Déjame salir.

Yo no pinto ni compongo mundos, yo los describo, los colmo de vida con ayuda de tintas y superficies planas. Yo no soy un dios y aún así doy vida a metafóricas ninfas e idílicos paisajes. Yo soy quien da sonido a la lira de Apolo y luz a los ojos de Venus, soy yo quien hago crecer a mi antojo las magnolias y petunias, quien traza horizontes y da color a las aguas oceánicas. Soy yo quien da alas a gorriones en medio de una tormenta, quien roza el pelo del angora y suspira en los oidos de mundanos. Yo soy dueña de sus destinos, ama y señora de sus vidas, decido cuando mueren y ellos cuando nacen. Soy madre de huérfanos y amiga de marginales, soy maestra de ignorantes y confidente de pecadores. Soy quien hace amanecer soles de oro en el cielo y quien describe lunas de plata en el universo. Soy novata en el este arte y experimentada en la inmadurez, yo juego con palabras que fueron apartadas. Soy quien siembra mundos incorpóreos para después recoger sueños reales.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Capitulo 1:

Con paso firme y decidido, Diana camina hasta que el agua fría toma contacto con sus pies desclazos. La playa de Rochelle nunca había estado tan desierta. El cielo encapotado de un gris intenso anuncia la llegada de lluvias, los peatones que cruzan el paseo marítimo corren con la esperanza de llegar a sus casas antes que la lluvia y el viento.
  El crepúsculo del día daba paso a la noche. Y la hoja, pulcramente doblada, de su diario fue encerrada en el interior de un botella de Martini Rossatto. Un momento fugaz cruzó por su mente. Una película en blanco y negro. Un marinero de aguas saladas ataviado con un suéter de rayas y un pantalón negro metía una nota en una botella cascada, en la que anteriormente había oro líquido, cerveza, como decían los antiguos alcohólicos, dos simples palabras. Las únicas dos que no puso en su carta. Te quiero.
   Diana posó el mensaje en el agua y, con los ojos rojos de llorar, observó cada milímetro recorrido por la botella hasta que las olas y los recuerdos hicieron que desapareciese mucho más allá de la bolla del fin del mundo. Donde solo el destinatario sería capaz de leerlo. Un último vistazo a la costa, un último movimiento que pone fin al reguero de sus pertenencias y el principio de una nueva historia.

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