercan al coche, Diana se fija en la dama. Una mujer de belleza dulce, ojos grises y pelirroja. Alta y esbelta. Viste un vestido verde militar, zapatos de tacón negros y guantes del mismo color.
  La mujer, al verles, sonríe y se acerca con paso ligero a Diana. La abraza y acaricia su pelo. Ante la confusión dirige su mirada al hermano de Lucas. Este parece divertido. La mujer se aparta y dice con voz apenas audible:
- Lo siento. Esque te pareces tanto a Ángel... - se calla. Diana no sabe si por lo que acaba de decir, que ya es mucho, o porque no sabe cómo continuar.- Bueno... París queda a doce horas de aquí en coche así que deberíamos partir ya.
- ¿Doce horas? - es todo lo que se me ocurre decir.
- Me gusta conducir. - Ella sonríe y sin añadir nada más, entra y arranca el motor. Diana mira al chico que mete su maleta en el maletero y acompañado con un encogimento de hombros, ella también entra en el vehículo.

4 comentarios:

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