Con paso firme y decidido, Diana camina hasta que el agua fría toma contacto con sus pies desclazos. La playa de Rochelle nunca había estado tan desierta. El cielo encapotado de un gris intenso anuncia la llegada de lluvias, los peatones que cruzan el paseo marítimo corren con la esperanza de llegar a sus casas antes que la lluvia y el viento.
El crepúsculo del día daba paso a la noche. Y la hoja, pulcramente doblada, de su diario fue encerrada en el interior de un botella de Martini Rossatto. Un momento fugaz cruzó por su mente. Una película en blanco y negro. Un marinero de aguas saladas ataviado con un suéter de rayas y un pantalón negro metía una nota en una botella cascada, en la que anteriormente había oro líquido, cerveza, como decían los antiguos alcohólicos, dos simples palabras. Las únicas dos que no puso en su carta. Te quiero.
Diana posó el mensaje en el agua y, con los ojos rojos de llorar, observó cada milímetro recorrido por la botella hasta que las olas y los recuerdos hicieron que desapareciese mucho más allá de la bolla del fin del mundo. Donde solo el destinatario sería capaz de leerlo. Un último vistazo a la costa, un último movimiento que pone fin al reguero de sus pertenencias y el principio de una nueva historia.
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