3. Un largo viaje.
Es desesperante ver como toda una vida puede cambiar en menos de veinticuatro horas. Sin padre, sin hermano y rodeada de gente a la que no conozco. Peleas estúpidas sobre la hora de regresar a casa, discusiones del tipo "no sabes lo que dices"... Les hecho de menos, a los tres. Muy a mi pesar también a todo. El colegio, los amores pasajeros, las amigas, los chicos que te dejan sin aire, las tontas escursiones para aprender a sobrevivir... Sí, mi padre era de esos a los que le encantaba salir de escursion con la familia para así poder hacer lazs más estrechos. ¿Para qué?. Al final me abandonaron todos. Aún no estoy segura de querer llorar más. Creo que solo fue el susto del momento, hecho de menos a mi padre, pero, su perdida no ha supuesto el fin de mis días. Tal y como pensé que sería. Solo esa molesta sensación de vacío, pero nada más.
Por la ventanilla del asiento trasero del coche, se puede ver Madrid a una velocidad vertiginosa. ¿Dónde están los radares en esos momentos?. Hemos sobrepasado los cientotreinta kilómetros por hora en calles cuyo límite son setenta kilómetros.
Rose conducía tranquila, incluso sonreía. Daba la impresión de ser ese tipo de personas que te dan la sensación de conocerlas de toda la vida. Inesperadamente algo se mueve debajo de una chaqueta negra de cuero, al ver el estilo y el tamaño, Diana dedució que pertenecería al chico. Aún así, se seguía moviendo. Confusa, retiró la chaqueta con sumo cuidado y de ella apareció un cachorro de Beagle. Asombrada por no haber reparado en el animal, lo recogió entre sus brazos. Rose que, al parecer se dió cuenta de la escena llamó la atención del chico y ambos miraron a Diana. Cuando ella se dió cuenta apartó al perro de estre sus brazos y lo dejó junto a la chaqueta.
- Lo siento, esque de pequeña tenía uno como él y yo...-¿por qué les contaba aquello? - da igual. - Y volvió a su postura original; pegada a la ventanilla con la mano derecha como apoyo de su cabeza.
- La verdad es que Martes no se deja coger nunca - dijo él con el asombro pintando su voz - por eso nos sorprende que se dejase tocar... Ahora.
Martes, que debía ser el nombre del perro, se volvió a acercar a Diana, posando su cabeza en el regazo de la chica. A simple vista el animalillo daba la impresión de dejarse querer fácilmente.
Sus ojos, de un color miel, miraban de reojo aDiana . De vez en cuando elevaba su cabeza como si hubiese escuchado un sonido imperceptible para el oído humano.
El resto de las dos horas siguientes transcurrieron en silencio. Aquel chico, cuyo nombre seguía siendo un misterio para Diana, escuchaba música desde un viejo mp3. Rose conducía, a lo que arecía, su velocidad normal. Martes se apartó de Diana colocandose en el extremo opuesto. Dos horas de puro aburrimiento dieron paso a un giro imprevisto. Al parecer Diana se había quedado dormida ya que abrió los ojos de par en par cuando notó el cambio de dirección.
Desde su posición podía ver un pequeño restaurante de carretera, uno o dos coches permanecían impasibles con respecto al resto del mundo. El Mercedes aparcó junto a un Audi A4 de color negro. Rose dirigió su mirada hasta la cara de Diana por el retrovisor del coche.
A su alrededor había una pequeña gasolinera, una fachada un poco vieja, un letrero rojo de neón en el que era fácil leer "El rincón". No falla, un lugar alejado de la mano de Dios... Las grandes ventanas del establecimiento dejaban ver a dos personas sentadas cara a cara en una mesa del fondo. Típica pareja que no sabe su próximo paso. Y, más próximos a las ventanas, dos hombre de traje y corbata. Ambos discutían y señalaban un ordenador portátil que había en medio de los dos.
Cada vez que Diana dirigía una mirada de soslayo hacía aquel chico que asegura ser el hermano de Lucas, otro al que nisiquiera conoce, una jaqueca se habría paso. El hecho de no saber su nombre era frustrante. Dando Rose la iniciativa, bajó del coche seguida de él. Antes de que pudiera reaccionar ya tenía su puerta abierta. El chico la sostenía con impaciencia. Otra vez, más por educación que por simpatía.
Durante esas dos horas de viaje que mantuvieron en silencio, Diana pensó y supuso demasiadas cosas para tan poco tiempo. Una de sus incógnitas era el hecho de que él fuese tan seco y frío con ella. Es como si en el fondo la culpa de todos lo problemas del mundo viviesen por ella.
Le dió tiempo a darle mil vueltas al asunto de haber aceptado la invitación a Francia. Nisiquiera conocía a esos tipos. Ellos... Ellos nisiquiera se molestaban en mantener una conversación con ella. Rose es rarita ya de por si. Él tiene algo que no la deja tranquila y luego está Lucas. Después de la noticia de la muerte de su padre y Andrea y la huída de Erik se quedó sola. Quizá fueron los nervios del momento. Alguien puesto en sus cabales no hubiese aceptado la invitación. Diana solo tenía a su padre en el mundo, no tenía más familiares, Tomó su decisión con el peso de esas afirmaciones. Podía imaginarse en un horfanato durante dos años. Aún tiene los dieciséis así que no habría muchas familias dispuesta a adoptarla. Además la sola idea de estar encerrada en un sitio de esos le ponía los pelos de punta. Cuando llamaron por teléfono a su casa, ella contestó y una voz masculina, grave y tenebrosa le daba instrucciones. Aquel hombre le había dicho que, de inmediato, debía ponerse en contacto con algo llamado "Santae". Ese hombre le había dicho que un jóven llamdo Lucas le diría todo lo que necesitaría saber.
Más tarde ella llamó y charló, aproximadamente cinco minutos, con ese chico llegando a la conclusión de que era de fiar y que la ayudaría. Lucas mencionó que sería recogida por Rose. En ningún momento mencionó a su hermano.
Por último recibió nuevas instrucciones de que debía llamar al hombre con el que había hablado en un principio para confirmar su viaje. Entonces fue cuando entró Erik y la arrebató el teléfono inalámbrico.
- ¡Diana! - era la asustada voz de Rose. Cuando Diana abrió los ojos se vió rodeada por las manos de la mujer. Ella la zarandeaba y decía su nombre con un timbre de voz que daba a entender la cercanía a la histeria.-¿Estás bien?.
Diana asintió y a continuación apartó las temblorosas manos de Rose para dirigirse al restaurante. Un rápido vistazo a su alrededor le confirmaron la desaparición del chico. Rose siguió sus pasos hasta que se sentaron en una de las mesas contiguas a la ventana del final, justo al otro lado de la puerta de salida. Un chico de unos treinta años, rapado y con una sonrisa gentil se les acercó con dos cartas de menú plastificadas. Las tendió en la mesa y ambas, a la vez, ojearon el menú por encima. Aquel hombre esperó paciente y de vez en cuando recomendó algún plato del día que no aparecía en las cartas.
Veinte minutos después apareció él con el pelo aún más alborotado, la camiseta un poco arrugada y un chupetón en el cuello poco visible.
La mirada de Diana y él se cruzaron. Él se la sostuvo y después sonrió con suficiencia, ella apartó la vista y la dirigió al camarero.
- Un batido de fresas y canela, porfavor - le dirigió su mejor sonrisa.
El camarero asintió a la vez que tomaba nota del pedido. Rose tenía la misma expresión que una persona intentando encontrar la respuesta a la pregunta crucial para la vida. Era cómico verla tocarse la barbilla con el dedo índice de la mano derecha, el ceño fruncido y los ojos corriendo de un lado a otro.
Él sacudió la cabeza como si aquella escena fuese habitual. Elevó la vista hasta el hombre y con voz firme pidió una coca-cola. El camarero echó un vistazo a Rose y a Diana .
- Ella pedirá después - dijo la chica casi con miedo de haber intervenido.
El camarero se fur aliviado de no tener que aguantar más aquella espera.
En ese momento Rose miró fijamente el cuello del chico y sus facciones dieron paso al enfado. Él se dió cuenta y una sonrisa torcida surcaba su cara.
- ¿Qué te habíamos dicho acerca de ligar en horario laboral? - su voz se tiño de disgusto y decepción. Cruzó los brazos en espera de una respuesta.
- Ya, sí, bueno... - al parecer Rose era una de las pocas personas que conseguían ponerle nervioso - lo siento madre...
Patada. Así que él era hijo de Rose. Detenidamente Diana les examinó mientras ellos discutían sobre lo ocurrido. Ambos tenían los ojos con la misma forma. Rasgados, grandes y expresivos. La figura esbelta y la misma nariz.
-... ¿Qué pretendes que me haga?, ¿cura? - espetó él con una sonrisa burlona - mamá tendrás que aceptarlo.- sentenció y volvió a mirar a Diana. - ¿puedes acompañarme?, porfavor. - se levantó del sellón blanco y esperó a que Diana saliese de su asiento. Se puso en pie y siguió los pasos del chico. Rose nisiquiera puso resistencia. Despidió a Diana con un movivmiento de manos y un mueca dulce.
Salieron del restaurante. Él abrió el Audi A4 desde un pequeño control a distancia y entró en el asiento del piloto. Eva siguió su ejemplo sentandose en el asiento del copiloto. Hechó un vistazo a la parte de atrás donde vió a Martes y su maleta. Confundida por el cambio de vehículo desvió su mirada al local donde Rose aún ojeaba el menú. Él encendió en coche y salió del parkin sin darle tiempo a respirar a Diana. Una vez en carretera puso él puso la radio. De ella salió tocando el grupo The Killers. Read my mind sonaba a todo volumen. Martes dejó escapar un gruñido y él seguía conduciendo como si quisiera evitar el contacto verbal con Diana. Ante el fastidio que le suponía ser despreciada por alguien que no la conocía empezó a hablar.
- ¿Por qué? - dijo, con la intención de que él entendiera a que se refería. Su voz sonó en un susurro así que no ayudó mucho a la inmediatez de su respuesta.
- Bueno, esa chica tenía esta maravilla de coche. - dijo él sin problemas - me ví obligado a hacerla sentir cómoda para, más tarde, tomarle prestado este coche. No digo que no haya disfrutado con mi sacrificio. Tendrías que haberla visto tenía...
- No me refería a eso - cortó de golpe. Era eso u oir su relato de como era un imán para las mujeres, blah, blah, blah.
Blue Fundation le seguía en la radio. Mars.
- Lo sé - dijo al cabo de un rato - me divertía la idea de que abalanzases sobre mi a causa de los celos. - Diana no contestó aquel chico la ponía nerviosa.- Rose no nos acompañará. A última hora hubo un cambio de planes. París no es tan seguro como pensaron. - cayó un minuto con la intención de buscar las palabras correctas - Rochelle es precioso y allí estarás bien. Lucas vive allí así que no estarás sola. Yo y Kate vivimos a unas dos manzamas del apartamente donde tú y Lucas pasaréis una temporada.
Ahora ella no quería pensar en nada de eso. Solo pretendía pasar dormida la mayoría del viaje.
- No me has dicho como te llamas - dijo presa de la curiosidad - tú sabes el mí así que es justo que me lo digas - su voz apenas era perceptible. Un punzante dolor de cabeza amenazaba con aumentar.
- Alec, mi nombre es Alec. Enrealidad es Alexander, es griego aunque ignoro su historia.
- Y dime Alexander, ¿por qué yo? - aún se debatía entre querer y no querer saber la respuesta.
- No soy quién para responderte. Apenas me cuentan nada. Digamos que no soy de fiar.
- Eso me deja más tranquila - dijo con la ironía patente en su voz. - ¿debería ser esto distinto?
- No, la verdad esque en cualquier momento podría desvarme del camino y raptarte. Debo decir que nunca se me habían resistido las chicas, así que te hago la misma pregunta - miró a Diana de soslayo - ¿por qué tú?.
- Digamos, por el placer de discutir, que no me atraes en absoluto. Demasiado arrogante para mi gusto.- Martes saltó hasta su regazo y se durmió allí mismo. Diana acarició sus orejas y quedó dormida.
-
Al despertar la noche se hacía claustrofóbica. El cielo oscuro salpicado por astros. El coche seguía en marcha, Alec conducía apasible y de vez en cuando le daba un sorbo a un baso de plástico.
- Ya era hora de que despertases - dijo sin siquiera mirarla, la arrogancia había echo acto de presencia. Otra vez.- Te compré café. ¿Te gusta el café?
- Lo odio, pero con este frío me lo tomaré, gracias.
Martes había vuelto al asiento trasero. En el suelo de la parte de atrás se veía una bolsa de plástico. Dentro había un vaso con tapa relleno de café con leche y dos cruasants. Diana cogió el café haciendo caso omiso de la comida. El dolor de cabeza no habí remitido así que supuso que aquello le sentaría bien. En la radio Muse se dejaba escuchar. Time is runing out. La carretera que les envolvía apenas se distinguía, la media luna daba el suficiente reflejo para ver algunos pinos. Estaban en medio de ningún sitio.
Al darle un sorbo al café descubrió que había exagerado a la hora de dar su opinión sobre esto. Sabía fuerte, quemaba y la leche al igual que el azúcar le daban el sabor suficiente como para hacerselo beber sin reproches.
Sin previo aviso el coche relantizó su paso. ¿Esque siempre tiene que haber imprevistos en un viaje de coches con ellos?. Alec dirigió el coche hacia la derecha. El vehículo dió unos cuantos saltos hasta quedar atascado entre arbustos y barro. En el interior Diana tenía café por todo el vestido blanco, Martes había desaparecido de su campo de visión y Alec estaba sentado como si nada. Llevado por la ira dió unos cuantos golpes al volante del coche y bajó despotricando.
Abrió la puerta de Diana, la cogió de la muñeca y la sacó de allí. Por culpa del impulso del empujón cayó sobre un charco, llena de café y agua sucia se dirigió al coche donde Alec permanecía buscando algo en el maletero. Le empujó para hacerse sitio, sacó la maleta y se adentró al bosque que había a su lado. Alec la observaba sorprendido.
- ¿Dónde vas? - dijo elevando la voz a causa de la distancia entre ambos. Él nisiquiera se había dado cuenta del estado de la ropa de Diana - vuelve, no seas cría.
Diana elevó su mano izquierda con el dedo corazón levantado. No pudo oir las protestas e insultos dirigidos a ella. Siguió caminando hasta esconderse tras el tronco de un árbol lo suficientemente ancho como para taparla. Abrió la maleta y de ella sacó una falda vaquera y una blusa azul marino. Se quitó el vestido por encima de la cabeza y desató las sandalias. Se puso la falda y la blusa y sacó unas bailarinas del mismo color que la blusa. Con la maleta en una mano y el vestido sucio en otra se encaminó al coche.
Alec estaba sentado en el suelo con la cabeza apoyada en la puerta del copiloto y mantenía los ojos cerrados. Diana se acercó al maletero, guardó la maleta y se acercó hasta la ventanilla de la puerta de atrás buscaba a Martes.
- No está ahí - dijo Alec - Salió disparado a buscarte y no ha vuelto.
Alarmada Diana se encaminó al bosque para buscar al cachorro. Le había cogido cariño y parecia tan reacio a mantener contacto con ellos como ella misma.
- No vayas - dijó él sujetandola por el brazo. Con asombrosa velocidad había conseguido sujetarla antes de que diese dos pasos - volverá, el condenado es demasiado listo. Fue él quien se coló en la parte de atrás del coche el día que nos dirigimos a buscarte.- poco a poco Alec fue acercando a Diana al coche, la obligó a sentarse en suelo a su lado. - Ahora es cuando me regañas por haberte estropeado el vestido que tiraste al maletero y por haberte echo sentar en el suelo con ropa limpia, ¿no? - lo dijo como si desease que eso pasase, estiró una de las dos piernas flexionadas y la miró fijamente.
- No - dijo Diana tajante - no voy a regañarte. No soy de esas que daría su vida por un Prada de ante o una minifalda de Gucci. La mayoría de mi ropa proviene de tiendas de segunda mano y mercadillos. El vestido es prueba de ello.
- ¿No tienes dinero para comprarte ropa... Normal? - Alec tenía la labia suficiente como para ofenderte y no pretenderlo.
- Tenía el dinero suficiente como para comprarme una tienda entera de Chanel y aún me sobraría para otras muchas. Es solo que no quiero ser la chica que lleva tal... Sino la chica. A secas.
Siguieron charlando sobre viajes que querían hacer o fiestas que frecuentaban. Temas tribiales, sin profundizar. Aún no se fiaban el uno del otro, no querían llegar a ser amigos ni nada, solo conocidos. Así era mejor. La sola idea de algo más revolvía el estómago de Diana, no por nada en especial sino porque las cosas ya eran complicadas de por sí.
Las horas siguieron al aburrimiento. Alec había terminado dando un paseo por la solitaria carretera mientras que Diana miraba las estrellas desde su posición inicial.
Martes apareció a la media hora siguiente con su habitual energía. Sus colores blanco, marrón y negro le daban un aspecto cameloso. El animal se sentó muy pegado de Diana hasta que vino Alec.
- ¿No te habías parado a pensar que puede que este sea el secuestro del que te hablé?
- Sí, pero luego me dí cuenta de que no tienes a nadie a quien mandarle un anónimo con la intención de un rescate. Tampoco te he visto con el ademán de hacerme daño así que... No me preocupa si es lo que pretendes.
Sonrió socarronamente y se acercó tanto a ella que Martes tuvo que alejarse de ellos. Alec se apoyó en el coche con la mirada fija en los ojos de Diana . Intentaba ponerla nerviosa, más de lo normal, quería sacarle los colores, hacerla sentir indefensa y desprotejida. Quería un pretexto para alejarse de ella.
Nisiquiera lo intentó. Un recuerdo asaltó la mente de Diana. Ella y ese perro que se parece tanto a Martes, no se acuerda de su nombre, ese can desapareció junto con su madre. Aún así se veía a sí misma en un verde jardín salpicado por rosas y jazmines. No sabe de quién es la casa ni dónde se encuentra pero sí sabe que el perro quiere jugar con ella y lo hacen, juegan durante horas, la tarde se va tornando en noche hasta que el recuerdo desapaece por completo.
Al abrir los ojos ve que se encuentra sentada en el asiento del copiloto tapada con la chaqueta de Alec, Martes está en sus pies dormido y Alec descansa en el asiento de atrás. Apenas puede moverse a causa del bolso de Diana, la bolsa de plástico con los croisants y algunos jueguetes del perro.
Fuera ya es de día, apenas las primeras horas de la mañana. Desde el reloj digital de la pantalla de la radio del coche se leen las cinco y cuarto. Del silencio absoluto suena la canción de Guns n' Roses. Es su móvil. Gira hacia atrás en busca del móvil antes de que despierte a Alec. El muchaco hace una mueca de fastidio y se mueve un poco pero sigue dormido. Busca entre las cosas del bolso hasta que lo encuentra. En la pantalla se lee el número de Erik. Contesta rápido a la vez que sale del coche para no molestar a Alec con la conversación.
- ¿Diana? - es la voz de Erik, la misma que tiene cuando despierta por las mañanas. Una voz suave capaz d volver a hacer dormir a cualquira - Oye siento haberme ido así, esque... No podía afrontar el hecho, quiza me estes odiando y no quieras hablar. Solo escuchame - está nervioso, se nota en la forma en que salen sus palabras, desordenadas e ininteligibles - Estoy en casa de mi padre. Vive en Lugo y ambos nos preguntábamos si te gustaría venir. ¿Sabes? durante años, cada vez que pasaba un fin de semana con él, le hablaba de ti. Siempre con Eva en la boca - pausa para una de sus inaudibles carcajadas - así que te considera parte de su familia. Además vive solo en un apartamento de dos habitaciones. Yo podría dormir en el sofá y tú en la habitación de invitados...
¿Qué dices Ane, acptas? - Ane era el apodo que usaba Erik cuando quería algo inaccesible con Diana .
Fue entonces cuando Alec apareció de la nada y le arrebató el teléfono de las manos.
- No - y colgó. Brusco, simple pero efectivo.
Diana miró a Alec con una mezcla de gratitud y reproche. Como en la mayoría de veces en las que tenía que elegir, su mente se dividía en dos. Una parte de ella quiere chillarle por meterse donde no se le necesita y la otra quiere llorar y darle las gracias por decidir por ella. No conjuró ninguna de las dos así que le arrebató el móvil que él le tendía y se dirigió al coche.
Entrando de sopetón e hiperventilando, hizo caso omiso de las suplicas de Alec para saber qué le pasaba. Diana agitó la mano en señal de que la deje pasar.
Una hora más tarde ella seguía dentro del coche con las ventanillas bajadas. La brisa de la mañana le molestaba ya que era cálida e indicaba un bochorno próximo. Aún así no las subió quería oir el sonido de las hojas de los árboles, quería escuchar el murmullo enojado de Alec hablando por teléfono. Martes había vuelto a desaparecer, ella le vió escapar dirección norte, no hizo nada para evitarlo, saía de antemano que volvería.
Interrumpiendo el hilo de sus pensamientos, Alec entró en el coche. Cogió a Diana de la mano izquierda, la giró y se puso a examinarla, Diana nisiquiera tenía fuerzas para respirar.
- ¿Qué es esta señal que tienes aquí? - Alec siguió los surcos del dibujo de su muñeca con el dedo indice de su mano. Éste tenía la forma de un ojo.
- Segun mi padre y lo que recuerdo de mi madre es un antojo del embarazo.
Alec no contestó, se limitó a mirarla fijamente intentando saber si jugaba con él o decía la verdad. Diana no se percató de su mirada a causa de que ella miraba fijamente un arbusto de bayas rojas a unos cinco metros de su posición. Él siguió unos segundos más así. Dirigía su mirada de Diana a la señal de su muñeca preguntandose la verdadera razón de su enrevesado dibujo.
Martes, que en ese momento se divisaba por el horizonte, traía un aspecto agotado y asustado. Entre los belfos del animal se distinguía un papel blanco enrollado a una cadena plateada.
En pocos segundos Martes ya le entregaba el sobre con la cadena a Alec. Él giró el papel unas cuantas veces, sopesó la cadena y, cuando miró el dorso de la misma se quedó paralizado y con los ojos ligeramente abiertos. Sin mediar palabra alguna, le tendió el envío a Diana. Ella lo cogió con algo de torpeza y, antes de leer la cara de la carta, la abrió. Sus ojos saltaron de una palabra a otra. Nombres desconocidos aparecían en ese papel de tono marfíl y letra alargada e inclinada. Sugerencias que se mencionaban, consejos y muchas palabras carentes de sentido. Apartó la vista de la carta y se centró en Alec.
- ¿Quién es Federico? - lo dijo sin importancia, manteniendo la voz fría e indiferente pero sus ojos, como siempre, la delataron.
- Federico Marens es mi tutor y ex-jefe del departamento de policia de Madrid.
Ese hombre, ese nombre... El artículo que envolvía el paquete de Diana vuelve a hacer acto de presencia en su mente haciendola recordar que aún no lo había abierto. Antes de seguir hablando con Alec o de, siquiera, seguir leyendo la carta, se acerca a la parte de atrás del coche donde, apollado en el asiento del coche, se encuentra el bolso de ella. Saca el paquete y se acerca a Alec.
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